La irrelevancia del déficit comercial
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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Entre los múltiples justificativos para la guerra comercial contra Colombia iniciada por el gobierno ecuatoriano, surgió el tristemente célebre “déficit en la balanza comercial” como un mal a ser combatido. Un par de meses después el gobierno celebró un superávit en la balanza comercial con Colombia. Y así, como si nada, estamos de vuelta al pasado, discutiendo sobre el error de concebir la balanza comercial como un marcador de futbol, donde las exportaciones son goles que le metemos al otro equipo y las importaciones son goles que nos meten a nosotros.
Si ese es el juego, ambos equipos terminarán erigiendo unas defensas tan prolijas que no entrará ninguna pelota a ningún arco. En economía, eso se llama autarquía y es precisamente lo contrario de lo que ha hecho posible el mundo moderno: la cooperación voluntaria a través de las fronteras, que deriva en una interdependencia que genera beneficios mutuos.
El origen antiguo del proteccionismo es la escuela mercantilista que sostuvo la falacia de que las importaciones empobrecen a una nación y las exportaciones la enriquecen. El objetivo era que el monarca debía estar sentado en la montaña más grande de metales preciosos. Hace 250 años, en 1776, con la publicación de La riqueza de las naciones, un funcionario de aduanas en Escocia la destruyó.
A lo que Smith apuntaba es que ambas caras de la transacción son beneficiosas. Exportamos para poder importar y mucho de lo que importamos nos sirve para poder exportar más. Smith ponía como ejemplo al agricultor que lanzaba maíz de muy buena calidad a la tierra y luego esperaba cosechar en abundancia. El agricultor no está loco al dejar de consumir ese maíz en buen estado ni lo está desperdiciando, lo está poniendo a trabajar para enriquecerse. De la misma manera, los comerciantes en ambos lados de la transacción buscan crear riqueza.
Si entendemos este principio fundamental del comercio, empezamos a ver la balanza comercial desde otra perspectiva. Por ejemplo, si nosotros le compramos mucho más a Colombia de lo que ellos a nosotros, podríamos pensar desde una perspectiva mercantilista que ellos se están aprovechando. Pero desde una perspectiva librecambista pensaríamos: ¡qué buena noticia! Por menos exportaciones (trabajo, esfuerzo, producción) ahora obtenemos más beneficios (bienes de consumo y/o insumos para producción).
Todo esto para explicar por qué la balanza comercial positiva como objetivo de política pública es un error conceptual. Incluso si se estuviera de acuerdo con ese objetivo de política comercial, las barreras arancelarias no logran su propósito. Desde el llamado “Día de la liberación” de Donald Trump en Estados Unidos, el déficit comercial de ese país no se redujo. Esto tiene sentido, dado que las barreras a las importaciones terminan siendo barreras a las exportaciones: destruyen las cadenas de suministro, encarecen los insumos y pueden perjudicar el crecimiento. Además, son un impuesto aprobado sin el consentimiento del Congreso que recae sobre los consumidores y productores ecuatorianos, quienes luego tienen menos dinero en sus bolsillos para invertir y/o consumir.
La otra cara de un déficit en la cuenta corriente, que incluye a la balanza comercial, es un superávit en la cuenta de capitales, lo que puede significar que los ecuatorianos hemos decidido gastar y endeudarnos más y ahorrar menos. También significa que hay quienes están dispuestos a financiarnos. Lo realmente importante es si estamos endeudándonos para algo que valga la pena o si simplemente estamos lanzando más dinero a un saco roto.
Un déficit en la balanza comercial no es necesariamente malo, de hecho, el historiador económico Michael Bordo sostiene que los déficits comerciales con el resto del mundo acompañaron el desarrollo económico en países como Argentina, Australia, Estados Unidos y Canadá a fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte. Esto tiene sentido ya que las economías en vías de desarrollo son países que requieren de harto capital para salir del subdesarrollo. De hecho, Estados Unidos ha registrado déficits comerciales persistentes desde 1970 sin que esto haya perjudicado su crecimiento. Además, la Paradoja de Triffin, la cual plantea que siendo el dólar una moneda de reserva mundial, la economía se ve llevada a registrar déficits persistentes para satisfacer la demanda global de su moneda. Esto es así, con o sin aranceles.