Columnista invitada
La estrategia que fabrica más criminales violentos de los que elimina
Experta en prevención de crimen organizado. Docente de la UG, con más de 5 años de expertise en prevención de crimen organizado y lavado de activos. Licenciada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Máster en Seguridad.
Actualizada:
Los Águilas, una organización criminal con presencia en el cerro Las Cabras, en Durán, y en el cantón El Triunfo, operó durante años como el principal brazo armado de Los Choneros. Su función era ejecutar las acciones más violentas de la organización: asesinatos selectivos, ajustes de cuentas y operaciones de represalia.
Sin embargo, el asesinato de Carlos Alberto Suástegui Villanueva, conocido como 'Cachete' y antiguo cabecilla de Los Águilas, abrió interrogantes sobre la estabilidad de las alianzas que sostienen al ecosistema criminal ecuatoriano. Más que un hecho aislado, su muerte podría reflejar una dinámica cada vez más frecuente: los cambios de lealtad entre organizaciones rivales, coloquialmente los llamados camisetazos, protagonizados tanto por miembros de Los Choneros como de Los Águilas.
En un contexto de creciente fragmentación del crimen organizado, las alianzas entre grupos son cada vez más volátiles y responden menos a estructuras jerárquicas estables que a incentivos económicos, oportunidades de expansión y estrategias de supervivencia. La estrategia de 'kingpin' (ir detrás de los capos) impulsada por Estados Unidos, centrada en “desarticular “ las organizaciones mediante la captura o extradición de sus principales líderes, ha tenido un impacto significativo sobre Los Choneros. Su máximo líder, alias 'Fito', enfrenta actualmente un proceso ante la justicia estadounidense en el MDC de Brooklyn. A ello se suma la reciente extradición de alias 'Patucho Celso' y la inminente extradición de alias 'Javi', quien permanece recluido en la cárcel de El Encuentro.
Lejos de garantizar el desmantelamiento definitivo de la organización, la eliminación o captura de sus dirigentes parece estar acelerando un proceso de recomposición interna. Esto está interrelacionado con las bajas que se vieron con alias 'Cachete'. A medida que desaparecen las antiguas cadenas de mando, emergen nuevas disputas por el liderazgo, proliferan los cambios de lealtad entre sus miembros y aumenta la incertidumbre sobre la estabilidad de los pactos criminales.
Para evaluar la efectividad de la estrategia 'kingpin', conviene observar la evolución que atraviesa hoy Los Choneros. La organización ya no opera como una estructura monolítica, sino como un conjunto de células que compiten por sobrevivir, conservar territorios y asegurar fuentes de financiamiento. La captura, muerte o extradición de sus principales líderes ha debilitado la cadena de mando, pero también ha acelerado procesos de fragmentación, reconfiguración de alianzas y disputas internas por el poder.
Para la especialista y académica Guadalupe Correa-Cabrera, en su más reciente libro, Carteles Inc., la estrategia que hoy se aplica tanto en Ecuador como en el resto de la región, sumada a la militarización de la agenda de seguridad, fomenta que los grupos delictivos operen a través de redes de actores, empresas e intermediarios que articulan actividades tanto lícitas como ilícitas, funcionando cada vez más como corporaciones criminales.
En otras palabras, hoy resulta más preciso hablar de redes criminales que de carteles en el sentido tradicional. Se trata de estructuras que se comportan como sistemas complejos y adaptativos, capaces de reconfigurarse frente a la presión del Estado.
Los críticos de la estrategia 'kingpin' señalan un denominador común en los países donde ha sido aplicada, desde Colombia hasta México. Concebida originalmente y promovida por la Drug Enforcement Administration (DEA) como un mecanismo para desarticular organizaciones criminales, la evidencia acumulada sugiere que sus resultados han sido, en el mejor de los casos, ambiguos. Con frecuencia, la estrategia fragmenta las organizaciones sin desmantelar los mercados ilícitos que las sostienen. Intensifica la competencia entre facciones, incrementa los niveles de violencia y dificulta la consolidación de una paz duradera. En lugar de resolver el problema, suele transformarlo en una amenaza más difusa, descentralizada y difícil de contener.
El actual proceso de fragmentación de Los Choneros no solo amenaza con intensificar la violencia entre las organizaciones criminales; también la de incrementar la violencia contra la ciudadanía, especialmente a través de delitos como la extorsión, el sicariato y el secuestro. Estos crímenes requieren una inversión criminal relativamente baja, generan ingresos rápidos y representan una puerta de entrada para organizaciones emergentes que buscan consolidarse en el mercado ilícito.
Este escenario es, en gran medida, el resultado de una visión reduccionista compartida tanto por el Estado ecuatoriano como por la DEA. Una visión que invisibilizó procesos estructurales como la precarización de las condiciones de vida, la desesperación económica, la creciente simbiosis entre actores políticos y organizaciones criminales en todos los niveles de gobierno, y la influencia de Estados Unidos en sostener el complejo militar-industrial estadounidense. El dinero se sigue disfrutando.