Columnista Invitada
Solo la unidad puede salvar a Quito
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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El calendario electoral avanza, y con él, se acortan los plazos para tomar definiciones en cuanto a candidaturas a la Alcaldía, prefectura y otras dignidades en Quito. Mientras, ya van sonando algunos nombres que podrían perfilarse para estas dignidades, pero de igual manera, revive el problema de siempre de la política quiteña: la fragmentación.
La fragmentación sigue siendo el obstáculo para que germine una candidatura de consenso. La dispersión, propia de las elecciones locales a nivel nacional y particularmente en Quito, convierte cada elección municipal en una competencia de egos, donde abundan quienes se consideran predestinados a gobernar la ciudad desde la Alcaldía de Quito o reelegirse si es del caso. Se olvidan que la política es un ejercicio dinámico; que el tiempo no pasa en vano y que las nuevas generaciones quieren ver gente diferente conectada a ideas nuevas y con propuestas más actuales. Al mismo tiempo, los electores son conscientes más que nunca de que se necesita honestidad, seriedad, confianza y capacidad.
Esta fragmentación presenta un riesgo real: si los movimientos locales, partidos nacionales, liderazgos barriales y figuras independientes no se unen, al final terminarán disputándose el mismo electorado entre sí. Esto atomizaría el voto nuevamente, y en la práctica, debilitaría la posibilidad de formar mayorías sólidas y efectivas que faciliten una gobernabilidad eficaz. Si las agrupaciones políticas no hacen un esfuerzo real de unidad, se volverá a repetir la historia de siempre: alcaldías débiles, concejos fragmentados y gobiernos incapaces de sostener una visión estratégica de largo plazo.
Por eso, si varias organizaciones políticas y sociales se juntan bajo un mismo proyecto de ciudad, se podría consensuar acerca de una candidatura de unidad y así enfrentar los enormes y complejos desafíos que presenta Quito y que no son únicamente urbanos. La experiencia actual habla por sí sola. La situación actual de la ciudad demuestra que Quito ya no puede seguir siendo usada como trinchera ideológica de ningún grupo ni oportunidad electoral coyuntural.
Decirlo es fácil. Construirlo es otra cosa.
El estado de situación de los partidos y movimientos los ha puesto en una encrucijada de supervivencia y muchos están mirando sólo desde esa óptica su participación. Muchos movimientos parecen más preocupados por sobrevivir electoralmente que por salvar a la ciudad. Prefieren conservar una sigla antes que construir una mayoría capaz de gobernar Quito. No están pensando que si demuestran que son capaces de transcender políticamente ofreciendo a los quiteños una opción derivada de un amplio pacto ético político a largo plazo, podría ser beneficioso para ellos, y mejoraría su credibilidad.
En la actualidad se sabe de varias iniciativas interesantes trabajadas con un enfoque de transformación del modelo de gestión de la ciudad. Entonces: ¿Por qué no tomar las mejores ideas de los esfuerzos ya hechos, y consolidar una gran apuesta técnica y viable para la ciudad que recoja las propuestas de varios? A partir de allí, se podría continuar el ejercicio e identificar candidaturas de consenso comprometidas a implementar el plan colectivo.
Si se construye una amplia alianza, los beneficios serían evidentes. Por ejemplo, se podría lograr tener un alcalde respaldado políticamente por múltiples fuerzas, con la capacidad de alcanzar consensos en el Concejo Metropolitano y así crear y sostener políticas públicas viables.
Adicionalmente, un alcalde de unidad le podría devolver estabilidad institucional a la ciudad, liberándola de la permanente confrontación política en la que hoy Quito vive atrapada. Solucionar problemas como los del transporte público, planificación urbana, movilidad, crisis de servicios etc., va a requerir de acuerdos mínimos que un proceso de unidad podría canalizar con un horizonte técnico a largo plazo, que logre institucionalizase administrativamente y transcienda las ideologías.
Podría ser que la oportunidad esta vez, de lograr construir un proyecto colectivo para la ciudad de Quito entre varios actores, sea la última. Si las agrupaciones políticas llegan a comprender el valor ético simbólico que tendría la construcción de una hoja de ruta común articulada a una candidatura de consenso, entonces la ciudad podría tener al fin, un plan a diez o veinte años.
Porque esto se trata de comprender que la disputa entre pequeños intereses puede ganar una elección, pero sólo la unidad puede reconstruir una ciudad.