Medicamentos en Ecuador: ¿por qué algunos cuestan más que en los países vecinos?
En Ecuador, el precio de los medicamentos responde a una combinación de regulación, competencia, disponibilidad y estructura del mercado. Una comparación con Perú y Colombia muestra diferencias relevantes en varios productos de uso frecuente. El reto está en entender qué factores explican esas brechas y cuánto terminan afectando al bolsillo de los hogares.

Un conjunto de medicamentos sobre una mesa en una campaña de atención médica en Babahoyo, en abril de 2026.
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Alcaldía de Babahoto
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Comprar un medicamento parece una operación sencilla: el paciente recibe una receta, llega a una farmacia y paga el precio marcado. Detrás de ese valor, sin embargo, existe una cadena mucho más compleja que incluye al fabricante, importador, distribuidor, farmacia, organismos de regulación y, en determinados productos, al propio Estado a través de sus mecanismos de fijación de precios.
En Ecuador esa discusión cobra especial relevancia porque el país sí regula el mercado de medicamentos. El Reglamento para la Fijación de Precios establece tres categorías: régimen regulado, régimen de fijación directa y régimen liberado. Para los medicamentos estratégicos sujetos al régimen regulado se establece un precio techo, calculado para el respectivo segmento de mercado.
La existencia de regulación, sin embargo, no significa que los medicamentos tengan un precio uniforme ni que necesariamente sean más baratos que en otros países. Un levantamiento realizado por GESTIÓN a partir de precios publicados en línea por cadenas de farmacias de Ecuador, Perú y Colombia muestra que existen diferencias significativas incluso cuando se compara el mismo principio activo y concentración.
El ejercicio no pretende establecer el precio promedio de los medicamentos de cada país. Para hacer posible la comparación se escogió un producto disponible en cada cadena y se calculó el precio por tableta o cápsula, independientemente de si la presentación comercial contiene 10, 30 o 100 unidades. Los valores de Perú y Colombia fueron convertidos a dólares.
El mismo medicamento, tres precios diferentes
La comparación incluye analgésicos, antibióticos, antihistamínicos y medicamentos utilizados permanentemente por pacientes con hipertensión, diabetes o colesterol elevado.
Los resultados muestran una tendencia particularmente marcada frente a Perú: en los diez medicamentos incluidos en la muestra, el precio por unidad encontrado fue menor que el registrado en Ecuador.
La comparación requiere cautela. Que dos tabletas contengan atorvastatina 20 mg no implica que sean exactamente el mismo producto comercial: pueden provenir de fabricantes distintos, utilizar diferentes presentaciones y estar sometidas a condiciones comerciales diferentes. Aun así, las brechas son suficientemente amplias para preguntar qué las produce.
El caso de la atorvastatina de 20 mg muestra diferencias importantes entre mercados. En Ecuador, una presentación de La Santé se comercializa a USD 12,30 por 10 tabletas, equivalente a USD 1,23 por unidad. En Colombia, una presentación de MK cuesta COP 73.102 por 30 tabletas, alrededor de USD 0,79 por unidad. La diferencia muestra que incluso para un mismo principio activo y concentración los precios pueden variar según el laboratorio y el mercado. También aparecen diferencias importantes en hidroclorotiazida, omeprazol, loratadina y metformina respecto de Perú.
Pero la comparación con Colombia introduce un matiz importante: Ecuador no es sistemáticamente el más caro. La metformina seleccionada, por ejemplo, cuesta USD 0,14 por unidad en el país frente a USD 0,312 en Colombia; la amoxicilina USD 0,12 frente a USD 0,185; y el ibuprofeno USD 0,06 frente a USD 0,09.
Por eso, el fenómeno no puede resumirse simplemente en que “todos los medicamentos son más caros en Ecuador”. Lo que existe son brechas muy diferentes según la molécula, fabricante, mercado y presentación.
Si Ecuador regula los precios, ¿por qué existen estas diferencias?
Ecuador no tiene un mercado farmacéutico completamente libre. Para los medicamentos estratégicos bajo régimen regulado, la normativa establece un precio techo. El reglamento señala que ese techo corresponde a la mediana de los precios de venta al público del mercado privado de los medicamentos que participan en determinado segmento, excluyendo precios considerados atípicos. Ningún producto incluido en ese segmento puede comercializarse por encima del techo establecido.
La regulación, no obstante, establece un máximo, no necesariamente el precio al que debería venderse cada producto. Según Enrique Terán, académico del Colegio de Ciencias de la Salud de la USFQ para GESTIÓN, uno de los aspectos que deben analizarse es precisamente la forma en que se determina ese techo. Terán explica que la autorización de precios considera variables como costos de producción o importación, rentabilidad y elementos comparativos, pero advierte que un techo demasiado elevado deja un espacio amplio para que el producto se comercialice dentro de ese margen.
El especialista plantea además otro problema: el precio fijado puede perder correspondencia con las condiciones reales del mercado a medida que pasa el tiempo. Un medicamento puede ingresar inicialmente como un producto importado, con determinados costos, y posteriormente comenzar a producirse localmente. Si el precio de referencia permanece prácticamente asociado a las condiciones anteriores, la reducción del costo de producción no necesariamente llega al consumidor.
Terán sostiene que el modelo debería ser más dinámico y considerar la procedencia y los costos reales del medicamento, pues actualmente pueden presentarse situaciones en las que una molécula producida localmente conserve una referencia asociada originalmente a un producto importado. Esto ayuda a entender por qué tener regulación no equivale automáticamente a tener el precio más bajo de la región.
Según la PhD Tatiana Villacrés, experta en economía de la salud, coincide en que la regulación es necesaria, especialmente cuando se trata de productos esenciales, pero señala que la metodología debe actualizarse e incorporar más información y herramientas de evaluación económica. Para Villacrés, el análisis no debería limitarse al valor nominal del medicamento. También debería considerar el resultado en salud que produce y el impacto presupuestario para el sistema.
El precio de la farmacia es solo una parte del problema
Preguntarse por qué un medicamento resulta caro requiere distinguir entre precio y accesibilidad.
Un antihipertensivo de USD 0,14 por tableta puede parecer económico visto individualmente. Pero un paciente que debe tomarlo todos los días enfrenta un gasto mensual aproximado de USD 4,20 únicamente por esa medicina. Si necesita dos o tres fármacos, controles médicos, exámenes y transporte, el impacto sobre el presupuesto familiar cambia.
Según Villacrés, el gasto de bolsillo en salud en Ecuador se encuentra alrededor de 32% a 33% del financiamiento sanitario, de acuerdo con los últimos datos a los que hace referencia, y los medicamentos constituyen uno de los componentes importantes de ese desembolso.
Esto resulta especialmente relevante para las enfermedades crónicas. Hipertensión y diabetes, por ejemplo, requieren tratamientos continuos. El costo de una pastilla, por tanto, no debe analizarse únicamente de manera aislada, sino multiplicado por semanas, meses y años.
Villacrés explica que Ecuador enfrenta simultáneamente enfermedades transmisibles y un peso creciente de enfermedades crónicas. En estas últimas, el medicamento deja de ser una compra ocasional para convertirse en una necesidad cotidiana.
Ahí aparece otro elemento central: el abastecimiento público.
El Cuadro Nacional de Medicamentos Básicos reúne productos considerados esenciales que deberían ser provistos dentro del sistema público. Cuando un paciente que debería recibir su tratamiento en una institución pública no lo encuentra disponible y debe adquirirlo en una farmacia, el costo se traslada directamente al hogar.
El propio MSP ha reconocido en documentos técnicos que el desabastecimiento de medicamentos esenciales incrementa el gasto de bolsillo porque las familias terminan comprándolos al menudeo, sin las economías de escala ni descuentos que puede obtener el Estado en adquisiciones institucionales.
Por eso, discutir el precio de los medicamentos no es únicamente discutir la etiqueta colocada en una farmacia. También implica analizar cuánto compra el Estado, cómo compra, cuándo distribuye y qué termina pagando el paciente cuando el sistema no cubre oportunamente su necesidad.
Genéricos, competencia y transparencia pueden cambiar el precio
Una de las diferencias estructurales entre los mercados está en la capacidad del consumidor para identificar alternativas. Perú dispone de un Observatorio de Precios de Medicamentos de la Digemid, que permite consultar productos genéricos y de marca y comparar dónde se venden y a qué precio.
La transparencia no reduce por sí misma el costo de fabricar una tableta, pero puede introducir una presión competitiva: si una persona puede saber que el medicamento recetado cuesta S/2 en un establecimiento y S/10 en otro, tiene mayores posibilidades de elegir.
Terán considera que un observatorio de precios similar al peruano sería útil para transparentar las variaciones del mercado ecuatoriano. También llama la atención sobre promociones como “compre 10 y reciba 5 gratis” y sostiene que este tipo de ofertas puede ser una señal de que existe espacio para revisar los precios.
Otro elemento es el mercado de genéricos
En términos conceptuales, un genérico busca ofrecer el mismo principio activo con estándares de calidad, seguridad y eficacia, pero a un costo menor una vez que las condiciones de propiedad intelectual permiten su entrada.
Terán considera que Ecuador tiene una tarea pendiente en la consolidación de un mercado de genéricos verdaderamente competitivos, de calidad y de menor precio, y diferencia estos productos de medicamentos con marca comercial que utilizan la misma molécula pero no necesariamente compiten con una estructura de precios propia de un genérico.
Esa discusión puede ayudar a explicar parte de la diferencia observada con Perú. La comparación de GESTIÓN muestra que las presentaciones seleccionadas en ese mercado son particularmente baratas en medicamentos de larga data y amplia competencia, como paracetamol, omeprazol, hidroclorotiazida o atorvastatina.
Los tres países, por tanto, intervienen de distintas maneras. La diferencia está en cómo regulan, qué información hacen pública, qué tan desarrollado está el mercado de genéricos y qué capacidad tiene cada sistema para negociar precios.
Bajar el gasto no significa simplemente ordenar precios más bajos
La solución tampoco pasa exclusivamente por reducir administrativamente el precio de cada medicamento.
Desde la economía de la salud, una política eficiente debe preguntarse cuánto cuesta una tecnología, pero también qué resultado produce. Un fármaco más caro puede ser económicamente razonable si evita complicaciones, hospitalizaciones o tratamientos posteriores mucho más costosos.
Villacrés advierte que “lo barato puede terminar resultando caro” cuando un medicamento de menor precio no genera el resultado sanitario esperado y el paciente posteriormente necesita más atención. Su planteamiento es incorporar criterios de costo-efectividad, resultados en salud e impacto presupuestario en las decisiones.
Donde sí existe un espacio importante para reducir costos es en la capacidad de compra del sistema público. Una institución que adquiere miles o millones de unidades tiene una capacidad de negociación distinta a la de una persona que compra una caja en una farmacia. Villacrés señala que las compras conjuntas permiten aprovechar economías de escala y mejorar la negociación con las empresas farmacéuticas.
A esto debe sumarse una logística adecuada. No es lo mismo transportar paracetamol que vacunas o medicamentos que necesitan cadena de frío. Una compra barata que no llega oportunamente al paciente tampoco constituye una política eficiente. Villacrés plantea que el objetivo debe ser conseguir un precio justo, abastecimiento adecuado y continuidad del tratamiento, minimizando el gasto que finalmente debe asumir el paciente.
Terán, por su parte, plantea tres cambios: avanzar hacia precios que puedan ajustarse de forma dinámica, fortalecer un concepto efectivo de medicamentos genéricos de calidad y bajo costo, y aumentar la transparencia respecto de los márgenes de rentabilidad del mercado farmacéutico.
Ecuador no es el país más caro en cada medicamento ni frente a cada mercado. En la muestra de GESTIÓN existen productos cuyo precio en Colombia supera al ecuatoriano. Sin embargo, frente a Perú se observan diferencias persistentes y, en determinadas moléculas, muy amplias.
Explicar esas brechas exige mirar más allá de la farmacia: cómo se fija el precio inicial, con qué frecuencia se revisa, cuánto compiten los fabricantes, qué espacio ocupan los genéricos, qué información tiene el consumidor y qué capacidad posee el Estado para comprar y abastecer oportunamente.
La pregunta, entonces, no es únicamente por qué un mismo principio activo puede presentar diferencias importantes de precio entre mercados. La cuestión central es si el sistema está utilizando todos los instrumentos disponibles para que esos precios sean compatibles con la calidad del medicamento, la sostenibilidad del mercado y, sobre todo, con la capacidad de pago de los pacientes.
(*) Economista, analista económica Gestión Digital.
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