A la punta de un cuerno
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Si la política despertara la centésima parte de atención que concita el Mundial, eso sería muy bueno para el país. Si tantos ecuatorianos variopintos analizaran a las fuerzas políticas y el juego electoral con la misma agudeza y dedicación con la que opinan sobre las alineaciones posibles y el desempeño de la Tricolor, estaríamos mucho mejor en la vida real, no en la fantasía del Mundial que nos mantiene drogados mientras los políticos criollos siguen moviendo las fichas y haciendo los chanchullos de rigor para conquistar, por ejemplo, la alcaldía de Quito.
De acuerdo: no hay nada más ingrato que ser el DT de la Selección, es peor que ser presidente de la República, pero qué va a cosechar BKCC sino agravios cuando desarma la defensa y le pone a corretear a Piero Hincapié de arriba abajo hasta que metan el gol por su lado.
Eso equivale a que Daniel desarme su gabinete y mande a Gabriela Sommerfeld a correr por la alcaldía con sus pañuelos de seda y el mismo desconocimiento con el que asumió la Cancillería; aunque Andrés Carrión ve aquí una jugada muy astuta: Noboa la manda de candidata sabiendo que va a perder... ¡para que gane Yunda!
Pero la perspicacia de Andrés es la de un crítico profesional; aquí se trata de miles de futboleros que ponen en las redes algunos análisis brillantes, otros descabellados, sin que falten las teorías de la conspiración sobre el partido con Costa de Marfil, cuyo gol fue un cable a tierra para un país volátil y empecinado en escapar de la realidad cada que puede y con la cerveza sin Iva, populismo barato.
Por ello, en el chuchaqui de este lunes, una mayoría bruscamente desencantada empezó a echar la culpa a BKCC; a la mufa de Noboa, quien fue a enancarse en el partido inaugural, tal como hiciera Ménem en 1990; a la maldición de Rocky cuando le ponen la camiseta de un equipo; a los jugadores millonarios que no le pusieron ganas y a este pueblo atortolado que es incapaz de procrear un 9 como Dios manda, o sea, como el Tin Delgado, para que meta un gol de vez en cuando.
A nivel individual, esos cambios radicales del estado de ánimo, el paso de la euforia más acelerada a la depresión más profunda, y viceversa, ha sido catalogado como bipolaridad por la psicología. Pero en un artículo del 2015 me pareció válido ampliar la categoría a la clase media quiteña (CMQ), el grupo social más politizado del país, que hace 20 años, fastidiado más por su pinta de cholo que por sus actos, derrocó a Lucio Gutiérrez y se enamoró de un joven y locuaz economista de ojos verdes que le ofrecía derechos, Constituciones, ecología, billete, estatus y revancha contra la oligarquía, pero, sobre todo, prometía tomarla en cuenta.
Sabemos lo que vino a continuación, pero en medio del consumo y el despilfarro, la CMQ se aguantó el menosprecio del endiosado hasta que se agotó el billete del segundo boom petrolero. Entonces despertó, desengañada y resentida con el macho alfa que la había encandilado, y se volvió anticorreista en su mayoría, salvo aquellos burócratas e intelectuales que habían medrado de puestos, viajes, contratos y prebendas con el cuento de que estaban haciendo la revolución.
Por último, solo para que no volviera Correa, muchos clasemedia terminaron votando por un miembro de la más rancia oligarquía bananera, su antagonista histórica, sabiendo que al elegido le importan un rábano esos quiteños que comen llapingachos, quiénes también serán.
Existen otros factores, por supuesto, empezando por la inseguridad y la falta de oportunidades, pero el resultado ha sido un creciente escepticismo en la política, en los políticos y en la democracia. Flota en el aire contaminado de la capital una angustia existencial que, por oposición, impulsa a depositar un atado de esperanzas, frustraciones y delirios en un equipo de fútbol que si logra anotar un par de goles hoy tendrá cuerda una semana más.
En cualquier caso, cuando se apague el show rutilante del Mundial (y gane Inglaterra) los Pabeles, los Yundas y las Gabrielas saldrán a pedirle el voto a una CMQ cada vez más desorientada y desencantada, que alguna vez tuvo partidos propios como la ID y la DP y ahora no tiene dónde escoger en un Quito que hace todos los méritos para irse, políticamente, a la punta de un cuerno.