Tablilla de cera
Una muerte hace cinco días nos recuerda al héroe Muñoz Borrero
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Dos muertes: hace 50 años la de un hombre y hace cinco días la de una mujer.
La primera de un ecuatoriano, la segunda de una judía alemana estadounidense. Pero la mujer no podía haber vivido 95 años si el hombre no la salvaba del campo de concentración.
Lo explico.
Hace 50 años, que se cumplieron el lunes, el 5 de octubre de 1976, falleció en Ciudad de México Manuel Antonio Muñoz Borrero (1891-1976), el cónsul del Ecuador en Estocolmo que dio visas y pasaportes ecuatorianos a cientos de personas judías durante el Holocausto, por lo que en 2011 fue proclamado “Justo de las Naciones”.
Hace cinco días, este sábado 3 de octubre, murió, de 95 años, en Ann Arbor, Michigan, la doctora Irene Hasenberg Butter (1930-2026), sobreviviente del Holocausto. Esta PhD en economía, educadora laureada y activista por los derechos humanos, fue salvada del campo de concentración de Bergen-Belsen, cuando era una niña de 12 años, junto con sus padres y hermano, gracias al pasaporte entregado por Muñoz Borrero.
Irene coincidió en ese campo con Ana Frank, la famosa autora del diario, con quien hizo amistad, y quien habría de morir poco después de que Irene y su familia fueran trasladadas para ser intercambiadas por prisioneros de guerra alemanes, por tener pasaporte ecuatoriano. Su destino cambió por la decisión de un hombre cabal: Muñoz Borrero.
Irene siempre lo reconoció: los primeros meses vivió en Suiza, pero estaba tan enferma que la mandaron a Argelia para que se recuperase. Allí decidió ir a EE. UU., donde se reunió con su madre y su hermano. Su padre no sobrevivió: murió a poco de ser liberado, camino a Suiza.
Durante su brillante carrera en la U. de Michigan y su activismo por los derechos humanos (fundó, incluso, un diálogo con los palestinos), Irene planeó varias veces venir al Ecuador. Aunque no llegó a hacerlo, siempre mantuvo amistad con los sobrinos de Muñoz Borrero.
Perseguido durante su vida, hoy Muñoz Borrero es considerado uno de los diplomáticos más destacados de siglo XX. Sin embargo, nunca movió un dedo para que se reconociera su labor humanitaria, dado su carácter reservado y auténtica humildad.
Desde 1931 fue cónsul en Estocolmo. Era la época en que el nazismo, imbuido del mito de la superioridad de los arios, se dedicó a exterminar a quienes consideraba indeseables por raza, costumbres o religión. Muñoz Borrero decidió que su obligación moral era salvar esas vidas otorgando visas y pasaportes ecuatorianos a los judíos.
Su actuación no fue entendida por el Gobierno de Arroyo del Río, que se inclinaba por Alemania, por lo que lo separó del servicio diplomático.
Seis décadas y media más tarde, el canciller José Valencia impulsó un acto de reparación histórica. El 9 de noviembre de 2018 dejó sin efecto el acuerdo ministerial de 1942 mediante el cual Muñoz Borrero había sido destituido y dispuso su restitución simbólica al servicio exterior.
La decisión no tenía efectos administrativos —Muñoz Borrero ya había fallecido—, pero sí un profundo valor moral e institucional al corregir una injusticia histórica y reivindicar al diplomático como ejemplo para las nuevas generaciones del servicio exterior.
Posteriormente, Valencia dedicó a la memoria de Muñoz Borrero un árbol del jardín de la cancillería.
Esos homenajes contribuyeron decisivamente a la recuperación de la figura de Muñoz Borrero en el Ecuador. Un año después, el escritor Óscar Vela publicó la novela “Ahora que cae la niebla”, inspirada en su vida, lo que ayudó a difundir aún más la historia del cónsul.
La obra recrea, mediante una combinación de investigación histórica y ficción, su actuación entre 1935 y 1942, mientras afronta dilemas morales, riesgos personales y una historia de amor que aporta una dimensión íntima al relato.
Por otra parte, en 2024, el autor de esta columna publicó el libro “Manuel Antonio Muñoz Borrero: los años desconocidos”, fruto de investigaciones mientras fue embajador del Ecuador en Colombia.
La obra precisa que Muñoz vivió 17 años en Bogotá y documenta otros aspectos desconocidos de su formación y trayectoria:
- Su inicio en la diplomacia en 1913 como segundo secretario de su padre, ministro plenipotenciario del Ecuador en Bogotá.
- sus estudios de Derecho y su grado de doctor en 1920 en la U. Nacional de Colombia;
- su tesis sobre las relaciones diplomáticas entre Ecuador y ese país, reproducida íntegramente en la obra;
- su matrimonio con Carmen Van Arken Mallarino luego de su grado, en 1920;
- su trabajo en la legación ecuatoriana en Bogotá, donde fue casi seis años encargado de archivos mientras duró la ruptura de relaciones de los dos países, y
- las circunstancias que explican su posterior traslado a Estocolmo, donde desarrolló la labor humanitaria que lo convertiría en Justo de las Naciones.
Aporta también hallazgos en el archivo de la Cancillería ecuatoriana, como la cronología de su separación del servicio diplomático y su posterior reincorporación por el Gobierno del Dr. Velasco Ibarra como cónsul ad honorem, episodios desconocidos que ayudan a comprender mejor los últimos años de su carrera.
En cierto modo, las dos obras se complementan: la de Vela ofrece una recreación literaria de la dimensión humana del personaje, mientras que la mía ilumina con rigor documental una etapa esencial de su vida y corrige o completa aspectos que permanecían en la penumbra.
De Muñoz Borrero Óscar Vela ha dicho que “es el verdadero héroe que tuvo el Ecuador en el siglo XX”. Aunque casi anónimo entre nosotros, es un héroe reconocido en todo el mundo y de quien debemos estar orgullosos. La valiosa vida de Irene Butter fue otro canto a su memoria.