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Análisis

El dólar débil es una ventana de oportunidad para las exportaciones ecuatorianas

La depreciación real del dólar abarata las exportaciones y oferta turística del Ecuador frente al resto del mundo. El reto es aprovechar esta ventana para diversificar mercados

Imagen referencial de billetes de dólares.

Imagen referencial de billetes de dólares.

- Foto

Freepik

Autor:

Luis Fierro

Actualizada:

21 ago 2026 - 05:55

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Desde finales de 2024, el dólar estadounidense se ha depreciado de forma sostenida frente al euro, el yen, el peso colombiano y el sol peruano, entre otras monedas. Para Ecuador, una economía dolarizada que no controla su tipo de cambio nominal, este fenómeno se traduce en una depreciación real que abarata sus exportaciones y su oferta turística frente al resto del mundo. 

El reto —y la oportunidad— es aprovechar esta ventana, que varios factores estructurales sugieren podría prolongarse, para diversificar mercados y asumir hoy los costos hundidos de conquistar nuevos compradores.

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Durante buena parte de la última década, el dólar fuerte fue un dolor de cabeza recurrente para los exportadores ecuatorianos. Cuando el billete verde se aprecia frente a las monedas de los principales socios comerciales del mundo, los productos ecuatorianos —cuyo precio está fijado en dólares— se encarecen automáticamente para cualquier comprador que pague en euros, yenes, pesos o soles. 

No hace falta que el Banco Central mueva un dedo: el ajuste cambiario ocurre por la puerta de atrás, sin que el país tenga ninguna palanca de política monetaria para amortiguarlo. Es una de las particularidades —y vulnerabilidades— más comentadas de la dolarización, que Ecuador adoptó en el año 2000 precisamente para eliminar sobresaltos en el frente interno, aunque a costa de importar los vaivenes del dólar en el frente externo.

Una depreciación generalizada

Desde mediados de 2024, sin embargo, el viento sopla en la dirección contraria. El dólar ha entrado en una fase de depreciación generalizada frente a las monedas de buena parte de los socios comerciales de Ecuador, y los números lo confirman con contundencia.

Frente al peso colombiano, el tipo de cambio pasó de 4.407 pesos por dólar en diciembre de 2024 a apenas 3.133 el 12 de agosto de este año. Con el sol peruano el movimiento fue más moderado pero en la misma dirección: de 3,76 a 3,38 soles por dólar. Y frente al euro, la divisa estadounidense pasó de 1,04 a 1,15 dólares por unidad, un desplome de más de 9%. El rublo ruso, por su parte, se fortaleció de 113 a 82,4 unidades por dólar.

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El Índice de Tipo de Cambio Efectivo Real (ITCER) que calcula el Banco Central del Ecuador —que compara el poder adquisitivo del dólar frente a una canasta de 16 socios comerciales, ajustando por inflación— resume bien esta historia. Según la Carta Económica de CORDES de julio de 2026, en mayo de este año el ITCER alcanzó su valor más alto desde mediados de 2014, lo que en el lenguaje llano significa que Ecuador ha ganado competitividad frente al resto del mundo como pocas veces en la última década. 

El factor que más ha pesado en esa depreciación real no ha sido la inflación —que se ha mantenido baja en Ecuador— sino, precisamente, el fortalecimiento de las monedas de los socios comerciales frente al dólar.

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¿Por qué se debilita el dólar? Aquí conviene separar el ruido de la señal. Parte del fenómeno responde a la agenda declarada del propio gobierno de Donald Trump, cuyo objetivo explícito es reactivar la manufactura estadounidense y reducir el déficit comercial, algo que exige un dólar más débil, no más fuerte.

El economista panameño Carlos Alfredo Araúz lo resumió así a Bloomberg Línea: “La intención del presidente Trump es impulsar las exportaciones” con un dólar débil. Pero detrás de esa intención de corto plazo hay algo más profundo: los desequilibrios fiscales y comerciales estructurales de Estados Unidos, la imprevisibilidad de la política arancelaria y exterior de la actual administración, y una creciente incertidumbre sobre el papel del dólar como principal activo de reserva del mundo en el largo plazo (ya pasó a segunda lugar frente al oro). Nada de esto se resuelve en un trimestre, lo que sugiere que la debilidad del dólar podría no ser pasajera.

Para las economías dolarizadas de la región —Ecuador, Panamá y El Salvador entre ellas— este escenario tiene un efecto casi mecánico: como no existe tipo de cambio nominal propio que ajustar, toda la competitividad ganada frente al resto del mundo llega directamente, sin intermediarios, a la caja de los exportadores.

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El profesor José Gabriel Castillo, exviceministro de Economía, señaló a Bloomberg Línea que esto es clave para países con exposición al mercado europeo o chino, justamente el caso ecuatoriano en camarón, banano, cacao y flores.

La otra cara de la moneda lo ilustra Colombia, con un peso que llegó a cotizarse cerca de 3.100 unidades por dólar, su nivel más bajo en siete años. Como advierte un reciente reportaje de la revista Cambio, esa fortaleza cambiaria abarata las importaciones, los viajes y el pago de la deuda externa, pero al mismo tiempo golpea los ingresos de los exportadores, las remesas y la competitividad del turismo.

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Es la otra cara de exactamente el mismo fenómeno que hoy favorece a Ecuador: lo que para el exportador colombiano es una piedra en el zapato, para el exportador ecuatoriano —que no compite con una moneda local que se aprecia, sino que exporta en dólares— es una oportunidad.

¿Qué debería hacer Ecuador con esta ventana?

La respuesta más obvia es diversificar mercados, y aquí vale la pena detenerse en un concepto poco intuitivo pero central en la literatura de comercio exterior: los costos hundidos del descubrimiento de nuevas exportaciones. Encontrar un comprador nuevo en Alemania, Corea del Sur o Japón —abrir el canal logístico, certificar el producto, construir la relación comercial, aprender las preferencias del consumidor— exige una inversión inicial que muchas empresas no están dispuestas a asumir si el margen esperado apenas cubre los costos. 

Un tipo de cambio real más favorable amplía ese margen y hace más fácil justificar el salto. En otras palabras, la depreciación del dólar no solo permite vender más de lo mismo a los mismos clientes: abarata el boleto de entrada a mercados nuevos, algo mucho más valioso y duradero que una ganancia cambiaria pasajera.

Los datos de balanza de pagos ya insinúan que algo de esto está ocurriendo. El ingreso de divisas por turismo alcanzó USD 506 millones en el primer trimestre de 2026, un 11,5% más que un año atrás y la cifra más alta para un trimestre comparable desde 2019, según el Banco Central.

El analista Brendon Beebe advierte, en su boletín de Substack, sobre un matiz que rara vez se menciona: los turistas estadounidenses no ganan nada con un dólar débil y podrían incluso viajar menos. Aun así, el saldo neto para un destino con oferta tan singular como Ecuador tiende a ser positivo, porque compradores europeos, latinoamericanos y asiáticos encuentran hoy un país relativamente más barato que hace dos años. Según datos del Ministerio de Producción, los países que más aumentaron en número de turistas en el primer semestre de 2026, fueron Costa Rica (21,9%), Australia (20,8%) y México (18,8%).

Conviene ser cautos con las expectativas. Como recuerda la propia Carta Económica de CORDES, el tipo de cambio real tiene poco o nulo impacto en productos con escaso valor agregado y precios fijados en mercados internacionales, como el petróleo, donde Ecuador es apenas un tomador de precios.

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El efecto es mucho más significativo en manufacturas y en servicios como el turismo, donde el país compite con oferta diferenciada. Y detrás del reciente buen desempeño exportador —el ingreso por camarón, banano, cacao y manufacturas que ha sostenido el superávit comercial ecuatoriano— hay, sobre todo, un esfuerzo del sector privado exportador, que ha sabido capitalizar esta ventana cambiaria con inversión propia en calidad, certificaciones y nuevos mercados, sin depender de estímulos estatales; si se ha facilitado la devolución del IVA e ISD, y se han firmado nuevos acuerdos comerciales (con EE.UU., Canadá y Emiratos Árabes Unidos).

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La lección de fondo es que Ecuador no controla la variable que más está ayudando hoy a su competitividad externa —el valor del dólar frente al resto del mundo— y no debería darla por garantizada. Pero mientras dure esta fase de dólar débil, con raíces en desequilibrios estructurales que no se resuelven de la noche a la mañana, el país tiene delante una oportunidad poco frecuente para diversificar sus mercados de exportación más allá de Estados Unidos, asumiendo hoy los costos de entrada que mañana, con un dólar más fuerte, resultarían mucho más difíciles de justificar.

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