La euforia de Wall Street y el riesgo para Ecuador: guerra, IA y temor a una nueva crisis financiera
La guerra en Irán, la inflación en las acciones de IA y el silencio de los CEO: ¿cuánto más puede durar la euforia bursátil?

Edificio de Wall Street en New York
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A fines de mayo de 2026, el Índice S&P 500 rondaba los 7.500 puntos —cerca de sus máximos históricos— y el Índice Nasdaq 100 franqueaba los 30.000 puntos. En apariencia, Wall Street parece inmune a todo: a la guerra en Oriente Medio, al precio del crudo cercano a USD 100 por barril, a los aranceles de Trump, al déficit fiscal estadounidense del 6% del PIB y a las advertencias crecientes de una posible recesión global. La pregunta que muchos economistas, gestores de fondos y ciudadanos se hacen es la misma: ¿hasta cuándo puede durar esto?
La guerra en Irán y el choque energético global
El conflicto bélico entre Estados Unidos, Israel e Irán —que estalló el 28 de febrero de 2026— ha producido el mayor shock energético desde la crisis del petróleo de 1973. El cierre del estrecho de Ormuz, a través del cual transita aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo y alrededor de una cuarta parte del comercio global de gas natural licuado, ha disparado el precio del crudo Brent por encima de USD 85 por barril.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su World Economic Outlook de abril de 2026, presentó un escenario de referencia que proyecta un crecimiento global del 3,1% para este año, por debajo del 3,4% proyectado antes del conflicto— y una inflación global del 4,4%, revirtiendo años de desinflación. En el escenario adverso —que contempla el estrecho de Ormuz cerrado de forma prolongada y precios del petróleo un 80% superiores a los de enero de 2026— el impacto sería considerablemente más grave, con una desaceleración del crecimiento global que podría acercarse a una recesión.
El FMI fue categórico en su diagnóstico: “La guerra en Oriente Medio ha frenado este impulso. El cierre del estrecho de Ormuz y los graves daños a instalaciones críticas en una región central para el suministro global de hidrocarburos plantean la perspectiva de una crisis energética mayor si las hostilidades continúan” (FMI, abril 2026).
Sin embargo, la Bolsa de Nueva York parece haber absorbido este shock sin colapsar. La razón es que el mercado ha apostado —tal vez irracionalmente— a que el conflicto es transitorio y que la producción de petróleo en el hemisferio occidental (EEUU, Canadá, Brasil) compensará parcialmente el déficit. Esa apuesta es arriesgada.
Valoraciones históricamente elevadas: los números que incomodan
Para entender el nivel de riesgo acumulado en la Bolsa norteamericana, basta con observar las relaciones precio/ganancia (P/E) de sus principales índices. El S&P 500 cotiza actualmente con un P/E observado (trailing) de 32,2 veces —frente a un promedio histórico de 19,7 veces desde 1957—, lo que representa una sobrevaluación del 63% respecto a la norma de largo plazo. El Nasdaq 100, el índice donde se concentran las grandes empresas tecnológicas, exhibe un P/E observado de 35,9 veces, frente a una mediana histórica de 24,5 veces.
Aún más revelador es el indicador CAPE (Cyclically Adjusted Price-to-Earnings, creado por el economista Robert Shiller), que suaviza los ciclos de ganancias usando una media de diez años. El CAPE del S&P 500 alcanzó 42,3 veces en mayo de 2026, cuando el promedio histórico de largo plazo se sitúa en torno a 17 veces.
La voz de los escépticos: Burry y el fantasma de la burbuja
Michael Burry —el legendario gestor de fondos inmortalizado por Christian Bale en La gran apuesta, quien predijo el colapso de las hipotecas subprime en 2008— no es ajeno a las advertencias impopulares. En mayo de 2026, Burry volvió a capturar la atención de Wall Street con una comparación que pocos querían escuchar: la actual burbuja bursátil se asemeja a la fase final de la euforia de 1999-2000 en torno a las empresas de internet.
En un post publicado en Substack, Burry centró su argumento en la industria de semiconductores vinculada a la inteligencia artificial y en la validez del CAPE de Shiller como señal de alarma. Su firma, Scion Asset Management, reveló posiciones bajistas en empresas como Nvidia y Palantir, argumentando que la demanda de IA tiene un carácter transitorio —lo que él denomina el efecto látigo— y que las compañías podrían estar subestimando la depreciación de sus chips, inflando artificialmente las ganancias reportadas.
“La infraestructura de IA está catastróficamente sobreabastecida. Estamos viendo la misma dinámica especulativa que precedió a los colapsos más dolorosos de la historia financiera moderna” (Michael Burry, mayo 2026).
Sus críticos señalan que Burry ha emitido advertencias prematuras en varias ocasiones anteriores —en 2021 habló de “la mayor burbuja especulativa de todos los tiempos”— y que los mercados continuaron subiendo durante años. No obstante, el hecho de que el CAPE haya superado el nivel de 40 veces —una barrera que históricamente ha antecedido largos períodos de retornos nulos o negativos, como en 1929 o 1999— otorga a sus análisis un peso que no puede ignorarse.
Andrew Ross Sorkin: “Habrá un crash, aunque no sé cuándo”
El periodista y analista financiero Andrew Ross Sorkin —cofundador del boletín DealBook del New York Times, conductor de Squawk Box en CNBC y cocreador de la serie de televisión Billions— publicó a fines de 2025 un libro titulado 1929: Dentro del mayor desplome de la historia de Wall Street y cómo destrozó a una nación. La obra reconstruye los eventos que precedieron y siguieron al colapso bursátil más devastador del siglo XX.
En una entrevista con la periodista Lesley Stahl para el programa 60 Minutes de CBS, Sorkin fue explícito sobre su visión del momento actual: “Habrá un crash. Le puedo asegurar eso. La pregunta es cuándo ocurrirá, y eso no lo puede predecir nadie” (Andrew Ross Sorkin, CBS 60 Minutes, reemitido el 24 de mayo de 2026).
Sorkin también llamó la atención sobre el silencio corporativo que rodea a la euforia financiera. Según él, la mayoría de los CEO de las grandes empresas estadounidenses están atemorizados de hablar abiertamente sobre los riesgos del mercado —o de cualquier otro tema que pudiera irritar a la administración Trump—, lo cual recuerda la parálisis que precedió al colapso de 1929. Esta cultura del silencio, advirtió, es en sí misma un signo de alerta.
El motor de la IA es real, ¿pero es suficiente para justificar las valoraciones?
La principal fuerza que ha sostenido al mercado en sus niveles actuales es la euforia en torno a la inteligencia artificial. Las acciones de empresas como Nvidia, Meta (Facebook), Alphabet (Google) y Microsoft han experimentado apreciaciones extraordinarias en los últimos tres años, impulsando al S&P 500 y al Nasdaq 100 a máximos históricos. Solo las diez mayores empresas del S&P 500 representan el 41% de la capitalización de mercado total y generaron el 53% del retorno total del índice en 2025, según Goldman Sachs.
A este fenómeno se suma la expectativa de que tres de las empresas no cotizadas más valiosas del mundo —OpenAI, SpaceX y Anthropic— se lancen al mercado bursátil antes de que concluya 2026. SpaceX presentó el formulario S-1 ante la SEC el 20 de mayo de 2026, buscando una valoración de USD 1,75 billones (trillones en inglés) en lo que sería la mayor Oferta Pública Inicial (OPI) de la historia. OpenAI prepara su propia salida a bolsa en septiembre, con una valoración de USD 852 mil millones. Anthropic, por su parte, apunta a una OPI en octubre a una valoración de USD 900 mil millones.
Si estos tres lanzamientos se concretaran, el mercado absorbería miles de millones de dólares en nueva oferta de acciones —un volumen sin precedentes— en apenas unos meses. La incógnita es si hay suficiente demanda institucional para digerirlo, especialmente en un contexto de altos costos de financiamiento y creciente cautela.
El problema de los retornos: mucho gasto, pocas ganancias verificables
La narrativa de la IA como motor de productividad es seductora, pero los datos disponibles generan dudas legítimas sobre si las valoraciones actuales están justificadas. Un análisis de Goldman Sachs reveló que cerca de USD 700 mil millones invertidos en infraestructura de IA durante 2025 no tuvieron un impacto medible en el crecimiento del PIB estadounidense. La firma estima que las ganancias generadas por la IA podrían ser apenas la mitad de las necesarias para justificar los niveles de inversión actuales.
Según un reporte del MIT, el 95% de las organizaciones que implementaron pilotos de IA generativa obtuvieron retorno cero sobre su inversión. Una encuesta de EY encontró que el 99% de las empresas encuestadas reportaron pérdidas financieras atribuibles a riesgos relacionados con la IA, con un promedio de 4,4 millones de dólares por compañía.
Entre los analistas más escépticos, la tesis es clara: las inversiones en IA no están generando todavía los flujos de caja que justifiquen las valoraciones actuales de Nvidia, Microsoft o las empresas que están por salir a la bolsa. El precio de SpaceX (que actualmente tiene pérdidas) implica una relación precio/ventas de más de 80 veces, y el de OpenAI supera las 58 veces su facturación —ratios que algunos analistas califican como evidencia palpable de una burbuja en formación— (aquí hablamos de ventas, ni siquiera de ganancias).
¿Qué pasaría con América Latina y Ecuador si la Bolsa colapsa?
Cuando Wall Street estornuda, América Latina se resfría. Esta metáfora —popularizada en los años noventa para describir el contagio financiero— sigue siendo válida en 2026, aunque los canales de transmisión son más complejos que antes.
Un colapso bursátil en Estados Unidos desencadenaría múltiples efectos simultáneos sobre la región. El primero y más inmediato sería la fuga de capitales: ante la incertidumbre, los inversores internacionales venden activos emergentes —acciones, bonos y divisas— para refugiarse en el dólar y los bonos del Tesoro estadounidense. Esto elevaría los spreads soberanos, encarecería el financiamiento externo y presionaría las monedas locales.
El segundo canal es el comercial. Si un crash bursátil profundo desencadena una recesión en EE.UU., la demanda de exportaciones latinoamericanas —materias primas, manufacturas, servicios— caería de forma significativa. En combinación con el alza en los precios energéticos impulsada por el conflicto en Oriente Medio, la región enfrentaría el peor de los escenarios: precios altos de importaciones esenciales (petróleo, fertilizantes, gas) y precios a la baja de sus principales exportaciones.
El tercer canal es el fiscal. Varios países de la región dependen del acceso a los mercados internacionales de capitales para financiar sus déficits. Una volatilidad extrema en Wall Street cerraría esas ventanas, obligando a ajustes fiscales procíclicos o, en casos extremos, a reestructuraciones de deuda.
Para Ecuador, el impacto sería particularmente severo por tres razones. Primera, el país está dolarizado: sin moneda propia, no puede devaluar para amortiguar los choques externos, y su ajuste debe hacerse exclusivamente a través de la contracción del gasto o el aumento de impuestos. Segunda, Ecuador depende de las remesas de sus emigrantes en Estados Unidos y Europa —una fuente de divisas que se contraería en caso de recesión—. Tercera, el país se encuentra en un programa con el FMI que requiere mantener metas fiscales estrictas, lo que limita su capacidad de respuesta contra-cíclica.
El Ecuador, que emerge de su quinta revisión del programa con el FMI —completada en abril de 2026—, está en una posición más sólida que en años anteriores: sus reservas internacionales han mejorado y su déficit fiscal se ha reducido. Pero esa solidez es frágil. Un shock externo de magnitud —como el que podría provocar un colapso de Wall Street combinado con un precio del crudo (y de los derivados de petróleo) persistentemente alto— pondría a prueba la resistencia de las reformas implementadas.
Conclusión: euforia con grietas
El mercado de valores de Estados Unidos sigue en las alturas, sostenido por la narrativa de la inteligencia artificial, por flujos masivos de capital hacia un puñado de gigantes tecnológicos y por la expectativa de que el conflicto en Oriente Medio sea transitorio. Pero las señales de alarma se acumulan: valoraciones en niveles históricamente extremos, retornos de la IA que no justifican el gasto, una oleada de OPI de empresas con pérdidas masivas, y el silencio incómodo de quienes deberían advertir sobre los riesgos.
Michael Burry compara el momento con 1999. Andrew Ross Sorkin recuerda 1929. El FMI advierte que la guerra en Irán puede convertirse en una crisis energética global. Y la historia enseña que las burbujas no se desinflan gradualmente: simplemente estallan.
Para los países en desarrollo, y en particular para Ecuador, la lección es siempre la misma: la prosperidad importada desde Wall Street puede evaporarse tan rápido como llegó. La construcción de resiliencia interna —ahorro fiscal, diversificación productiva, políticas sociales contra-cíclicas— no es una opción ideológica. Es, en el mundo inestable de 2026, una necesidad de supervivencia.
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