¿Quién está ganando la guerra comercial mundial? Ecuador también absorbe las consecuencias
Un año después del Día de la Liberación, los aranceles de Trump no han cerrado el déficit comercial de EE.UU. pero sí han reconfigurado los flujos globales, empujado a China hacia un superávit récord de USD 1,2 billones y puesto en jaque el futuro del T-MEC. América Latina navega entre oportunidades y turbulencias.

Banderas de Estados Unidos y China con billetes
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El 2 de abril de 2025, Donald Trump anunció los aranceles “recíprocos” más amplios desde la era Smoot-Hawley de 1930 y los bautizó el “Día de la Liberación”. Prometió que reducirían el déficit comercial de EE.UU., traerían de vuelta la manufactura y financiarían la rebaja de impuestos para la clase media. Catorce meses después, el balance es negativo: los aranceles no cerraron el déficit, elevaron los precios al consumidor estadounidense, el empleo en la manufactura en EE.UU. disminuyó, provocaron la mayor reconfiguración del comercio mundial en décadas y desataron una cascada de represalias (que incluyó una guerra arancelaria de tres dígitos entre Ecuador y Colombia, a la cual el Presidente Noboa puso fin a partir del 1 de junio).
La pregunta de quién está ganando no tiene una respuesta simple. EE.UU. acumula ingresos arancelarios —más de USD 124.500 millones entre enero y septiembre de 2025— pero los paga el importador estadounidense y, en última instancia, el consumidor. Conforme a fallos recientes de la Corte Suprema, una parte de los aranceles deberán ser devueltos, al haberse encontrado que eran inconstitucionales. China registró el mayor superávit comercial de su historia. Y América Latina, pese a quedar relativamente al margen, enfrenta la amenaza de ser inundada por exportaciones chinas desviadas hacia sus mercados.
El déficit que no cierra
El objetivo central de Trump era reducir el déficit comercial de bienes de EE.UU. El resultado ha sido decepcionante para sus promotores. Según el Peterson Institute for International Economics (PIIE), “los aranceles no han alterado de manera significativa la balanza comercial, que solo cayó USD 2.100 millones en 2025”. Esa reducción provino del superávit de servicios, mientras el déficit en bienes creció USD 25.500 millones respecto a 2024.
La razón es estructural: el déficit comercial refleja el desequilibrio entre el ahorro y la inversión en EE.UU. Como señala el PIIE, mientras el país financie su déficit fiscal con capital externo, el déficit corriente en la balanza de pagos persiste independientemente de los aranceles. EE.UU. no registra un superávit en cuenta corriente desde 1975.
Lo que sí cambió fue el arancel efectivo ponderado sobre las importaciones estadounidenses: pasó del 1,5% que registraba el Banco Mundial en 2022 a una tasa estimada del 15,2% antes del fallo judicial de la Corte Suprema que, en febrero de 2026, invalidó los aranceles impuestos bajo la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA). Trump respondió de inmediato con un nuevo arancel global del 10%, elevado al 15% un día después —el máximo permitido bajo la Sección 122 del Trade Act de 1974, válido solo por 150 días.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que el comercio mundial de mercancías crecerá apenas 0,5% en 2026, frente a un 2,4% proyectado antes de los aranceles. La región más golpeada es América del Norte, que “resta 1,7 puntos porcentuales al crecimiento del comercio mundial en 2025”. La OMC también alerta que la inversión extranjera directa en sectores intensivos en cadenas de valor “caerá un 25% en 2025”, según proyecciones de UNCTAD citadas en su informe de marzo de 2026.
El gran ganador inesperado: China
Si hubiera que elegir un ganador de corto plazo, las cifras apuntan a China. Lejos de ser estrangulada por aranceles que llegaron a superar el 100% en el primer semestre de 2025, la economía china registró un superávit comercial récord de USD 1,2 billones en 2025, según datos de aduanas reportados en enero de 2026. Sus exportaciones a EE.UU. cayeron un 20% anual —en algunos rubros como juguetes, muebles y calzado, la caída fue aún más severa— pero el desvío hacia otros mercados más que compensó esa pérdida.
La OMC proyectó que, ante la ruptura del comercio bilateral EE.UU.-China, “los productos chinos aumentarán entre 4% y 9% hacia todas las regiones fuera de América del Norte”, generando preocupación en terceros mercados por el aumento de la competencia. “Las exportaciones chinas a Latinoamérica crecieron 7,4% en 2025; a África, un 25,8%; a la ASEAN, un 13,4%. China convirtió los aranceles de Trump en una oportunidad de diversificación de mercados”.
El FMI, en su World Economic Outlook de abril de 2026, proyecta que China crecerá cerca del 4% tanto en 2025 como en 2026, mientras ajusta su mezcla exportadora hacia semiconductores (crecimiento del 26,8%), buques (26,7%) y automóviles (21,4%).
Otros países asiáticos también han sido beneficiarios parciales del desvío de comercio. Vietnam, India y Bangladesh han captado parte de la manufactura ligera que antes se producía en China. Sin embargo, la UNCTAD advierte que para las economías más pequeñas y menos diversificadas, “la capacidad limitada para redirigir exportaciones o absorber mayores costos puede derivar en pérdidas de ingresos, tensión fiscal y ralentización del desarrollo”. Entre los diez países más afectados figuran tres países menos adelantados: Myanmar (49%), Laos (38%) y Bangladesh (35%).
El USMCA: el colchón que se puede disipar
Mientras China navegaba la tormenta con superávits récord, México y Canadá se encontraban en una posición diferente. El United States-Mexico-Canada Agreement (USMCA) —conocido en México como T-MEC— siguió siendo el principal escudo para el comercio intrarregional. Como señala un análisis de Brookings de octubre de 2025, “la mayor parte del comercio entre los tres países continúa bajo aranceles cero, subrayando la vigencia del acuerdo”, pese a que algunos flujos específicos —acero, aluminio, vehículos pesados— ya enfrentaron aranceles sectoriales.
El problema es el horizonte. El 1 de julio de 2026, los tres países deben completar la primera revisión conjunta obligatoria del acuerdo. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), lo que “antes se esperaba que fuera una revisión de rutina se ha convertido en una negociación de alto riesgo”. El representante comercial de EE.UU., Jamieson Greer, declaró ante el Congreso que “las deficiencias [del USMCA] son tales que un simple sello de aprobación no está en el interés nacional”.
La administración Trump quiere concesiones adicionales en migración, narcotráfico y defensa continental, además de reformas al acuerdo sobre reglas de origen, especialmente para contener la entrada de componentes chinos vía México.
El escenario más probable, según el análisis del Diálogo Interamericano de noviembre de 2025, es que EE.UU. “evite deliberadamente renovar el USMCA, prefiriendo mantener la presión sobre México y Canadá” como palanca de negociación permanente. Si no se alcanza consenso unánime, el acuerdo entraría en un ciclo de revisiones anuales hasta su posible extinción en 2036. El CSIS estima que en un escenario de retirada total, los aranceles podrían incrementarse entre 10% y 25%, revirtiendo décadas de integración productiva.
América Latina: oportunidades en el laberinto
La región latinoamericana ha navegado la tormenta con relativa resiliencia, aunque esa relativa inmunidad esconde vulnerabilidades importantes. Como observa Eugenia Andreasen en su análisis de febrero de 2026, “aunque el tipo arancelario efectivo medio sobre las importaciones estadounidenses ha aumentado bruscamente, pasando del 1,5% en 2022 al 17% en 2025, el impacto del anuncio arancelario del Día de la Liberación de Trump el pasado abril ha sido más tenue de lo esperado”, en parte porque la región fue menos afectada por los aranceles recíprocos iniciales.
La UNCTAD señala en su Global Trade Update de enero de 2026 que el comercio Sur-Sur ha ganado peso: “el 57% de las exportaciones de los países en desarrollo se dirigen ahora a otros mercados en desarrollo”, con América Latina fortaleciendo sus vínculos con Asia y África. Sin embargo, la PIIE advierte que la reafirmación de la Doctrina Monroe por parte de Trump “presagia menos autonomía estratégica y económica para los gobiernos latinoamericanos de izquierda”, colocando a la región en una tenaza entre el proteccionismo de Washington y la expansión de influencia de Pekín.
Brasil ha sido el caso más dramático dentro de la región. Washington impuso un recargo de 40% a los productos brasileños en agosto de 2025 en medio de tensiones por el juicio al expresidente Bolsonaro. Tras el fallo de la Corte Suprema de EE.UU. que anuló los aranceles IEEPA, ese recargo quedó sin efecto y el arancel se redujo al 15% global. El sector agropecuario —carne, soja, naranjas— logró exenciones clave. Según las estimaciones, el crecimiento de Brasil caerá del 2,2% al 1,9% en 2025 y al 1,2% en 2026, incluso en el escenario relativamente favorable actual.
México enfrenta la paradoja de ser socio preferencial vía USMCA y, al mismo tiempo, el principal campo de batalla de la revisión del acuerdo. Con el USMCA intacto, México atrajo cerca de USD 40.900 millones en inversión extranjera directa en los primeros tres trimestres de 2025 —ya por encima del total de 2024— impulsado por el nearshoring. Pero si el USMCA no se renueva o se renegocia agresivamente, ese flujo podría revertirse. Las proyecciones de JPMorgan estiman que el crecimiento mexicano pasará de un -0,2% en 2025 a apenas 0,7% en 2026 bajo el escenario post-aranceles, comparado con un 1,4% en el escenario base.
Para América Latina en general, la OMC proyecta una contribución negativa de la región al crecimiento del comercio mundial en 2025. La WTO estima que el PIB regional crecerá 0,2 puntos porcentuales menos que en el escenario base por efecto de los aranceles. El riesgo adicional es el desvío de exportaciones chinas: si Beijing redirige sus ventas masivamente hacia la región —ya crecen al 7,4% anual—, los productores latinoamericanos de manufacturas enfrentarán una competencia de precios devastadora. La oportunidad de capturar parte del mercado que China perdió en EE.UU. es real —JP Morgan estima un potencial de USD 280.000 millones en comercio redirigible— pero requiere infraestructura, competitividad y marcos regulatorios que la región todavía construye.
Ecuador: entre los aranceles de Trump y los de Noboa
El impacto de la guerra comercial global sobre Ecuador tiene dos dimensiones que se superponen. Por un lado, el arancel de 10% a 15% de EE.UU. —moderado en comparación con otros países de la región— afecta directamente las exportaciones de camarón, banano, cacao, flores y atún. Los sectores primarios lograron algunas exenciones en el llamado “Acuerdo de Comercio Recíproco”, pero la incertidumbre sobre el USMCA pesa sobre los mercados de destino alternativos.
Pero el capítulo más insólito se jugó en la frontera andina. Desde el 1 de febrero de 2026, Ecuador y Colombia se sumergieron en una escalada arancelaria sin precedentes en la historia de la Comunidad Andina. El presidente Daniel Noboa activó una “tasa de seguridad” del 30% sobre las importaciones colombianas, alegando que Bogotá no combatía eficazmente el narcotráfico y la minería ilegal en los 600 kilómetros de frontera común. Colombia respondió de forma simétrica.
La espiral no se detuvo. En marzo, Ecuador subió el arancel al 50%; el 1 de mayo de 2026, lo elevó al 100% mediante la resolución SENAE-SENAE-2026-0031-RE, que paraliza el tránsito terrestre por el Puente Internacional de Rumichaca. Colombia respondió con el Decreto 0455, imponiendo aranceles escalonados de 35%, 50% y 75% sobre 191 productos ecuatorianos —camarones, frijoles, plátanos, medicamentos y plásticos—, mientras mantenía en cero los aranceles sobre insumos productivos que no produce internamente.
El impacto es devastador para ambos lados: según el propio decreto colombiano, las exportaciones de Colombia hacia Ecuador se reducirían en un 79% —una caída de USD 1.452 millones—, mientras las importaciones desde Ecuador caerían en un 75%. Unas 2.810 empresas colombianas exportadoras han visto bloqueadas sus operaciones.
El impacto fue devastador para ambos lados: según el propio decreto colombiano, las exportaciones de Colombia hacia Ecuador hubiesen reducido en un 79% —una caída de 1.452 millones de dólares—, mientras las importaciones desde Ecuador caerían en un 75%. Unas 2.810 empresas colombianas exportadoras vieron bloqueadas sus operaciones. La balanza comercial binacional, históricamente favorable a Colombia, ya se había reducido de 1.134 a 1.016 millones de dólares al cierre de 2025 por las primeras escaramuzas arancelarias.
Tan abruptamente como inició, el 29 de mayo el Presidente Noboa eliminó los aranceles, según dijo por acuerdo con el candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, aunque en Colombia dijeron que era para cumplir con las órdenes de la Comunidad Andina de Naciones. El presidente Petro incluso sugirió que el conflicto podría marcar "el fin del Pacto Andino para Colombia", planteando un giro hacia Mercosur.
Nadie gana, todos pagan
A 14 meses del Día de la Liberación, la guerra comercial de Trump ha demostrado ser un juego de suma negativa. EE.UU. no cerró su déficit y sus consumidores pagan USD 1.500 más al año. China registró un superávit récord pero a costa de una economía doméstica frágil y creciente hostilidad en sus nuevos mercados de exportación. Europa y Asia moderaron su crecimiento. Y los países en desarrollo —los menos responsables de los desequilibrios globales— sufren de manera desproporcionada la volatilidad.
La OMC, el FMI, la UNCTAD y el PIIE coinciden en un diagnóstico: la incertidumbre de política comercial es tan dañina como los propios aranceles. Desalienta la inversión, fragmenta las cadenas de valor y eleva los costos de transacción globales. Como advierte el FMI, “una resolución de los aranceles y el fin de la guerra en Ucrania, aunque improbables ahora, constituirían el mayor estímulo posible para la economía global”. A ello se suma ahora la guerra en Medio Oriente.
Para Ecuador, la lección es doble. En el plano global, la diversificación de mercados —hacia Europa, Asia y otros destinos latinoamericanos— no es una opción sino una necesidad estratégica. Los acuerdos comerciales con la Unión Europea, China, Reino Unido y Corea del Sur, y las negociaciones con Canadá, Emiratos Árabes Unidos y otros países cobran una urgencia renovada. En el plano regional, la guerra arancelaria con Colombia fue una herida autoinfligida que subraya cuánto le cuesta al país carecer de una política comercial coherente y de largo plazo, más allá de los vaivenes de la política de seguridad.
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