El Chef de la Política
La designación del fiscal: un concurso maloliente
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Repugnante, vomitivo, hediondo. Esos son algunos de los calificativos que retratan lo que ha sido, es y va a ser en las próximas semanas, el concurso para designar fiscal general. Motivos para esa valoración sobran y así lo han mencionado distintas instancias ciudadanas y la opinión pública en general, cuando se han referido a este mamotreto de proceso que, en el fondo, tiene un mensaje claro para el país: quien salga elegido no pasará de ser un papanatas al servicio del poder y de sus intereses. Ya no importa que haga o deje de hacer la comisión de selección o el otro reducto de inmundicia que es el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social pues las cartas están echadas. Ese concurso es maloliente desde sus inicios y nada podrá evitar que el común de los ciudadanos observe con repulsión sus resultados.
El último acto de impudicia en ese concurso es la eliminación de las dos candidatas que al momento tenían los puntajes más altos. Las razones son claras: no conviene que ninguna de ellas ocupe la fiscalía pues, seguramente, entre los que quedan en competencia es más fácil disponer cuáles serán las directrices que deben orientar a la fiscalía en los próximos años. Como ya sabemos, en el país la justicia sirve para perseguir a quienes son fastidiosos al poder de turno y por ello quienes ahora tienen la posibilidad de colocar en la fiscalía a un pelele no desaprovecharán la oportunidad. Como algo habrán leído del pasado, saben que quien vaya a ser designado debe cumplir los dos requisitos esenciales para ser manipulable: carencias en la formación profesional y un insaciable deseo de reconocimiento social.
Mientras tanto, pocas son las voces que reaccionan. Dado que a muchos este tema no les afecta directamente, prefieren callar, mirar a otro lado o simplemente hablar de temas menos trascendentes para la vida del país. Así, entre la indiferencia de unos y la complicidad de otros, el fétido concurso para fiscal avanza, dejando a su paso un halo de podredumbre ética, cinismo y desvergüenza. Quedan pocos candidatos en carrera y entre ellos el país sabe que hay uno que ya tiene el cargo preasignado. Salvo que algún evento excepcionalísimo suceda, ya se conoce en manos de quien va a estar uno de los espacios más importantes de la vida pública del país. El concurso era, como muchas de las cosas que pasan a diario, simplemente un requisito formal que tenía que cumplirse.
Qué bien le haría al país que la Asamblea Nacional, en lugar de desperdiciar su tiempo en temas triviales o en otros para los que no tiene ninguna competencia, se dedique a prestar atención a lo que viene sucediendo desde el inicio del concurso para fiscal. De hecho, la eliminación de las dos candidatas mejor puntuadas es una de las alarmas más sonoras para que desde la legislatura se fiscalice en torno al escandaloso amarre de intereses que se viene gestando alrededor de la designación del próximo representante del otrora denominado Ministerio Público. Pero claro, seguramente nada pasará en la Asamblea Nacional pues allí lo que prima es el servilismo o la ausencia de brújula política.
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Cortos de miras, como son nuestros actores políticos, creen que su paso por el poder es eterno, sin dimensionar que en un abrir y cerrar de ojos estarán enfrentando la persecución de los mismos bufones que ahora les alegran con sus decisiones. Mañana, cuando eso suceda, no habrá lamento que morigere la ira popular que celebrará los allanamientos, las órdenes de prisión preventiva y los procesos judiciales que, con o sin razones válidas, serán propiciados en contra de los que ahora manejan los hilos del nauseabundo concurso para fiscal general.