De la Vida Real
Cara a cara con La Tunda
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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“Pueblo chico, infierno grande”, dice el dicho. Pero no hay nada más hermoso que pasar unas vacaciones en un pueblo. Ahí no vives en infierno, gozas del pueblo chico y de su gran gente.
Cada vez que voy a ese lugar que de chico no tiene nada y de infierno solo el calor, aprendo de él y de su cultura. Y cuando regreso a Quito me traigo todos los pedacitos posibles que me deja haberlo visitado por una semana. Esta vez su magia me envolvió distinto, y no fue precisamente por el pescado frito ni por los corviches del parque. Esta vez aprendí sobre la Tunda y el Riviel. Porque este lugar es tan generoso que no te enseña todo de una: te va dando bocanadas de aprendizaje.
Tonchigüe es un pueblo de pescadores y ahí la historia no vive en los libros, vive en la boca de la gente.
Estábamos con mi primo caminando cuando nos dijeron que fuéramos a conocer el nuevo barrio de casas, el de las 46 casas. Como buenos foráneos que se creen locales, seguimos las instrucciones de Google Maps: quinientos metros al norte y después al sureste. Fácil, pensamos.
El camino de tierra se partió en dos. A la derecha, un cementerio lleno de maleza, con tumbas que tenían fotografías de los muertos. A la izquierda, tres tumbas de cemento con nombres y fechas de los difuntos. Ahí, parados entre esos dos caminos, sentí algo, el miedo me invadió.
Bajaba una niña rumbo a la escuela. Yo me quedé paralizada. ¿Sería un fantasma? ¿Sería real? Mi primo, tan tranquilo como siempre, le preguntó por el barrio, y yo esperaba, en serio esperaba, que la niña se transformara en algo. No creí, ni por un segundo, que fuera una niña de carne y hueso. El miedo ya me tenía de su mano.
Seguimos caminando. Volteé a mirarla y ella también volteó. Nuestras miradas se encontraron, nos sonreímos, y su cuerpo seguía intacto, seguía siendo niña. Entonces bajó un chico, guapísimo, mulato, alto, no más de veinticinco años. Sentí que la presión se me iba al piso. Debo aceptarlo: soy demasiado miedosa. Mi primo, en cambio, seguía impasible, con esa lógica suya que a veces me desespera, más interesado en llegar al barrio que en cualquier aparición.
El chico me miró y sonrió: “Tiene cara de que vio a la Tunda. Tranquila, tía, aquí no pasa nada, la Tunda solo sale de noche. Suba en paz”. Yo temblaba entera. Eran las once de la mañana, con un sol que me rajaba la piel, y aun así no podía dar un paso.
Saqué el celular, por suerte había señal, y con las manos temblando le pregunté al chat GPT quién era la Tunda. La respuesta llegó fría y precisa: un espíritu femenino del monte y los manglares, que engaña a niños y adultos tomando la forma de un familiar, los hechiza y se los lleva al bosque.
Respiré. No había un bosque cerca, me dije. Pero al segundo siguiente pensé: ¿Y si la niña era la Tunda? ¿Y si el chico guapo también era? Cuando me di cuenta de que mi primo ya iba lejos, corrí tan rápido que subí la loma entera en dos minutos.
Llegamos al barrio y el susto se transformó en asombro: casas de bambú preciosas, gente feliz saludando desde balcones y ventanas, como si hubiéramos entrado a un cuento de realismo mágico. Hasta que una señora se acercó a conversar. Es la Tunda, pensé de inmediato.
Le pregunté si no le daba miedo pasar todos los días junto al cementerio. Me miró con una calma que solo da la vida dura y me dijo: “Niña, los muertos están muertos, los vivos luchamos aquí. De no tener casa a tener todo esto, y a Dios, ni la Tunda puede con tanta felicidad”.
Le pedí que me contara sobre la Tunda. Me dijo que no existe, que son mitos que la gente inventa, pero que no bajáramos después de las cinco, porque el ambiente se pone pesado. Y mientras la escuchaba, algo dentro de mí supo, con total certeza, que estaba hablando con la Tunda en vivo y en directo. En menos de tres minutos bajé la cuesta y le dejé a mi primo solo en la cima.
Nunca nadie se había burlado tanto de mí.
Pero así es: el pueblo te contagia su magia, su encanto, sus mitos. “¿Cómo les fue?”, preguntaron cuando llegamos a la casa. “El barrio es hermoso, una obra maravillosa”, dije. Mi primo contó el resto, y no hubo forma de callar tanta risa.
Esa noche armé una fogata y, en venganza por sus burlas, les conté la historia del Riviel: el espíritu que atrapa pescadores con una luz sobrenatural en alta mar. La única que durmió tranquila esa noche fui yo. Al final, quien se topó cara a cara con la Tunda ya no le teme a nada.
Como diría mi amiga la Pola, desquite no es venganza.