De cargar bombonas de gas doméstico a emprendedor: la vida que el ecuatoriano José Arévalo construyó en Santander
Antes de convertirse en dueño de un restaurante en Santander, José Arévalo cargó bombonas de gas en Ecuador para ganarse la vida. Migró a España con la esperanza de construir un futuro distinto y pasó por cocinas de distintos restaurantes hasta abrir su propio negocio desde cero y lejos de casa.

José Arévalo, un migrante ecuatoriano, abrió un restaurante en Santander. Foto de octubre de 2026.
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El Patio 593 está encajado entre edificios, en un espacio recogido muy cerca del centro de Santander, en el norte de España. Las paredes convierten el pequeño restaurante en una declaración de procedencias: hojas de banano, un mate paraguayo y figuras con trajes tradicionales comparten espacio con tres banderas, las de Ecuador, España y Paraguay.
Son también el mapa familiar de José Julián Arévalo: el país del que salió, aquel en el que construyó su vida y el de su actual esposa, una paraguaya a la que conoció en Santander. Un amigo dominicano se encargó de trasladar esa mezcla a los murales.
El local parece una pequeña representación de una ciudad que también ha cambiado con la migración. Santander tenía 175.425 habitantes y 20.795 residentes de nacionalidad extranjera, cerca del 12% de su población, en 2025.
De ellos, 11.045 tenían nacionalidades de países latinoamericanos, más de la mitad del total de extranjeros que viven en la ciudad, según el Instituto Cántabro de Estadísticas. A nivel de toda la comunidad autónoma hay más de 50.000 extranjeros frente a unos 600.000 españoles.

Los ecuatorianos no son mayoría en Cantabria, la cifra no supera los 700 en toda la comunidad, pero sube a poco más de 2.300 si se filtran los números por país de origen. Esto indica, una vez más, que la gran mayoría de compatriotas ha adquirido la nacionalidad española.
José llegó desde Guayaquil en 2002, con 29 años, cuando parte de su familia llevaba ya varios años instalada en Cantabria. Una hermana había sido de las primeras en viajar, alrededor de 1995, y después fueron llegando los demás.
Los nueve hermanos terminaron siguiendo el mismo camino. Una de sus hermanas falleció hace dos años en Santander; el resto continúa en Cantabria. José calcula que, si suma hermanos, primos y sobrinos, su familia extendida ronda ya las 200 personas. "Familia en Ecuador no queda", resume.
También llegaron sus padres, pero los dos murieron en Santander y están enterrados allí, en un cementerio junto al mar. Para José, ese dato termina de explicar hasta qué punto aquella migración que comenzó como un desplazamiento económico acabó transformándose en arraigo.

Cuando se le pregunta por la posibilidad de regresar definitivamente, responde casi como si la pregunta hubiera dejado de tener sentido: "¿Qué vamos a hacer allá? Si están todos aquí".
Diecisiete años entre bombonas
José no llegó a España sin experiencia laboral ni empresarial. En Ecuador su familia tenía negocios propios y su madre había manejado también bares y restaurantes. Pero su primer trabajo en Santander estuvo muy lejos de esa vida. "El trabajo que yo no quería hacer en mi país, yo pagaba para que me lo hagan, tuve que venir a hacerlo aquí", recuerda.
Empezó cargando bombonas de butano. Era invierno y todavía recuerda el frío, la lluvia y el esfuerzo de subirlas por los edificios. Durante aquel primer mes ni siquiera tenía un salario como el que conseguiría después: el conductor del camión le entregaba algunos euros por ayudarlo con las cargas. José decidió que aquello no podía quedarse así y, a través de los contactos de uno de sus hermanos, consiguió otro puesto en el sector. Y lo que parecía provisional duró 17 años.
Con el tiempo dejó de ser únicamente quien cargaba las bombonas para conducir también el camión y encargarse del reparto. En invierno podían distribuir entre 300 y 400 bombonas. Su hermano continúa todavía en esa empresa, donde acumula alrededor de 25 años, y José lo recuerda como uno de los primeros ecuatorianos que entraron a repartir butano en Santander.
Después de casi dos décadas, José pensó que había llegado el momento de hacer el camino de regreso. Su plan era volver a Guayaquil y abrir allí un restaurante. Había organizado su salida y esperaba acogerse a un mecanismo que le permitiera utilizar la prestación por desempleo para emprender en Ecuador, pero, según cuenta, descubrió que no podía hacerlo por tener ya la nacionalidad española.
"Se truncaron los planes y me decidí a quedarme aquí mismo", recuerda. Ese regreso frustrado terminó abriendo otra etapa.
José empezó a comprar coches usados, repararlos y volverlos a vender aprovechando la red de conocidos que había construido durante años en Santander. Más tarde invirtió en una tienda de golosinas para la madre de sus hijos, una experiencia que no terminó bien y en la que perdió dinero. Pero siguió probando.
"El asunto no es quedarse estancado. Usted tiene que tener visión, el sacrificio es lo que vale después con el tiempo".
José Arévalo
Dos negocios y una nueva familia
Con su actual pareja encontró también una socia. Ella es paraguaya y se conocieron en Santander. Juntos abrieron hace unos dos años otro negocio en la calle Burgos dedicado a la venta de maquinaria para hostelería y electrodomésticos para el hogar: equipos frigoríficos, cocinas, lavadoras, neveras o licuadoras.

Después llegó El Patio 593, que abrió el 5 de septiembre y para José representa algo más personal que el negocio anterior. El número 593 remite directamente a Ecuador y los murales terminan de completar esa identidad, pero Paraguay ocupa también su sitio porque el proyecto pertenece a los dos.
"Somos una pareja, somos un solo equipo", explica. Las decisiones se toman juntos: "Nos sentamos, hablamos, conversamos. Y si vemos que es, lo hacemos".
En el restaurante trabajan cinco personas y José pasa buena parte del tiempo en la cocina. No llegó allí improvisando. Durante algunos años trabajó en una cocina de la zona del Sardinero, un sitio de verano en Cantabria. Luego, el ecuatoriano pasó por un restaurante chino y también trabajó en un establecimiento mexicano. A eso suma las recetas que aprendió desde pequeño en una familia en la que su madre fue, según sus palabras, "la dura" de los negocios.
José resume su paso por los fogones de varios restaurantes diciendo que lleva "cuatro maletas" a la espalda: "La comida española, la mexicana, la china y la mía".
En El Patio 593 prepara guatita, caldo de pata, seco de chivo, seco de gallina, seco de pollo, hornado y encebollado. Este último es el plato que más buscan los clientes, incluso a horas poco habituales para un ecuatoriano. Una noche llegaron a pedírselo a las nueve y media. El hornado, en cambio, ha encontrado también público español.
"La cocina para mí no es cocina, es un laboratorio (...). Usted entra y tiene que imaginar, tiene que motivarse a ver qué es lo que va a hacer".
José Arévalo
Su objetivo con el restaurante tampoco está expresado en cifras. "La satisfacción mía es siempre ver el comedor lleno, viendo comer a la gente".
La herencia de su madre
De los hermanos, José es quien reconoce haber seguido más directamente la vena empresarial de su madre. Ella procedía de Ambato, en la provincia de Tungurahua, y su padre de la provincia de El Oro. Se conocieron en Guayaquil, donde criaron a sus nueve hijos y desarrollaron los negocios familiares.
José la recuerda como una mujer con una enorme capacidad para trabajar y emprender. Los demás hermanos han construido sus vidas en Cantabria principalmente como trabajadores por cuenta ajena; uno continúa en el reparto de butano, otros están en fábricas y empresas de distintos sectores. Cuando le preguntan quién heredó de forma más clara el impulso empresarial de su madre, no duda: "Yo".
Esa herencia aparece en sus dos negocios y en jornadas que comienzan temprano y pueden terminar pasada la medianoche.
A sus 53 años, José piensa que el restaurante puede ser el trabajo con el que llegue hasta la jubilación. No habla de recuperar rápidamente lo invertido porque entiende el negocio como algo que exige seguir poniendo dinero, tiempo y trabajo.
"Esto no lo queremos dejar para un año ni nada, esto queremos seguir de largo", dice.
Santander es ya el lugar desde el que imagina ese futuro. Habla de la ciudad con entusiasmo y destaca que puede ir caminando al Ayuntamiento, desplazarse sin las distancias de Madrid o Barcelona y tener el mar siempre cerca. "Allí hay que andar por abajo como los ratones, por túneles cogiendo trenes", dice.
El Patio 593 es una parte de la historia de este guayaquileño, de 53 años, que llegó siguiendo a sus hermanos, cargó bombonas durante 17 años, pasó por las cocinas de otras gastronomías y terminó echando raíces allí donde hoy están sus hijos, sus nietos, sus hermanos y ahora hasta las tumbas de sus padres.
El 593 del nombre del negocio mira todavía hacia Ecuador, pero el patio pertenece a Santander.
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