Columnista Invitada
La paradoja de la democracia contemporánea
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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Actualmente, todos concuerdan en que las redes sociales han transformado completamente la participación política. Esas herramientas han significado una innovación importante y un giro total a la participación tradicional. La influencia de las redes sociales digitales han cambiado completamente las dinámicas respecto al acceso a la información, la movilización social e incluso respecto a la construcción de identidades políticas.
Las plataformas digitales son los nuevos espacios de coordinación colectiva por excelencia, y están cumpliendo el rol de facilitadores de la incidencia política a través del activismo digital de la sociedad civil. Están entregando, además, formas rápidas de movilización de pensamiento a bajo costo y relativo bajo riesgo.
De hecho, el fenómeno llamado “connective action” o acción conectiva, es un concepto moderno dentro de la comunicación digital, que explica cómo, en los últimos años, la gente puede movilizarse políticamente a través de las redes sociales sin necesidad de pertenecer a organizaciones formales, compartir una identidad colectiva fuerte o contar con liderazgos tradicionales. En este entorno, la ciudadanía no solo consume información, sino que produce narrativas, interpela a actores de poder y construye marcos interpretativos compartidos.
No obstante, tanta modernidad digital también tiene su lado oscuro. Los entornos digitales están profundizando los sesgos políticos y la polarización: los están exacerbando de tal forma que están afectando de forma grave los procesos de deliberación democrática. Nunca antes se ha visto tanta violencia digital. Además, es bastante difícil a estas alturas identificar la información veraz y verificada. La opinión pública está contaminada constantemente con relatos y distorsiones que ponen en riesgo permanente a la verdad.
A simple vista, se podría decir que la ciberpolítica modernizó para siempre la participación y la transformó en un gran mecanismo de agregación de voces ciudadanas. Pero, ¿se puede decir que, mediante la repetición, viralización y resignificación del hashtag se está logrando posicionar una idea, o conflicto específico en el debate público nacional? Podría ser, pero por corto tiempo. ¿Acaso las redes sociales operan como catalizadores de movilización simbólica, incluso cuando no derivan inmediatamente en protestas presenciales? No necesariamente, porque están produciendo los activistas de sofá, que no asumen ningún compromiso más allá de los caracteres donde se expresan. Y ¿hay que olvidarse de las movilizaciones en vivo y en directo y de la calle para manifestar una posición? Quizás es momento de replantear nuevos mecanismos de movilización.
Estas tres preguntas plantean una reflexión urgente acerca de la paradoja inquietante que se vive últimamente: la sociedad está movilizándose todo el tiempo en las pantallas, pero no necesariamente está dispuesta a movilizarse fuera de ellas.
Hoy es muy difícil transformar la indignación y el rechazo colectivo acerca de temas de interés público en acción colectiva. La denuncia, protesta y confrontación están atrapadas en las pantallas. Todos los días, miles de ciudadanos opinan inconformes frente a hechos como corrupción, inseguridad, abusos del poder etc., pero esa efervescencia digital se queda allí.
La incapacidad de generar convocatoria, organizar y sostener iniciativas ciudadanas suficientemente potentes como para incidir en las decisiones públicas, en buena parte es resultado de la comodidad que ofrecen las teclas. Desde allí todos son valientes, todos opinan, protestan y salvan el país. Salir a las calles…. Eso es otra cosa.
Pero la realidad es que la desmovilización actual ha tenido en las redes sociales a sus mejores aliados y está siendo sostenida por la fragmentación de la atención pública. Por otro lado, los algoritmos no favorecen la deliberación sino la confrontación.
Quizás la vacuna contra esto es recuperar la organización social: desde la participación política seria y profesional, hasta los grupos ciudadanos, organizaciones barriales y movimientos sociales. Generar iniciativas de construcción de consensos que apunten a la recuperación de los espacios comunes de acción colectiva.
La participación digital hoy plantea una gran paradoja a la democracia, y para superarla conviene saber que los seguidores, reproducciones o mensajes compartidos no fortalecen por sí solos el sistema democrático. Una ciudadanía permanentemente conectada, pero débilmente organizada, difícilmente podrá ejercer una influencia sostenida sobre el poder político
Entonces, el desafío contemporáneo consiste en transformar la conectividad en organización, la indignación en compromiso y la participación digital en resultados políticos concretos.