De la Vida Real
La voz del silencio
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Roberto Aguilar ya no escribe en Expreso. Y no fue porque quiso.
En febrero, la Superintendencia de Compañías, a pedido de Inmobiliar, una entidad del Gobierno, intervino Granasa, la empresa que edita Expreso y Extra. Antes de esa intervención, el Gobierno ya había pedido la salida de dos periodistas del diario: Martín Pallares y Roberto Aguilar. El abogado del medio fue tajante en ese momento: de ahí no salían ni Pallares ni Aguilar, ni él. Meses después, Roberto Aguilar salió.
No hace falta ser periodista para entender lo que esto significa. Un Gobierno no le pide a un medio privado que despida a un columnista porque le cae mal. Se lo pide porque ese columnista escribe cosas que al poder le incomodan, y de las cuales no quiere que el país se entere.
En todo se necesita un contrario. Alguien que te haga ver las cosas de otra forma, que no es la de un enemigo, sino de quien tiene una mirada distinta. Para que haya equilibrio debe existir un contrario, nos guste o no. Para que haya democracia deben existir voces diferentes y para que haya libertad debe existir una contraparte. Roberto Aguilar era eso: un contrario. Y a un Gobierno que no tolera contrarios, no le interesa el equilibrio: le interesa el silencio.
Y ahí está el problema de fondo: no es un tema exclusivo de Roberto Aguilar. Es un tema de todos.
Yo escribo una columna de opinión desde hace años. La mía habla de mi vida, de mis hijos, de mis torpezas con un celular nuevo y de mis días comunes. No hablo de política casi nunca, y no porque no tenga opinión, sino porque elegí este espacio para contar otras cosas ajenas a la política. Pero cuando un Gobierno empieza a decidir qué periodista sigue en su puesto y cuál no, deja de ser un tema ajeno a mí. Porque si hoy puede callar a Roberto Aguilar por lo que escribe de política, mañana puede callar a cualquiera que escriba de lo que sea, si le incomoda.
Esto ya lo vivimos. No hace tanto, en 2014, la Superintendencia de Compañías, en otro gobierno, ordenó liquidar Diario HOY, violando todos los procedimientos. Lo llamamos persecución, y con razón. Ahora vemos el mismo guion, con otros nombres, y a una parte del país le cuesta llamarlo igual solo porque el color político es distinto: antes era verde y ahora es morado.
Ahí está la trampa en la que caemos casi todos: nos parece bien que le silencien al periodista que no nos gusta, y nos indignamos cuando le silencian al que sí nos gusta. Pero la libertad de prensa no funciona según a quién le convenga. O la defendemos siempre o simplemente miramos hacia otro lado.
El Gobierno tiene, como cualquier gestión, aciertos y errores. Puede mostrar lo bueno por sus propios canales. Pero no le corresponde decidir quién escribe en un medio privado. Esa línea la cruzó, y la cruzó dos veces: primero presionando a Granasa, después consiguiendo, tarde o temprano, lo que había pedido desde febrero: que Roberto salga del diario.
Roberto Aguilar no es un periodista cómodo. Escribe con un estilo afilado y con mucha lucidez, sin medias tintas, y eso a veces incomodaba también a lectores que hoy lo defienden. Pero esa incomodidad es justamente lo que hace falta en democracia. Un país donde todos los columnistas dicen lo mismo, con el mismo tono, no es un país informado: es un país narrado por una sola voz.
Que un Gobierno pueda torcerle el brazo a un medio privado hasta lograr la salida de un periodista incómodo no es un detalle de la vida institucional. Es una señal, y de las peligrosas. Porque después de un periodista vendrá otro, y después otro medio, y de a poco el país se acostumbrará a que haya temas de los que ya no se habla, o de los que se habla solo con cuidado, midiendo cada palabra por si acaso caiga el hachazo.
Yo, repito, no soy columnista política. Pero soy periodista, y esto me toca igual. Si hoy me quedo callada porque el tema no es "el mío", mañana no tengo ninguna autoridad para reclamar cuando el silencio me toque a mí, o a cualquier otro que quiera escribir lo que piensa.
El presidente puede gobernar sin necesidad de decidir quién escribe en la prensa privada del país. Puede gobernar sin pelearse con cada voz que no lo aplaude y no alabe. Definitivamente, el papel de censor no es el que le corresponde.