Ecuador como recoveco de la autocracia ancestral
Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.
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A quienes les gusta romantizar la vida comunitaria de antaño no les sentará bien un estudio de 31 sociedades premodernas que demuestra cómo se consolidaba la autoridad en algunas de ellas. Sobra decir que las investigaciones de la historia pasada adolecen de problemas porque cuanto más nos alejamos en el tiempo, menos evidencia encontramos. Pero la reflexión de Gary Feinman y sus colegas en “La distribución del poder y la inclusividad a lo largo del tiempo profundo” se basa en información arqueológica suficiente como para concederles algo de razón.
En Teotihuacán, México, en la Confederación Haudenosaunee, Norteamérica, y en Mohenjo Daro, Pakistán, este grupo de investigación encontró que el origen de las ganancias de las élites influye decisivamente en la existencia de una democracia y que esto contiene lecciones importantes para las sociedades actuales.
Cuando los estados dependen de los ingresos de sus propios ciudadanos, es decir, de los impuestos provenientes de diversas fuentes como los hogares, la tierra, los mercados o el comercio interno, dependen de su cooperación. Es decir, los gobiernos tienen que ser transparentes y rendir cuentas y eso impone límites a la autonomía de las élites políticas.
A la inversa, cuando las élites dependen de fuentes externas o altamente concentradas, como la minería, las plantaciones de esclavos o los botines de guerra, no necesitan el apoyo de la sociedad civil. Su acceso independiente a la riqueza les exime de la obligación de negociar cómo se ejerce el poder y esto no es un fenómeno exclusivamente reciente.
En pocas palabras, no todas las comunidades ancestrales repartían el poder y el bienestar, ¡oh sorpresa!, y esto tiene implicaciones para nuestra interpretación tanto de la ancestralidad como de la situación política actual de Ecuador.
Como argumentan los autores, la democracia no se basa únicamente en un acuerdo ideológico. Depende fundamentalmente de un acuerdo fiscal. Una base impositiva amplia e incluyente fortalece una gobernanza compartida; lo contrario crea condiciones en las que el poder autocrático florece. Por esta razón, más allá de las culturas, pudo haber y hay sistemas democráticos en cualquier lugar del mundo, así como sistemas autocráticos.
Vale recordar que el término democracia simplemente significa en griego que la gente (demos) tiene poder (kratos) y que existe la creencia extendida de que la democracia surgió en el mundo helénico. Pero este estudio muestra cómo el poder puede distribuirse más allá de la elección de representantes por votación popular y cómo eso puede resultar en que un sistema sea sumamente democrático.
En regímenes autocráticos, los dirigentes valoran la lealtad y fidelidad de sus subordinados; por eso designan a funcionarios que son parientes, clientes o aliados. Las relaciones con las élites secundarias son transaccionales y favorecen al gobernante. Sus rituales espectacularizan el poder para despertar, a la vez, fascinación y temor en los demás. En contraste, los gobiernos democráticos necesitan competencias específicas para manejar el sistema de recaudación de rentas internas de forma efectiva y facilitar la interacción comunitaria. Entonces, seleccionan a funcionarios basados genuinamente en sus méritos y no en otro tipo de preferencias. Sus rituales facilitan la coordinación y la colaboración colectiva.
Similarmente, países como Ecuador, que actualmente dependen de las exportaciones petroleras y una economía extractiva dominada por las oligarquías, no necesitan que el gobierno transparente los datos de su gestión, asigne a los mejores funcionarios ni llegue a acuerdos con la sociedad civil. La legitimidad del poder ejecutivo en estos casos no depende de los votantes y, por tanto, no les debe nada. Por eso, no tenemos garantía alguna de que en Ecuador los hospitales públicos se abastezcan adecuadamente de medicinas, haya electricidad ininterrumpida o las escuelas dejen de inundarse sistemáticamente en la costa.
Los datos y análisis de Feinman y sus coautores ponen al descubierto por qué un país como Ecuador, con una geografía y clima bondadosos y de mayor tamaño que un país de ingresos altos como Irlanda, no puede tener una democracia más sólida, donde haya funcionarios más capaces y mecanismos de control social sobre los funcionarios corruptos, así como una libertad de expresión y participación ciudadana saludables. Y explican por qué a gobernantes y funcionarios ecuatorianos no les da vergüenza hacer el ridículo en redes sociales con actuaciones insulsas e inapropiadas.