En sus Marcas Listos Fuego
Carta para Milton Velásquez
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
Actualizada:
Hola Milton. ¿Cómo estás? ¿Decepcionado? ¿Asqueado? ¿Triste? ¿Magullado? ¿Desesperanzado? ¿Herido? O, ¿continúas con esa entereza que tienen los hombres decentes cuando reciben un rasguño del poder?
Hoy te escribo con dureza, porque más allá de cómo te sientes tú después del allanamiento del que fuiste víctima, yo me siento ansioso por decirte esto fuerte y claro.
¿Estás consciente que no fueron por tu celular, por tu computadora o por tus documentos? No. Fueron por tu nombre. Te allanaron para incautar tu reputación y dejar sembrado el miedo. ¿Y pese a eso sigues de pie?
Por eso, Milton, decidí escribirte esta carta, para decirte lo que te quiero decir y lo que te debo decir (no son lo mismo, ya lo verás). Así que siéntate y lee hasta el final (no te asustes antes de hora).
Lo que te quiero decir:
Eres, más allá de ser un cuarentón con cara de niño, uno de los jueces más preparados de este país. Eres un referente para la juventud, pero, sobre todo, un ejemplo de honestidad a prueba de balas.
¿Qué carajos haces dejando la piel por este país? ¿Qué recibes a cambio? ¿Un miserable sueldo indigno para un juez de Corte Suprema? ¿Le dedicas 16 horas al día a un trabajo inagotable e inabarcable por el que nadie te agradece?
¿Qué carajos haces siendo juez? ¿Te has puesto a pensar todo lo que podrías lograr en el libre ejercicio en lugar de dejar el alma por un país que no reconoce tu sudor, preparación y esfuerzo?
¿Qué hacen los jueces honestos, a los que nadie puede corromper y que son un ejemplo académico de entereza, dejando su vida por un país dispuesto a destruirlos?
¿Para esto estudiaste tanto posgrado? ¿No aprendiste en las aulas que la decencia y el conocimiento son el peor enemigo del poder en el tercer mundo? ¿No entendiste que vivimos en un continente en el cual el que no se arrodilla es decapitado?
¿Qué haces, Milton? Renuncia. Deja al país a la deriva. Deja tirada a la justicia. Manda todo al traste. ¿No te cansas de una lucha tan estéril? ¿Crees que los honestos somos más? ¿En qué planeta vives?
Renuncia y lárgate a ser feliz.
Lo que te debo decir:
Ya leíste lo que te quiero decir. Perdóname. Es que me faltan tornillos. Este odio que siento por la injusticia me hace tirar la toalla diez veces por día. Pero créeme, me levanto otras diez. ¿Y tú?
Te allanaron de madrugada. A esa hora en que la casa todavía no huele a café. Te tocaron la puerta y te mostraron una orden ilegítima, revisaron los cajones donde guardas las cosas que no le importan a nadie y se llevaron tus pertenencias. ¿Qué van a encontrar? Los que conocemos de tu trayectoria lo sabemos: ni siquiera malos pensamientos.
Para cuando alcanzaste a entender lo que estaba pasando, el país ya te había fallado. Porque en el Ecuador la sentencia no la dicta el tribunal: la dicta un titular.
Y lo más perverso, lo verdaderamente podrido, es que ya nadie distingue. Tan acostumbrados estamos a que el juez se venda, que cuando allanan a uno honesto el país aplaude igual. Impávidos, inertes, frígidos, celebramos el operativo sin preguntar una sola cosa: ¿y si este es de los honestos?
Por eso veo tan necesario recordarte por qué decidiste ser juez.
Tú, Milton, no te hiciste juez para enriquecerte. Jamás te ha gustado ni el lujo ni el dinero. Tú naciste para servir. Ese es tu motor, eso te da vida. Tampoco te hiciste juez por el poder, porque el poder de un juez honesto es exactamente cero: no tiene tropa, no tiene presupuesto, no tiene prensa.
Tú, Milton Velásquez, te hiciste juez porque te resulta intolerable que la fuerza decidiera quién tiene la razón.
Eso es un juez. No es un funcionario, no es un burócrata con toga, no es "el operador de justicia" del organigrama del Consejo de la Judicatura. Un juez es un ser humano que se para entre el poderoso y el débil y dice "aquí no".
Es la única figura de toda la arquitectura del Estado cuyo oficio consiste en desobedecer al que manda cuando el que manda no tiene la razón.
Te conozco y sé que cada mañana, cuando te despiertas, tienes el reto de ser un poco mejor que ayer. Los jueces honestos como tú representan el engranaje sin el cual la democracia desaparece.
Los jueces honestos como tú son garantes de la libertad, de la libertad de todos nosotros. Si ustedes desaparecen, seremos todos esclavos del poder (de cualquier poder). Si tú te vas, que de una vez se vayan todos los honestos. Y si se van todos, ya no queda esperanza.
Y aquí está lo que necesito que entiendas: si tú te rindes, tu silla no se queda vacía. Nunca se quedan vacías. Tu silla la ocupará el que sí contesta el teléfono, el que sí le pone precio a una sentencia, el que llegó ahí precisamente porque nunca tuvo un nombre que perder.
Si tú te vas a un estudio jurídico o de regreso a la academia, te vas con la dignidad intacta, pero el país se queda con un juez menos y una rata más. Ese es el negocio. Ese siempre fue el negocio desde 1830.
Porque un país sin jueces honestos no es un país con mala justicia. Es un país sin justicia. Es un territorio donde el que tiene el dinero, un fusil o el control de la prensa define qué es la verdad.
Hoy es momento de ponerte de pie y demostrarles a quienes han tratado de manchar tu nombre, que no van a vencerte. Veinte años de trabajo honesto han sido rasguñados, no ensuciados. Ahora entréganos veinte años más de sentencias que nadie pueda comprar.
Ponte la toga, Milton, y cierra la boca a todos. Luego dales justicia.