El Niño vuelve con récords y pone a prueba la capacidad de Ecuador para convivir con el agua
El fenómeno 2026-2027 alcanza niveles récord y amenaza con golpear la generación eléctrica, la infraestructura y la producción. La magnitud del desastre dependerá también de cuánto haya aprendido Ecuador a prevenir y adaptarse.

Funcionarios de la Secretaría Nacional de Riesgos en el cantón Muisne, tras las inundaciones del 22 de septiembre de 2026.
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Secretaría de Riesgos
Autor:
Alfredo Carrasco Valdivieso / Analista invitado
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A mediados de septiembre, el índice diario de la región Niño 3.4, medido bajo la convención del Índice Oceánico de El Niño (ONI, por sus siglas en inglés), alcanzó 3,07 grados por encima del promedio, el valor más alto registrado en esta serie desde 1982. El máximo de 2015 se alcanzó en noviembre y fue menor, mientras que el registro actual llegó a ese nivel dos meses antes y todavía no alcanza su pico.
Ecuador permanece en alerta roja desde el 29 de agosto, mientras que la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) estimó el 10 de septiembre en 75% la probabilidad de que este evento supere a todos los registrados desde 1950.
Dos cosas distintas que ocurren a la vez
El Niño es la fase cálida de una oscilación natural del Pacífico. Normalmente, los alisios empujan el agua caliente hacia Asia y frente a nuestras costas aflora agua fría y rica en nutrientes, la corriente de Humboldt, que sostiene la pesca y la biodiversidad de Galápagos. Cuando esos vientos se debilitan, el agua caliente vuelve al este, el afloramiento se corta y el mar se calienta varios grados. Ocurre cada dos a siete años y los registros paleoclimáticos lo rastrean 15.000 años atrás. No lo causamos nosotros.
El cambio climático es otra cosa: una tendencia sostenida que sí causamos. No crea El Niño, pero cada evento ocurre sobre un océano más caliente. La imagen útil es la de una radio siempre encendida, cuyo volumen depende del estado medio del Pacífico. Durante milenios esa manija la movieron la órbita de la Tierra, el hielo y los volcanes; hoy la mueve el dióxido de carbono que emitimos.
El IPCC, el panel de expertos climáticos de Naciones Unidas, considera muy probable que las lluvias asociadas a El Niño se vuelvan más extremas hacia la segunda mitad del siglo, cambie o no la intensidad del fenómeno. Sobre si lo estamos volviendo más intenso no hay consenso entre los modelos desde su informe de 2021.
La prueba más visible está en las montañas: entre 1985 y 2025 el Ecuador perdió el 38% de su superficie glaciar, y el 19% se fue entre 2015 y 2025, según MapBiomas Agua Ecuador. El Carihuairazo perdió su glaciar en 2024. El deshielo no explica los apagones, que dependen de la lluvia, pero mide la tendencia sobre la que ocurre el evento.
La amenaza no es la que parece
El reflejo popular asocia El Niño con la Costa bajo el agua. Pero la amenaza capaz de dejar al país a oscuras es la inversa: mientras llueve en el Litoral, la Amazonía y el Austro entran en sequía, y allí están Coca Codo Sinclair y el complejo Paute.
Más del 70% de la electricidad ecuatoriana es hidroeléctrica, y Paute y Coca Codo suman cerca de la mitad de la potencia instalada. El Niño no llena esos embalses: en 1991-92, 2009-10, 2015-16 y 2023-24 predominó el estiaje en el Austro, porque adelanta y prolonga la estación seca de la vertiente oriental y la lluvia extrema cae donde casi no hay centrales. Cuando sí descarga sobre la Sierra sur, como en 1982-83, el problema no es la falta de agua sino los deslizamientos y la sedimentación.
El riesgo de fondo no es que falle una cuenca, sino que fallen las dos: comparten la misma estación seca. En 2023-24 el sistema se salvó porque una compensó a la otra, por azar y no por diseño. Esta vez hay menos margen: demanda que en 2026 ya superó los 5.300 megavatios, importación desde Colombia suspendida desde enero y la erosión del río Coca a 3,6 kilómetros de la captación.
Y no es solo energía: cultivos perdidos, dengue y malaria, escuelas convertidas en albergues, familias que migran a las ciudades. En 1997-98, según la CEPAL, se dañaron 2.500 kilómetros de vías y 15.264 viviendas, 5.039 de ellas destruidas, y hubo más de 29.000 evacuados.
500 años de memoria perdida
El Niño no nace con los satélites. Antes de 1950 hay otras capas de evidencia: actas de cabildo, diezmos caídos, cartas a Sevilla; sedimentos de lagunas andinas; conchales y cordones de playa. Entre 1550 y 1900 las cronologías documentales cuentan entre 49 y 59 años Niño. Lo que en los siglos XVI y XVII llamaron “calamidades” y el XVIII “injurias del tiempo” es el mismo fenómeno.
Esa historia deja dos lecciones opuestas. La primera es Zaña, en la costa norte del Perú: se inundó en 1578, siguió en el mismo sitio y en 1720 el agua la arrasó, 142 años después del aviso. La segunda es la Pampa de Mocán, en el valle de Chicama, también en Perú, donde durante 2.000 años los agricultores encauzaron las avenidas hacia sus campos y convirtieron la crecida en cosecha; hoy es desierto estéril.
El Ecuador tiene su propia versión. En la cuenca baja del Guayas casi todas las casas se levantaban sobre pilotes y dejaban pasar la creciente por debajo; desaparecieron en nombre del progreso y las llanuras inundables se ocuparon a ras de suelo, las mismas que en 1998 quedaron bajo el agua durante semanas.
Prevenir cuesta menos y aun así no lo hacemos
Las cifras del pasado están en dólares corrientes de años distintos y hay que manejarlas con cuidado. El evento de 1982-83 dejó daños estimados en USD 640 millones, según la CEPAL, y USD 1.051 millones, según la CAF. El de 1997-98 costó USD 2.869 millones, entre el 10% y el 15% del PIB, con 286 muertos. Los apagones de 2024, por estiaje, costaron USD 1.916 millones, un 1,4% del producto.
Y el gasto público llega tarde. La Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres estimó en 2024 que en la región apenas el 6% de los presupuestos de gestión de riesgo se destina a prevenir riesgos futuros y el 16% a reducir los existentes; el 78% restante se ejecuta con la emergencia ya ocurrida.
Lo que sí está en nuestras manos
Hay cosas que no sabemos y hay que decirlas: los pronósticos estacionales dan probabilidades por trimestre, no fechas ni cantidades por cantón.
Lo que sí puede hacerse es concreto. Averiguar si la casa o el barrio están en zona inundable o en ladera inestable: la pregunta tiene respuesta y casi nadie la hace. Armar un plan familiar. Pedir el plan de contingencia del cantón: más de un centenar de municipios lo presentaron ante la Secretaría de Gestión de Riesgos, y que exista en papel no significa que esté ejecutado. Y medir y avisar: en El Salvador, una red de campesinas con pluviómetros alertó por WhatsApp durante la tormenta Julia, logrando evitar pérdidas humanas en sus zonas de cobertura a pesar de las graves inundaciones y estragos provocados en la región. Aquí cualquiera puede sumarse a Volunclima, del CIIFEN.
A más largo plazo la agenda es igual de prosaica: tratar la prevención como inversión, usar la información pública para decidir, dejar de depender de una sola vertiente de los Andes y cumplir el ordenamiento territorial; nada de eso se decide en una cumbre internacional, sino en un concejo municipal.
El evento es natural, el desastre no lo es: lo construimos con dónde edificamos, con qué dejamos de mantener y con qué advertencia decidimos ignorar. En el informe geológico que escribí en 1987 sobre los sismos del Reventador advertí que la cascada de San Rafael podía desaparecer; colapsó el 2 de febrero de 2020, 33 años después. La causa fue distinta, allá el agua y aquí la geología, pero se repite lo mismo: la advertencia estaba escrita y nadie la usó.
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