Fabián Zurita, el hombre que le enseñó al país a seguir caminando hacia las cumbres
Fabián Zurita falleció este lunes 12 de octubre de 2026 después de dedicarle más de siete décadas a las montañas del Ecuador. Fue pionero del andinismo nacional, impulsó el primer refugio de alta montaña del país y formó a miles de niños y jóvenes.

Fabián Zurita durante el Campamento Educativo región Costa 2025, el 24 de octubre de 2025.
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Fabián Zurita falleció este lunes 12 de octubre de 2026 en Quito, precisamente el día en que cumplía 92 años. Con su partida se va una de las figuras fundamentales del andinismo ecuatoriano, pero queda una historia que difícilmente puede medirse únicamente contando cumbres.
Hay una frase que, después de su muerte, parece haber adquirido otro significado. “No pares, nunca dejes de caminar”. La repetía cuando el cansancio empezaba a imponerse, cuando una subida parecía interminable o cuando alguno de los jóvenes que llevaba a la montaña comenzaba a convencerse de que ya no podía continuar.
Una vida que comenzó a mirar hacia arriba
Nació en Quito el 12 de octubre de 1934 y tenía apenas 15 años cuando comenzó su relación con las montañas. En 1950 se incorporó al Grupo de Ascensionismo del Colegio San Gabriel y desde entonces convirtió a la cordillera ecuatoriana en una parte inseparable de su vida.
Con el paso de los años ascendió los principales nevados del país y llevó su actividad hacia otras montañas de Sudamérica y Europa.
Uno de los hitos de aquella trayectoria llegó en 1966, cuando se convirtió en el primer ecuatoriano en alcanzar la cima del Mont Blanc, la montaña más alta de los Alpes. Para entonces, Zurita ya no entendía el andinismo solamente como la conquista de una cumbre, comenzaba a verlo como una herramienta para educar y formar personas.
Su importancia dentro de la historia del montañismo nacional también quedó literalmente escrita sobre el Chimborazo. En 1964 lideró la construcción del primer refugio de alta montaña del Ecuador, ubicado en el sector conocido como Nido de Cóndores, aproximadamente a 4.900 metros de altitud. La construcción reunió a montañistas, autoridades y trabajadores indígenas y terminó llevando el nombre de Refugio Fabián Zurita.

La montaña como escuela
Zurita fue profesor, exjesuita y educador. En 1968 impulsó en Ecuador el Movimiento Juvenil de Cumbres El-Sadday, una agrupación que utilizó el montañismo para transmitir ideas de servicio, compañerismo, responsabilidad y respeto por la naturaleza.
Luego, en 1974, nació el proyecto que probablemente extendió su huella mucho más allá de cualquier expedición, los campamentos Aire Libre.
Con los años, aquel campamento se convirtió en una institución por la que pasaron más de 20.000 niños y jóvenes ecuatorianos.
Allí no abundaban las comodidades. Todo lo contrario; se madrugaba, se caminaba durante horas, se dormía de manera sencilla y se aprendía a desenvolverse lejos de las facilidades de la vida cotidiana.
Fabián Zurita estaba convencido de que la comodidad no debía convertirse en una necesidad y que la naturaleza podía enseñar cosas que difícilmente cabían dentro de un salón de clases. Por eso sus campamentos buscaban autonomía, disciplina, convivencia y esfuerzo.
Su propia vida obedecía a esa filosofía. Caminaba, utilizaba bicicleta, cuidaba su alimentación y desconfiaba de los excesos materiales. Cuando se acercaba a los 90 años seguía hablando de montañismo no únicamente desde la actividad física, sino desde su dimensión ideológica.
El Rucu Pichincha era posiblemente su lugar favorito. Lo había ascendido más de 300 veces y seguía entrenándose para volver. En 2018, cuando cumplió 84 años, decidió celebrarlo como sabía hacerlo: caminando hacia su cumbre. Desde allí dijo que la montaña lo hacía regresar “renovado” para continuar enfrentando la vida abajo.
“No pares, nunca dejes de caminar”
Las despedidas aparecieron poco después de conocerse su muerte. Organizaciones vinculadas con el montañismo y antiguos alumnos recordaron al educador, al guía y al hombre que durante décadas los condujo hacia las alturas.
Porque durante más de siete décadas hizo precisamente eso: caminó por los Illinizas, el Chimborazo, el Cotopaxi y el Pichincha. Caminó con estudiantes, amigos, niños y familias. Caminó cuando era adolescente y siguió haciéndolo cuando el cuerpo ya llevaba casi nueve décadas encima.
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