'El problema es que no nos consideran franceses. Nos desprecian' | La vida en el epicentro de las protestas en Francia
El departamento de Seine-Saint Denis, la provincia más pobre de Francia y la que tiene más inmigrantes, es clave para entender la agitación en este país. Jóvenes en un entorno con drogas, sin accesos y desesperanzados en su futuro, han decidido que las protestas son el camino posible. “Nos organizamos en redes. TikTok, también Snapchat. Los polis todavía no entienden ese lenguaje”, afirma un joven.

Un punto de venta de droga en Bobigny, una 'banlieue' al norte de París.
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Samuel Aranda/ Contenido exclusivo de El País
Autor:
Daniel Verdú
Actualizada:
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Moktar, 21 años, se sube la braga, se ajusta la capucha del plumón negro brillante y pone un pie fuera de casa a media tarde. Detrás del bigotito y las gafas de grueso cristal y patilla dorada, sonríe un estudiante de tercer curso de facultad de una familia muy humilde de origen tunecino. Simpático, listo, con un sentido político raro a su edad y la piel curtida por el ambiente. Moktar creció en uno de los edificios más pobres del barrio de L’Abreuvoir, en Bobigny (48.873 habitantes), justo delante de uno de los puntos de venta de droga donde todas las horas del día hay trasiego de camellos, policía, clientes, toxicómanos. “Ballon aquí”, reza una pintada en la pared, promocionando el óxido nitroso gaseoso que se despacha para inhalar.
Moktar les conoce a todos.
- Nos vigilas el coche, ¿eh?, le lanza a uno de los dos tipos que controlan el trasiego en los bajos del edificio de enfrente a cambio de un par de dosis.
En el apartamento, de 50 metros cuadrados, viven seis personas. Su padre es conductor de un VTC y Moktar le echa una mano los fines de semana, pese a que terminó el segundo curso de Técnico Superior en Comercio Internacional en la facultad de Nanterre con una de las mejores notas: “15 sobre 20”, puntualiza. Dio igual. El sistema le ha expulsado. El tercer curso debía hacerlo en otra facultad que no le han asignado y se ha quedado colgado. Año en blanco. Lo mismo que le ha ocurrido a 126.652 alumnos este año que siguen esperando una respuesta desde julio por culpa del software Parcoursup, que orienta la carrera de los jóvenes a través de opacos algoritmos y que los estudiantes han pedido eliminar para terminar con las protestas. “Yo estudié teatro y el robot me dijo que me inscribiera en Ciencias Económicas. ¿Te lo puedes creer?“, protesta su amigo Medhi (19 años).

El grupo de amigos -se conocen desde la infancia- fue a la manifestación de la semana pasada. “Hasta tarde”, matiza con sorna. Ellos sonríen. Muestran videos de aquella madrugada. Humo, carreras, escaparates. Una semana después, las prohibiciones, la sensación creciente de discriminación, se quejan, y la constatación de que Francia les rechaza, les ha devuelto a la calle. “Toda la banlieue va a estar ahí, hermano”, anuncian sobre la protesta convocada para el día siguiente.
El barrio transpira revancha, odio a la policía y una enorme sensación de callejón sin salida. “Nos organizamos en redes. TikTok, también Snapchat. Los polis todavía no entienden ese lenguaje”, desliza Rayan, chandal, chaleco de North Face, mientras conduce el coche del periodista para ver otros lugares del barrio. Por eso, en parte, el candidato de centro derecha y ex primer ministro, Gabriel Attal, propuso el bloqueo de estas plataformas durante las protestas. En las últimas semanas, Bitchat, una nueva red que no necesita cobertura y funciona a través de bluetooth ha sido la más descargada.
El 93 es el código postal de Seine-Saint-Denis, la provincia más pobre de Francia y la que tiene más inmigrantes, un tercio de la población. También, la más joven del país, la que se expresa a través de los márgenes. Para muchos, un estigma imposible de superar, incluso en la orientación de su vida profesional, personal o sentimental. Para unos pocos, una oportunidad inmobiliaria para alejar todavía más a las clases más bajas de su casa y gentrificar sus barrios, como ocurre ya en Bobigny, Saint-Ouen o el propio Saint-Denis. Pero el 93 es, sobre todo, una cicatriz que recorre la frontera entre París y su extrarradio. Dos mundos que durante mucho tiempo han vivido sin cruzarse y se han unido ahora en las manifestaciones de estudiantes estos días en las calles del país.

- ¿Mi futuro? Lejos de aquí. Buscaremos trabajo en Australia, en Suiza. No lo sé. El problema es que no nos consideran franceses. Nos desprecian, lamenta Moktar mientras sus amigos asienten.
Moktar estuvo en las protestas del pasado 17 de octubre que terminaron en una batalla campal con 2.500 comercios vandalizados en todo el país, cuyos propietarios, muchos procedentes también de barrios populares, lo perdieron todo sin que nada pueda justificarlo. Más de 2.000 detenidos, una gran parte menores, y un aire a final de reinado irrespirable. Tienen fotos, videos. El viernes se preparaban para repetirlo en la manifestación celebrada este sábado.

Habla Timeo. 24 años. Origen argelino. Ropa negra de arriba abajo. “Al final de la manifestación rompimos escaparates, es verdad, en algunas tiendas en el centro. Pero también la sede de CNews. Es una televisión de ultraderecha, racista, que nos discrimina y le echa toda la culpa a los árabes de lo malo que ocurre en Francia. Volverá a ocurrir, hermano. Toda la banlieue bajará a París. No podemos parar ahora”, anuncia.
Timeo, como el resto de sus colegas Medhi, Yussuf o Rayan, vive ahora en un piso provisional de protección oficial. El viejo, donde creció, se está rehabilitando en la Torre 2 de L’Abreuvoir, un barrio con una tasa de pobreza del 47% (triplica la media francesa) y una renta media por hogar de 1.180 euros (según el INSEE). Desde lo alto, donde ahora solo hay escombros y cascotes, el horizonte de la banlieue se pierde en las puertas de París, donde este sábado volvió con gafas de buceo y máscara de neopreno para protegerse del gas lacrimógeno. Su amigo Moktar defiende el método. “Ninguna revuelta se ha hecho sin violencia. ¿Cuánto llevaban los estudiantes protestando? Hasta que no ha habido destrozos que cuestan dinero, hasta que no se ha tocado la economía, no nos han hecho caso”.
La tensión en Francia, la fractura social e identitaria crece a seis meses de unas elecciones cruciales en las que la ultraderecha está más cerca que nunca del Palacio del Elíseo (Marine Le Pen ganaría hoy la primera y la segunda vuelta en casi todas las encuestas). A la misma hora que los periodistas visitan Bobigny, a pocos kilómetros, Kevin T., un francés de 39 años, acaba de asesinar en un crimen racista a una persona y herido a cuatro más, entre ellas una niña de 12 años. Buscaba negros y árabes. En su casa tenía un ejemplar del Mein Kampf de Hitler.
Macron acudió al lugar. “El discurso que se está imponiendo en el ambiente está creando una atmósfera de inestabilidad. Las tensiones están aumentando por multitud de razones”, lamentó. “Es una trágica muestra de los peligros que representan las ideologías del odio y los discursos que pretenden enfrentar a unos ciudadanos con otros”, denunció la comunidad musulmana. Pero ese relato ha calado ya demasiado.

Una parte de la violencia de las protestas responde a esa lógica de polarización, encarnada en la calle por la policía y los manifestantes. Al sentimiento de exclusión. A un laicismo a la carta, islamófobo, como confirma una encuesta del Ifop de 2025. Pero entre los más de 3.000 detenidos de estos días hay también estudiantes blancos de clase media y delincuentes comunes que aprovechan el caos para robar.
El jueves, a las 13.30, la jueza abre la sesión en la sala 24 del Tribunal Correccional de París. Amigos, familia, curiosos. Primer detenido. Ashnil, manifestante, 19 años. Vecino de Colombes (banlieue al norte de París). En medio del caos se coló en un supermercado Monoprix que estaba siendo desvalijado con sus colegas. Iba cubierto, vestido de negro. Se metió en la mochila unos cuantos Kit-Kat, un par de paquetes de galletas Petit Écolier y dos botes de helado: 30 euros en total. “¿Por qué?”, le pregunta la magistrada. “Tenía hambre”. Pero no cuela. El chaval había dado me gusta a varias publicaciones donde aparecían saqueos ese día. “Ojalá estuviéramos ahí”, escribió en una de ellas. Seis meses de trabajos para la comunidad.
El día antes desfiló por la misma sala Aniss B., de 20 años, camiseta de Lamine Yamal. Natural de Clichy-sous-Bois (Seine-Saint-Denis), acusado de robo, destrucción y daños materiales en una tienda de ropa. Estudiante de tercer año en la universidad parisina de Tolbiac, acaba de vivir su “primera detención policial”. Pide que le permitan asistir a clase esta semana.
Dos más. Lamine y Sofiane, dos hombres de unos treinta años, se quedaron encerrados en los grandes almacenes Printemps. Cuando los vigilantes de seguridad los descubrieron a primera hora de la mañana, llevaban prendas de vestir y bolsos de Louis Vuitton. La presidenta del tribunal pregunta a Lamine por la fotografía de un producto de Vuitton que había enviado en plena noche. “Intentaba encender el teléfono, se activó el flash y se hizo la foto”, disimula. “¡Qué coincidencia!”, ironiza ella.
Sebastian Roché, profesor en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Grenoble, especialista en sociología de la policía y autor de 'La policía en democracia' (Ediciones Numeroscopia), cree que “el pillaje refleja la relación con la sociedad de consumo de estos chicos”. “Hay una parte de Francia que no puede acceder a los bienes de primera necesidad, pero que forma parte de un modelo de sociedad donde el estatus social está vinculado al consumo, a nuestras posesiones materiales. Y ese pillaje es una apropiación ilegal para alcanzarlo. No es protesta política, pero se adhiere a ella”.
La llama de las protestas prendió en gran medida en la ciudad de Saint-Denis, capital del departamento. El viernes por la mañana hay mercado. Aquí conviven la basílica donde reposan los restos de los reyes de Francia con los comercios halal, las mezquitas y una multitud de etnias y religiones. Algunas calles conservan nombres que revelan un pasado obrero, como la avenida Lenin o la ciudad de los Cosmonautas y el periódico L’Humanité, fundado por Jean Jaurès, tiene en esta ciudad su sede.
Didi, 27 años, pañuelo en la cabeza, gafas negras y cazadora marrón, cruza el mercado con una bolsa de la compra. Antes de responder pregunta pregunta sobre el medio. “¿No será de derechas?”. Abogada de origen africano, apoya las manifestaciones, pero rechaza tajantemente la violencia, los saqueos. También que se asocie la banlieue con ese nivel de violencia. Estudió en el instituto Paul Éluard, uno de los lugares donde comenzaron las revueltas estudiantiles antes de propagarse por toda Francia. “Y fíjate, se puede nacer y crecer aquí y prosperar, estudiar. Yo soy jurista y el sábado volveré a las manifestaciones: son legítimas y es una vergüenza que la única respuesta del Gobierno haya sido la violencia. Soy de izquierda revolucionaria, pero votaré La Francia Insumisa (LFI). Lo hice ya por Bally Bagayoko (el carismático alcalde de Saint-Denis, convertido en símbolo de los estudiantes). Y no por su partido, sino porque es uno de los nuestros, nos entiende”.

El distrito postal 93 y sus 1.681.725 habitantes son muchas otras cosas. Seine-Saint-Denis fue el epicentro de los Juegos Olímpicos de París en 2024. Se construyó, se limpió. Se comenzó la línea de metro que, algún día, conectaría todas las periferias y alumbraría el Gran París: algo así como el fin de esa noción medieval de banlieue. Pero el 93 es también un viaje al futuro: el departamento de Île-de-France con la natalidad más alta y la mortalidad más baja de la región. Y, sobre todo, con más menores de 20 años (28,9%), el símbolo de lo que Mélenchon llama La Nueva Francia, pero también los más expuestos a la ansiedad por haber nacido en un mundo en crisis: desde la emergencia climática a la pandemia, pasando por las guerras en Ucrania, África y Oriente Próximo, o la irrupción de la Inteligencia Artificial.

Mélenchon obtuvo en Seine-Saint-Denis un 49,09% de votos en el primer turno de las elecciones de 2022 (primero en 36 de las 40 municipios). Pese a ello, el líder de LFI quedó fuera de la segunda vuelta de las presidenciales francesas por apenas 400.000 votos. Cuatro años después, el político arrancó su cuarta campaña desde Saint-Denis, donde es difícil cruzarse con un solo joven que no vaya a votarle.
Lyes, 38 años, argelino cabil de origen: “Es un movimiento que nos afecta a todos y se propaga por todo el mundo”. O Mohamed, origen marroquí, 40 años, carpintero. “Han olvidado la banlieue, como si no fuéramos franceses”. También Lilia, 20 años, origen argelino, estudiante de marketing: “Es una vergüenza como tratan a los estudiantes aquí. No hay medios, profesores, los edificios se nos caen encima literalmente. Aquí todos votamos a la izquierda”.
La cuestión, para todos, se circunscribe a las seis letras de la palabra futuro. Y nace, en parte, con el fracaso de la vieja idea de integración que comenzó tras la independencia de Argelia en 1962, tras 132 años de dominio colonial francés. La vivienda explica una parte. Había que alojar a repatriados de Argelia. Y el 90% de los pisos de protección oficial, se construyó entre 1962 y 1975. En 10 años se produjo casi todo el alojamiento social siguiendo un mismo modelo y con organismos regionales que no estaban preparados para gestionar esos enormes complejos, que terminaron privatizados y cada vez más destartalados mientras pasaban a nuevas generaciones de inmigrantes. Pero el proyecto no da más de sí.
Francia ha vivido un proceso identitario en los últimos 30 años en los barrios que se expresa más nítidamente el fútbol. En 1998, cuando la selección ganó el Mundial, los hijos de inmigrantes querían ser franceses. Lo reivindicaban en la calle a gritos. Zidane, Desailly y Trezeguet eran el orgullo de la nueva Francia. Aunque le pesara a la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen.
Hoy, estrellas como Ayyoub Bouaddi (jugador del Manchester City), de origen marroquí nacido en Senlis, al norte de París, prefieren defender los colores de los países de sus abuelos. “Es la acentuación de una patria imaginaria, como decía Rushdie, cada vez más fuerte. Y ocurre porque tienen la sensación de que una parte de su país les rechaza. Un 40% de los votantes se inclinan por opciones xenófobas como el Reagrupamiento Nacional (RN), de Marine Le Pen, o el partido de Éric Zemmour. Hay una suerte de venganza a su país de nacimiento, que no les trata como querrían”, explicaba el sociólgo Stéphane Beaud, autor del ensayo 'Horribles, ricos y malvados: otra mirada sobre los ‘bleus’.

Moktar, que tampoco se ve en Francia en unos años, apunta directamente al núcleo central de esta protesta. “La educación era un pilar de esta república. Si trabajabas duro, estudiabas, sacabas buenas notas, llegabas. Debía ser el ascensor social. Hoy es todo lo contrario. El sistema educativo ha detenido mi carrera. Es racista, excluyente, elitista y se ha deteriorado. No sé tú, yo no veo la igualdad que proclama la República por ningún lado”.
Contenido publicado el 24 de octubre de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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