Leyenda Urbana
Consejo de Participación Ciudadana, obediencia o traición
Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC
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La inscripción de más de 300 postulantes para integrar el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (Cpccs), vía elecciones, es la escenificación de la picardía de los políticos; un carnaval de máscaras protagonizado por quienes no tendrán, hoy, una filiación partidista, pero representan los intereses de esos sectores, aunque ahora los oculten.
Tras años de despotricar contra ese pernicioso organismo y abjurar de su nociva existencia, apenas encontraron padrino volaron a registrarse para ser parte del mismo, sin que les importase empeñar los valores y principios que afirman poseer, pero a un costo que, seguramente, será visible desde la primera designación de las autoridades que deberán hacer, si es que resultan elegidos.
Para el país será demasiado tarde.
Una revisión de las redes sociales de algunos de los aspirantes los delata como defensores, a ultranza, del poder de turno. O como irredentos odiadores, sin más argumentos que la frustración por no estar en el disfrute del poder.
Solo un puñado de ciudadanos debe participar bajo la creencia de que es posible cambiar el Cpccs desde adentro; pero, la ingenuidad de pensar así los descalifica por falta de comprensión de la realidad.
Asombrado ante el número de aspirantes, el país se pregunta qué canonjías tendrá ser integrante del Consejo para que seis de los siete actuales miembros y el propio presidente pretendan seguir en el cargo, así como una vocal que fue censurada por la Asamblea, y otro que acaba de renunciar, pero va a concursar para intentar seguir teniendo poder.
Platón decía que la política debe ser un compromiso moral con el bien común, por lo que solo debían gobernar los más sabios, por ser más virtuosos, más formados y menos inclinados a utilizar el poder para sí mismos.
En las antípodas de ese pensamiento, la casi totalidad de los postulantes solo quiere servirse del poder; ya que es evidente que no es el amor país, sino la ambición desmedida, lo que les motiva.
El Cpccs es un bodrio político creado en Montecristi que ha sido usado por los gobiernos de turno, conscientes de que para tener autoridades de control adictas es más fácil negociar con siete vocales que con 151 asambleístas, aunque aquello haya significado una experiencia traumatizante para la democracia.
Por ese Consejo han pasado los sumisos que eligieron contralor a Pólit y pusieron fiscales de bolsillo para su jefe; un cura que terminó procesado por tráfico de influencias; una señora que tenía a su tío asambleísta y guacharnaco como asesor de cabecera, pero se creía libre, y un tipo con carnet con 82% de discapacidad auditiva, que no usaba audífono alguno.
Allí se han dado golpes políticos para instalar en la Presidencia a un personaje que se proclamaba independiente, pero en sus redes tenía fotos haciendo campaña junto a quien estaba en Carondelet; allí se ha visto mutar en paje de la derecha a un tímido izquierdista; y a los de la Liga Azul conspirar y manipular a gusto del amo, tal como se comprobó en los audios de un teléfono incautado a uno de sus vocales.
Quien hoy lo preside, y se ha postulado para volver, habría aumentado —según investigaciones periodísticas— su patrimonio declarado a la Contraloría en USD 1 millón, en un abrir y cerrar de ojos, sin que autoridad alguna se haya pronunciado, lo que ratifica que Ecuador tiene el campeonato mundial de la impunidad.
Que los más de 300 postulantes para el Cpccs se proclamen libres e independientes es aberrante, porque muchos de ellos son conocidos como troleros del poder en las redes sociales; personajes que ignoran los ataques a las libertades y acciones nefastas que son visibles para todos. O los odiadores que buscan, con desesperación, una tajada de poder.
Estos postulantes me han hecho recordar a Goethe, ese alemán eterno, que decía: “Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”.
La máscara que se han chantado para buscar ser elegidos, haciéndose pasar por independientes, no les servirá de nada, porque saben que, de llegar a ese organismo, las únicas opciones que tienen es la obediencia o la traición.