Punto de fuga
No es país para periodistas (más claro, para nadie)
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Esta semana, yo quería escribir sobre un nuevo amor que me he procurado robándole horas al sueño: mis escapadas a nadar ni bien amanece. Pero me quedé con las ganas porque este país no me deja espacio en el disco duro para nada que no sean sus miserias. Y no quisiera hablar de esto (repetir la cantaleta), pero no puedo no hablar de esto: Ecuador me da miedo. Una sociedad que no respeta el sagrado derecho a la libertad de expresión, no puede ser la casa de nadie. No puede ser el lugar al que un día anhelo volver.
La señal más contundente de que un país no ofrece garantías democráticas a ninguno de sus habitantes es su hostilidad con el periodismo y quienes lo ejercen o lo financian. Podrá tener el título de democracia donde sea (en la Constitución si quieren), pero no lo será y, por ende, se convertirá en un lugar peligroso para vivir; sea uno periodista o no. Porque privar de libertad de expresión a uno es privarnos a todos.
Hace casi ocho días me desperté con la noticia de que Roberto Aguilar, ese periodista indispensable que tenemos la inmensa suerte de poder leer y escuchar, había sido despedido de Diario Expreso por las razones que todos sabemos y que, tal vez, para conservar la cabeza en el puesto, convenga no repetir. En fin, que me desayuné la amarga noticia y cualquier esperanza minúscula que haya albergado de que el país tenga componte se fue al tacho.
Un país que no es para periodistas tampoco lo es para nadie. Ciertamente, no lo es para activistas anticorrupción, como el caso de Monika Silva lo muestra. Ni para jueces que no se alineen con los mandatos del poder; los jueces recientemente sancionados (y quizá próximamente destituidos) por ceñirse a lo que les permite la ley pueden dar fe. Ni para personas o instituciones que quieran hacer un concurso público transparente y profesional; ya sabemos lo que les pasó al Colegio de Arquitectos y a Romina Muñoz. Y el rato que estemos en el lado equivocado de cualquier tema de interés de los poderosos, tampoco será un país para usted o para mí.
Esta hostilidad que viene minando al periodismo desde hace aproximadamente 20 años de forma casi incesante (con un breve respiro entre el final del segundo mandato correísta y hasta que duró el truncado gobierno de Lasso) no solo perjudica a medios y periodistas. La sociedad entera queda a la intemperie. Despojada de sus derechos más fundamentales: expresarse libremente y conocer lo que los mandatarios hacen con la cosa pública (o sea con la plata y los recursos de todos). No es que antes del correísmo no haya habido ataques al periodismo (qué va, el siglo XX nos dejó un nutrido historial de presidentes con ínfulas censoras), sino que nunca habían sido tan devastadores. Los annus horribilis del correísmo, dejaron abonado el terreno que hoy el noboísmo cosecha con angurria.
No la tenemos fácil —ni medios ni sociedad—, pero tampoco es misión imposible. Parece que va siendo hora de despertar y hacerles saber de quién es este país, para que todos volvamos a tener cabida en él. Cuando los periodistas puedan volver a vivir en paz en Ecuador (libres de amenazas del crimen organizado, del gobierno o de cualquier otro poder), habremos ganado todos, porque eso querrá decir que todos estamos a salvo. Mientras este no sea país para periodistas, no podrá ser país para nadie (y las cabezas de todos dependerán del hígado del gobernante de turno).