Lo invisible de las ciudades
Madrid como deporte extremo
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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Los más allegados a mí han de estar cansados de la siguiente historia, que cuento cada vez que alguien me da la oportunidad: suelo decir que mi familia y yo, durante el tiempo que vivimos en Alabama, fuimos testigos próximos de un racismo presente, pero al menos “manejado con diplomacia”. Eran aún los tiempos de Obama. Mi esposa y mis hijos pasaban por gringos, pero yo no. A mí se me acercaban a preguntarme: “¿Y usted? ¿Es italiano o francés?”. Esa era la forma usada por los locales para decirme: “Eres blanco, pero no tan blanco”.
Madrid es mucho más cosmopolita y tolerante que Alabama. En eso no hay discusión. Eso no quiere decir que uno no tenga que lidiar con esporádicas resistencias. Más allá de esas amistades que he cultivado acá —y que valoro muchísimo—, he tenido varios encuentros que, de forma sutil, establecen fronteras tajantes. Durante mis frecuentes visitas a esta ciudad, no falta algún personaje nuevo que, al conocerme, pregunta de dónde soy y luego añade: “Pero tú te regresas luego a tu país, ¿verdad?”.
Madrid debe ser el centro de mayor gravedad económica del mundo que habla español. Es el bus que, ya estando lleno a su máxima capacidad, sigue recibiendo más pasajeros. Además de los turistas, vienen quienes quieren empezar desde cero y que, para hacerlo, están dispuestos a aceptar cualquier trabajo, con tal de lograrlo. Muchos llegan acá buscando algo así, pero se quedan rezagados en la informalidad.
Como en cualquier economía urbana en crecimiento, los costos de arriendo y los intereses de las hipotecas en Madrid son altos. Los detalles de las recientes protestas son de conocimiento público. No veo nada de útil en recontarlos, peor aún cuando los ánimos se están caldeando todavía más. Hoy hubo contramanifestantes en la Puerta del Sol, llevándoles champú a quienes han establecido campamentos precarios en dicho lugar. Creo que esto no se soluciona respondiendo provocaciones con provocaciones. Falta debate. Peor aún: falta el planteamiento de soluciones.
Toda esta situación se ha dado por la falta de planificación. Cierto es que la economía puede acomodar algunos rasgos generales de la distribución poblacional en el territorio, pero, sin la participación de la planificación a nivel urbano y territorial, resulta indiferente a las desigualdades sociales y a los desequilibrios poblacionales. Mientras ciudades como Madrid y Barcelona están pobladas a reventar, la llamada España vaciada abarca unos 27 millones de hectáreas, con numerosas poblaciones que pierden habitantes y aldeas a punto de convertirse en pueblos fantasma. La planificación no es otra cosa que la administración de recursos en el tiempo. Dichas poblaciones deberían ofrecer incentivos y amnistías tributarias a empresas que se instalen ahí y atraigan nuevos habitantes interesados en nuevas plazas laborales. Dichos poblados cuentan con precios mucho más accesibles que las grandes ciudades. Incluso ofrecer servicios públicos como educación y salud puede resultar más económico, aunque sus infraestructuras requieran actualización y mantenimiento.
Dispersar de manera voluntaria parte de la concentración económica es una forma de aliviar conflictos que —de incrementarse— podrían provocar muertes y pérdidas materiales.
Este principio deberíamos aplicarlo también a escala global. Los países desarrollados de la posguerra comenzaron varios planes de asistencia técnica, económica y financiera para que los países en desarrollo pudieran mejorar su calidad de vida, conscientes de que los habitantes que ven sus necesidades satisfechas tienen menos motivos para convertirse en migrantes. ¿Cómo lo saben? Ellos fueron los que migraron cuando sus países padecían bombardeos o hambrunas. Resulta contradictorio que ahora se quiera impedir la migración y, a la vez, se corten fondos de asistencia, cuando lo que se debió hacer, en realidad, era enfocar dichos fondos de mejor manera.
Estos tiempos, sin planificación y sin alternativas, están perfectamente diseñados para alcanzar su objetivo: la confrontación social.