El Chef de la Política

Corrupción y narcotráfico, nuestra cotidianidad

Santiago Basabe

Santiago Basabe

Politólogo, investigador de FLACSO Ecuador, analista político y Director de la Asociación Ecuatoriana de Ciencia Política (Aecip).

Actualizada:

3 Oct 2022 - 5:28

Basta observar el parque automotor de las principales ciudades del país para dudar de la licitud de los recursos económicos que los financian. Vehículos de alta gama, nuevos o casi nuevos, que superan los USD 100.000, son cada vez más comunes indistintamente del lugar.

Si quien observa pudiera hacer abstracción del país en el que se encuentra, pensaría que se halla en uno de esos en los que los niveles de consumo son elevados a raíz de la prosperidad del sistema económico. Pero no, Ecuador no está entre esos países ni de lejos.

Sin embargo, ahora contamos incluso con representaciones de las marcas de vehículos más famosas del mundo. Si es un país pobre, pero al mismo tiempo hay tantos recursos económicos invertidos en bienes suntuarios, la pregunta que salta a la vista del ciudadano perspicaz, aunque no de las instituciones públicas de control, es: ¿de dónde sale tanto dinero?

Una primera respuesta es que allí se reflejan los réditos de fortunas, en general evasoras de impuestos, que dan cuenta de un país como Ecuador, en el que los niveles de desigualdad en la distribución de la riqueza son vergonzosos.

Sin relativizar el hecho que los recursos de estos pocos acaudalados se verifican en parte porque se ríen en la cara del SRI y sus funcionarios, en parte porque cuando hay ganancias son para sus propios bolsillos y cuando son las pérdidas las que llegan, la mejor estrategia es trasladarlas al Estado, la ciudadanía podría entender los autos de lujo que circulan en el país.

Ahí la indignación no es por la riqueza, sino por la ausencia de responsabilidad cívica y por la inacción estatal.

No obstante, esos casos no son los únicos. Hay otros, muchos otros, en los que quienes van detrás de ese tipo de vehículos son funcionarios públicos de antes o de ahora, jueces, fiscales, policías y militares; y, en general, servidores del Estado cuyos ingresos no son ni de lejos suficientes para adquirir ese tipo de bienes.

Pero ahí están, orondos, subiendo el volumen de la radio para sentirse mejor, como dice la canción del maestro Rubén Blades, mientras los entes de control no se inmutan y la sabiduría popular se enardece y encuentra la respuesta más fácil y muchísimas veces certera para entender esas contradicciones: corrupción y más corrupción.

Ahí está. En el parque automotor de este país es uno de los espacios donde se ventila mucho de lo robado al Estado.

Raudas y veloces saltarán las respuestas de las entidades públicas para señalar que, luego de exhaustivas investigaciones, no se ha detectado patrimonio que no haya sido justificado.

Desde luego que es así y la razón es que son delincuentes de cuello blanco, no torpes. Los vehículos están registrados a nombre de agnados y cognados, como corresponde al maleante de ese perfil.

Nada a nombre propio. Nada en pagos vía tarjetas de crédito, todo en efectivo. Nada en calidad de persona natural, mucho en compañías. Cuando los niveles de pillería son mayores, la lógica cambia, nada en papel moneda, mucho en metales preciosos.

Pero los vehículos son solo una de las formas en las que el buen observador detecta cuando alguien tiene una fortuna mal habida. Los hoteles, por ejemplo, son otra de las vías para entender que acá, en la isla de paz, hay una lavandería de dimensiones.

Basta que nos preguntemos, ¿en un país en el que el turismo no es la principal fuente de ingresos económicos y en el que además buena parte de los visitantes no son de los llamados VIP, entonces por qué hay tantos hoteles de lujo?

No hay respuesta desde la lógica de la oferta y la demanda o la contabilidad de costos. Hay respuesta, esa sí, desde la lógica de la lavandería del narcotráfico.

Que no todo hotel esté inmerso en ese tipo de actos, desde luego que sí, y ellos no deben sentirse aludidos en lo más mínimo, pero los otros… de esos hay muchos. Las autoridades, bien gracias. Nada que decir.

Pero no es solo en el parque vehicular y los hoteles donde el ciudadano se cuestiona sobre la burbuja en la que vivimos. Hay muchos ejemplos más, como el de los emprendimientos comerciales de diversa naturaleza o los restaurantes, que nunca tienen clientes y se mantienen abiertos durante años.

El común de los marchantes sabe bien que si inicia un negocio y no vende, pronto quiebra. El común de los marchantes sabe bien que quienes no quiebran, a pesar de no tener un diferencial positivo en cuanto a ingresos, son los que en realidad se dedican a la lucrativa actividad de la lavandería. 

***

Nada de lo dicho es nuevo. Nada de lo dicho es ignorado por la población. Nada de lo dicho es desconocido por las autoridades. Todo es parte del acervo diario del país.

Sí, de este país que no vive lo aquí relatado desde hace un par de años, sino hace más de una década.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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