La lotería del agua y por qué El Niño vuelve a poner en jaque al sistema eléctrico ecuatoriano
Ecuador enfrentará El Niño con una matriz eléctrica concentrada en pocas cuencas y altamente vulnerable al estiaje. La seguridad energética sigue dependiendo de “la lotería del agua”, más que de una diversificación efectiva del sistema.

El agua del gigantesco embalse Mazar, en Azuay, está cayendo desde agosto de 2024.
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Autor:
Alfredo Carrasco Valdivieso / Analista invitado
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El 1 de julio, el embalse de Mazar, ubicado en el límite entre las provincias de Azuay y Cañar, estaba a tres metros de su cota máxima. El dato, tranquilizador, debe leerse junto a otros dos: en abril, el mismo embalse llegó a estar a 17 metros de su nivel crítico, y en octubre de 2023 el caudal del río Paute cayó a mínimos de 19 metros cúbicos por segundo, frente a los 161 del mes pasado. Esa oscilación resume la condición estructural del sistema eléctrico ecuatoriano: dependencia hidroeléctrica superior al 70%, concentrada en pocas cuencas y expuesta a la variabilidad climática. Con El Niño 2026–2027 confirmado por los principales centros de monitoreo, conviene desmontar primero el supuesto más extendido del debate público: que El Niño, por tratarse de un fenómeno lluvioso, favorece la generación de Paute.
El mito de que El Niño favorece a las hidroeléctricas
La evidencia histórica indica lo contrario. En los eventos de 1991-92, 2009-10, 2015-16 y 2023-24 predominó el estiaje en el Austro y, en varios de ellos, el racionamiento eléctrico. Tres mecanismos explican este comportamiento. Primero, El Niño tiende a adelantar y prolongar la época seca de la cuenca oriental, que se extiende de septiembre a marzo; en 2023 el estiaje se anticipó casi un mes y desembocó en la crisis eléctrica más severa en una década.
Segundo, no todos los eventos son iguales: los del Pacífico Oriental, como el de 1997-98, concentran precipitaciones extremas sobre el litoral, mientras que los del Pacífico Central llegan atenuados: reducen la lluvia torrencial en la Costa y la Sierra sur y, sobre las cuencas que generan la electricidad del país —la oriental andina del Paute y la amazónica del Coca—, se expresan como estiaje adelantado y prolongado.
Tercero, incluso cuando llueve, la precipitación se concentra donde no hay centrales: la señal extrema de El Niño se localiza en las cuencas bajas del litoral y se vuelve errática por encima de los 3.000 metros, donde se originan los aportes del Paute. El evento de 2015-16, uno de los tres más intensos registrados, no produjo anomalías significativas de precipitación en ninguna región del país. Una precisión, para evitar el error inverso: los eventos Orientales extremos —1982-83, 1997-98— sí descargaron excesos sobre la Sierra sur, y entonces el problema no fue el déficit hídrico sino los deslizamientos y la sedimentación acelerada de los embalses.
La conclusión robusta no es que El Niño seque el Austro, sino que en ningún escenario otorga holgura: o reduce el agua disponible o la entrega en condiciones destructivas. El evento en curso exige esa doble lectura: al calentamiento del Pacífico central —a miles de kilómetros de nuestras costas— se suma un Niño costero: el calentamiento del mar que baña directamente nuestro litoral (la llamada región Niño 1+2), activo desde marzo y que podría alcanzar magnitud fuerte hacia el verano. Si el calentamiento costero se consolida —la variable a vigilar—, al estiaje probable en las cuencas orientales se sumarían lluvias intensas en el litoral: los dos frentes a la vez.
Por qué El Niño puede agravar el déficit eléctrico
El riesgo de fondo, sin embargo, no reside en una cuenca en particular sino en la arquitectura del conjunto. Paute y Coca comparten la misma estación seca, de modo que el escenario crítico no es la caída de una de ellas sino la coincidencia de ambas. Coca Codo Sinclair, central de pasada sin embalse de regulación, carece de autonomía: en los estiajes recientes ha operado entre el 20 y el 40% de su capacidad.
En 2023-24, el sistema evitó el colapso porque la cuenca del Coca, por variabilidad climática y no por diseño, compensó el déficit del Austro; nada garantiza que se repita. Un sistema cuya continuidad depende de que, en cada evento, alguna cuenca conserve caudal suficiente para sustituir a la que falla, no gestiona el riesgo: lo delega en el azar hidrológico.
El verdadero riesgo es depender de dos cuencas
Esa exposición tiene, además, una dimensión geográfica poco discutida. La capacidad hidroeléctrica del país está concentrada de manera abrumadora en la vertiente oriental de los Andes. En el flanco occidental operan pocas centrales —Marcel Laniado en el Daule-Peripa, Toachi-Pilatón, Minas San Francisco en el Jubones, Manduriacu— cuya potencia conjunta no alcanza la mitad del solo complejo Paute.
La omisión es relevante porque los regímenes de lluvia de ambas vertientes son inversos: cuando la cuenca oriental entra en estiaje, la vertiente del Pacífico recibe sus máximas precipitaciones. Esa complementariedad hidrológica, que habría permitido equilibrar la generación, nunca se tradujo en infraestructura. Bajo El Niño, la asimetría se agudiza: el fenómeno incrementa la precipitación en la vertiente con menor capacidad instalada y reduce los caudales donde se concentra casi toda la generación. No existe compensación posible porque no fue construida.
Una matriz concentrada donde menos conviene
El contexto de 2026 agrava el cuadro. La demanda eléctrica alcanzó en marzo su récord histórico —5.274 megavatios— y la importación de energía desde Colombia está suspendida desde enero, lo que priva al sistema del respaldo externo que amortiguó crisis anteriores. La infraestructura acumula señales de fragilidad: el desarenador averiado de Coca Codo Sinclair, la explosión de junio en la subestación de Paute Molino y, aguas abajo del Coca, una erosión regresiva a menos de cuatro kilómetros de las obras de captación de la mayor central del país, cuyo dique de protección quedó parcialmente destruido a los 38 días de su inauguración.
Paute y Coca Codo concentran cerca de la mitad de la potencia nacional; una caída simultánea comprometería servicios esenciales —hospitales, telecomunicaciones, bombeo de agua, sistema financiero—. El problema excede la política tarifaria y de servicio público: es un asunto de seguridad nacional y debería planificarse bajo ese estándar.
Un sistema con menos margen que en 2023
De esa premisa se desprende algo que la planificación suele subestimar: la seguridad de estas centrales no se decide únicamente en su infraestructura, sino aguas arriba, en las cuencas de captación. Los páramos y coberturas naturales de las cuencas altas del Paute y del Coca cumplen dos funciones críticas bajo El Niño: regulan el caudal durante el estiaje, liberando de forma sostenida el agua almacenada, y contienen la erosión que acelera la sedimentación de Amaluza y reduce su vida útil.
La protección de las cuencas altas no genera caudal adicional, pero atenúa las dos amenazas dominantes del escenario: el déficit hídrico y el sedimento. Blindar las cuencas es, en términos estrictos, tan estratégico como blindar la infraestructura.
La infraestructura empieza en las cuencas
La salida estructural existe y está en marcha: una cartera de proyectos solares, eólicos, térmicos y de gas orientada a reducir la hiperdependencia hidroeléctrica. Su lectura exige tres advertencias. Primera, sobre los plazos: la mayor parte de esa capacidad entrará en operación entre 2027 y 2029, de modo que el país afrontará el pico previsto —febrero a mayo de 2027— con la matriz actual; la diversificación responde a la crisis siguiente, no a esta.
Segunda, sobre la geografía: buena parte de la inversión solar se concentra en el sur del país, la región de mayor radiación pero sujeta al mismo régimen climático del Austro; diversificar fuentes sin diversificar territorios reproduce, en otra escala, la concentración de riesgo que se pretende corregir.
Tercera, sobre la composición: la única fuente de la cartera que es firme y de base —la geotermia, con Chachimbiro como proyecto más avanzado— es también la de maduración más lenta y menor prioridad efectiva; su valor no radica en su potencia, que es modesta, sino en su independencia del clima.
La diversificación llegará, pero no para este El Niño
De las tres advertencias se sigue una conclusión operativa: acelerar. Cada mes de retraso en licitar el gas, adjudicar el solar, destrabar la eólica o perforar la geotermia se paga en el siguiente estiaje. La diversificación de la matriz no puede seguir tratándose como un anexo de la política energética: es su capítulo de seguridad nacional y exige plazos, responsables y rendición de cuentas.
Pocas veces un riesgo nacional ha estado tan documentado con antelación: se conoce que el evento ocurrirá, sus efectos en 2023 y la ventana aproximada de su pico. Las medidas inmediatas son conocidas y ejecutables: respaldo térmico contratado a tiempo, protocolos de operación y vertimiento ensayados, evacuación de sedimentos en Amaluza, sistemas de alerta temprana en las laderas del Austro y el litoral, y un plan de contingencia que no dependa de Colombia.
Pero la decisión de fondo es otra, y es la que cada gobierno ha postergado: dejar de sustentar la seguridad eléctrica del país en la probabilidad de que alguna cuenca conserve agua. Gobernar es prever; y prever, en materia energética, se resume en tres líneas de acción: diversificar la matriz, equilibrar las vertientes y proteger las cabeceras. El estiaje ya tiene fecha en el calendario. La previsión, todavía no.
(*) Alfredo Carrasco Valdivieso es ingeniero geólogo con 34 años de experiencia en la gestión de recursos naturales renovables y no renovable
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