El campo se encoge: la transformación silenciosa del agro ecuatoriano
Entre 2011 y 2025, el número de hogares ecuatorianos que reportaron ingresos agropecuarios se redujo a la mitad. Una lectura cuidadosa de la ENIGHUR ofrece pistas sobre la transformación silenciosa del vínculo entre los hogares ecuatorianos y la tierra.

Un agricultor siembra en un terreno rural mientras un grupo de personas de la comunidad observa la jornada agrícola.
- Foto
Archivo Gestión Digital
Autor:
Actualizada:
Compartir:
La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares Urbanos y Rurales (ENIGHUR) permite identificar a los hogares que reportan ingresos vinculados a la actividad agropecuaria, ya sean monetarios por la venta de productos del campo, o no monetarios mediante autoconsumo y autosuministro. Este conjunto ofrece una aproximación valiosa para entender cómo está cambiando la relación entre los hogares del país y la producción agropecuaria.
Con base en los factores de expansión de la ENIGHUR, se estima que los hogares con ingresos agropecuarios pasaron de cerca de 938.000 en 2011-2012 a aproximadamente 482.000 en 2024-2025, una caída de 48,6%, mientras el total de hogares del país creció 39,2%. Pero esa cifra genera más preguntas que respuestas. Para interpretar los microdatos, conversamos con el académico Pablo Samaniego.
El vínculo agropecuario de los hogares se reduce
Las cifras se obtuvieron a partir de los microdatos de la ENIGHUR 2011-2012 y 2024-2025, publicados por el INEC. Un hogar se clasifica ‘con ingresos agropecuarios’ cuando reporta un valor positivo en la suma del ingreso monetario neto del trabajo independiente agropecuario y el ingreso agropecuario no monetario (que incluye autoconsumo y autosuministro).
Este criterio se aplicó de manera idéntica en ambas bases para asegurar la comparabilidad temporal. Los conteos absolutos resultan de aplicar a la muestra el factor de expansión oficial del INEC (Fexp_cen2010 en 2011-2012 y Fexp en 2024-2025), por lo que se expresan como estimaciones poblacionales y no como conteos exactos. Las cifras a nivel urbano y rural se calculan utilizando la variable de área.
En ese sentido, se estima que en 2011-2012 alrededor de 937.733 hogares ecuatorianos reportaban algún ingreso agropecuario, lo que representaba el 23,9% del total nacional. En la edición 2024-2025, esa cifra cae a unos 482.170 hogares, apenas el 8,8% del total.
La lectura inmediata sería hablar de desaparición de hogares con ingresos agropecuarios, no obstante Samaniego advierte en conversación con GESTIÓN que el fenómeno es más complejo. “No hay desaparición, hay acomodo, hay adaptación”, explica. Para el académico, varios procesos simultáneos explican la caída: la expansión urbana sobre tierras productivas, la articulación de pequeños productores como asalariados de la agroindustria y la migración. “El mejoramiento de las carreteras que se hizo hace unos diez años, acercó mercados de trabajo a los pequeños productores. Podían salir de mañana y volver a la casa, cosa que antes no pasaba”, señala.
El caso de los valles cercanos a Quito ilustra otro factor. “Los quiteños acabamos con los valles de Tumbaco y Cumbayá, que era un valle súper productivo, con una tierra de excelente calidad. Ahora ya es casi completamente urbano”, lamenta Samaniego. La presión inmobiliaria, la rentabilidad relativa más alta del suelo urbanizable y la conversión de fincas en lugares de recreo desplazan progresivamente la producción agrícola.
Los que reportan ingresos del campo aguantan mejor
Aquí aparece una paradoja llamativa. Mientras los hogares ecuatorianos en general perdieron capacidad de compra en los últimos 13 años, los que reportan ingresos agropecuarios la incrementaron en términos reales.
Llevando los valores de 2011-2012 a dólares constantes de 2025 con la inflación acumulada del período (cercana al 27%, según el IPC del INEC), el ingreso corriente promedio del hogar con ingresos agropecuarios habría pasado de aproximadamente USD 735 a USD 888 mensuales, un aumento real cercano al 21%. En contraste, el del hogar sin ingresos agropecuarios habría caído de USD 1.259 a USD 1.159, una pérdida real cercana al 8%.
Esta convergencia, no se explica por un florecimiento del campo, sino por el deterioro paralelo de los ingresos urbanos.
“Las condiciones laborales en la ciudad también se han deteriorado”, explica Samaniego. “Los pequeños productores migraban para conseguir más ingresos, para completar los ingresos familiares, y resulta que los ingresos urbanos caen, sobre todo en aquellas actividades en las que se pueden incorporar, que son trabajos no calificados”.
El académico recuerda que el problema es estructural: quien viene del campo es calificado en términos de producción agropecuaria, pero no calificado para tareas urbanas. La pérdida de ingresos urbanos golpea desproporcionadamente a quienes salieron de sus parcelas buscando complementar sus economías familiares.
Esta dinámica configura lo que Samaniego, en un artículo titulado “Ecuador: del callejón sin salida al paro indígena de junio de 2022”, denominó un “callejón sin salida”, ni el campo ni la ciudad ofrecen suficientes ingresos.
Del autoconsumo al mercado y al bono
Más reveladora que el monto del ingreso es su composición interna cuando se desagrega el ingreso corriente total de los hogares con ingresos agropecuarios y se compara la fotografía de 2011-2012 con la de 2024-2025.
El primero es la caída del autoconsumo agropecuario. En 2011-2012, lo que el hogar producía para su propia alimentación representaba el 4,9% del ingreso corriente total de estos hogares. En 2024-2025 cayó al 1,4%. La lógica de producir para la propia mesa, históricamente asociada al campesinado andino y a la agricultura familiar, casi se desvanece en la fotografía estadística.
El segundo es el ascenso de la venta de productos agropecuarios. Su participación pasó del 16,7% al 25,9% del ingreso total en el mismo período. Lo que estos hogares cosechan se destina cada vez más al mercado y menos al consumo propio.
Samaniego ve en este reacomodo la huella de la agroindustria, que organiza el territorio rural de maneras nuevas. “Los pequeños productores que no tienen tamaños de terreno suficientes para tener ingresos se articulan como asalariados a las grandes plantaciones. En Cotopaxi hay dos mil hectáreas de brócoli. Las hectáreas de flores son menos porque son más intensivas”, explica el académico.
No obstante, esta mercantilización tiene un reverso preocupante que Samaniego ha estudiado durante años: el deterioro de los términos de intercambio entre el campo y la ciudad. “Hay una reducción significativa de los ingresos porque aumenta el margen de comercialización y porque los precios agrícolas no suben a la par que el resto de precios. Hay un deterioro de los términos de intercambio campo-ciudad”, advierte. Producir más para vender no necesariamente se traduce en ganar más, porque buena parte del valor se queda en la cadena de intermediación.
A esta vulnerabilidad estructural se suma una indefinición política prolongada. Samaniego es enfático al respecto, “La última ley agraria fue expedida en el gobierno de Sixto Durán Ballén. Desde ahí hasta ahora no ha existido un plan de desarrollo. Han existido acciones, pero no un plan”, critica. Para el académico, las decisiones estructurales sobre el sector agrícola han quedado postergadas durante décadas. “No se ha decidido qué hacer con el sector agrícola”.
Detrás de esa indefinición está, según Samaniego, una disyuntiva no resuelta sobre qué modelo agrícola debe sostener la economía rural ecuatoriana. El problema está entre qué tipo de agricultura hacemos. Si hacemos una agricultura intensiva de insumos industriales, lo cual eleva la dependencia de todos los productores, que tienen que comprar todo; o hacemos un tipo de producción sostenible, donde los productores tengan su ganado, que el ganado sirva para abono, y se haga una agricultura que no sea como la de la Costa, de monocultivos.
Mujeres, indígenas y Sierra: quiénes sostienen el vínculo con la tierra
Quien aún sostiene un vínculo productivo con la tierra en Ecuador es, en proporción creciente, una mujer. La ENIGHUR muestra que la proporción de jefas de hogar mujeres entre los hogares con ingresos agropecuarios pasó de 17,3% en 2011-2012 a 26,0% en 2024-2025, un crecimiento de 8,7 puntos porcentuales en 13 años. Más de uno de cada cuatro hogares con ingresos agropecuarios está hoy encabezado por una mujer.
Samaniego conecta este dato con la expansión de las plantaciones de flores y brócoli en la Sierra centro. “En Cotopaxi, la mayor parte de los contratados para la producción de brócoli son mujeres. Las mujeres comenzaron a tener ingresos fuertes y eso produjo una recomposición hasta de las familias”, explica el académico. El proceso, dice, no es marginal: existe literatura sobre los conflictos intrafamiliares derivados de esta incorporación masiva de mujeres antes que de hombres al trabajo agroindustrial asalariado.
La autoidentificación étnica del jefe de hogar muestra un patrón distintivo. El 63,2% de quienes encabezan los hogares con ingresos agropecuarios se identifica como mestizo, el 21,8% como indígena, el 11,3% se ubica en la categoría “Otro”, el 2,8% como afroecuatoriano y el 1,0% como blanco.
La cifra que más resalta al compararla con el total nacional es la indígena. Mientras que en el conjunto de hogares ecuatorianos solo el 6,2% de los jefes se identifica como indígena, en los hogares con ingresos agropecuarios esa proporción es del 21,8%. Es decir, la jefatura indígena tiene una presencia tres veces y media mayor en la economía con vínculo agropecuario que en el promedio del país.
El futuro pendiente
Los datos de la ENIGHUR confirman que el vínculo entre los hogares ecuatorianos y la actividad agropecuaria atraviesa una transformación profunda. Hay menos hogares que reportan ingresos del campo. Producen más para el mercado y menos para su propia mesa, el rostro de quien sostiene esa actividad es cada vez más femenino e indígena
Para Samaniego, el desafío es político antes que técnico. “Hay que pensar en el campo con la complejidad que tiene. No sacamos nada teniendo productores con tan poca tierra. Los que producen seguirán produciendo, los que no pueden producir abandonarán la tierra, y la oferta de alimentos eventualmente puede caer”.
Por ejemplo, durante la pandemia no hubo desabastecimiento de productos agrícolas en Ecuador, a diferencia de otros países, gracias precisamente a la agricultura familiar. “Es superimportante, porque nos da seguridad alimentaria”. Si esa base se sigue erosionando, advierte, el país tendrá que importar lo que hoy todavía produce.
A esa fragilidad se suma una vulnerabilidad climática creciente. Una helada, una sequía o una plaga pueden borrar la producción de un ciclo entero, y el sistema financiero, lejos de proteger al pequeño productor frente al riesgo, le cobra tasas que no puede pagar. La amenaza no es lejana: los monocultivos, advierte Samaniego, traen aparejada la aparición recurrente de enfermedades, como ya ocurrió con la palma africana y como ahora ronda al banano.
La concentración productiva, la dependencia de insumos importados y la falta de mecanismos de protección dejan al hogar con vínculo agropecuario expuesto a choques que en cualquier momento pueden revertir la mejora real de ingresos que muestra la ENIGHUR.
La pregunta de fondo no es si los hogares con ingresos agropecuarios van a desaparecer del paisaje estadístico ecuatoriano. Los datos sugieren que no, al menos en el corto plazo. La pregunta es qué tipo de economía rural quedará en pie cuando se termine de procesar esta transformación. La ENIGHUR no ofrece respuestas a esa pregunta. Sí pone sobre la mesa, con la claridad que pocas operaciones estadísticas permiten, la urgencia de hacérsela.
(*) Economista, analista económica Gestión Digital.
Compartir:
