Esto no es político
Algo de esperanza
Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
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En los últimos días, una marcha autoconvocada en Quito y Cuenca ha agrupado a varias centenas de estudiantes para protestar pacíficamente contra el autoritarismo.
En una democracia, eso debería alegrarnos. Que haya gente dispuesta a salir a las calles por lo que considera justo, necesario, urgente, no sólo para sí mismos si no para su comunidad. Sobre todo, cuando el silencio parece apoderarse de a poco, de todos los sectores que en una República deberían ser un contrapeso al poder.
Cuando desde el poder se repite insistentemente que no habrá apagones — mientras las industrias y empresas están obligadas a desconectarse del sistema eléctrico y en varias ciudades alertan que han pasado horas sin luz— o cuando desde lo más alto del poder Ejecutivo aseguran que en un mes, en dos, en tres, va a haber medicinas en los hospitales, y al cabo de ese tiempo, los pacientes peregrinan en los medios de comunicación o hacen plantones fuera de Carondelet para reclamar el riesgo inminente de muerte, el silencio ya no es una opción válida para muchos.
Hace unos días se hacía viral la intervención de un joven dirigente estudiantil de la Universidad Central, Moisés Avilés, que, en el acto inaugural de la carrera de periodismo de esa entidad, alzaba su voz para cuestionar la presencia de Jahaira Urresta, una asambleísta ex RC, hoy aliada de ADN.
En el fragmento difundido por el periodista Andrés Burbano, se escucha a Urresta decir cómo se debe ejercer el periodismo.
¿Por qué sería aceptable que una funcionaria pública, blindada por el poder que hoy ostenta, les diga a los estudiantes cómo deben ejercer un oficio que ella jamás ha ejercido?
Ese, precisamente, era uno de los cuestionamientos de Avilés, quien, en nombre de la facultad de Comunicación Social, calificó la invitación a Urresta como un “desacierto”.
El día anterior, dijo Avilés, el gobierno al que Urresta representa, “impidió la movilización de docentes y estudiantes en su propio campus y los reprimió”, en referencia a los incidentes en la Universidad de Cuenca, en donde la visita del Presidente Daniel Noboa generó rechazo por parte de estudiantes que denunciaron la fuerte presencia de militares y policías dentro y alrededor del campus.
Avilés también dijo que Urresta representa a un gobierno que “censura a periodistas, no se conceden entrevistas a medios de comunicación, se los reprime cuando hay movilizaciones”, antes de abandonar el acto con varios de sus compañeros.
Un ejercicio de pensamiento crítico propio de los estudiantes en cualquier parte del mundo hoy se siente como un acto de valentía frente a una maquinaria de poder que lo aplasta todo, que silencia voces disidentes, que censura y hostiga a periodistas críticos, que usa la maquinaria del estado para perseguir y enjuiciar a activistas y opositores.
Y sin embargo, un joven se atreve.
Unos días después, la movilización en Quito, en pleno feriado, evidenció más descontento, más reclamos, más cuestionamiento.
Al menos dos periodistas, Diego Cazar, de La Barra Espaciadora y Elena Rodríguez, de Telesur, denunciaron haber sido reprimidos por la Policía. En las imágenes que ambos compartieron, se ve en efecto empujones, gritos y violencia.
En Cuenca, hubo un plantón de los estudiantes para respaldar a un docente, Santiago Rosano, después de que la ministra de Educación, Gilda Alcívar, pidiera públicamente a la Universidad de Cuenca que lo despidiera. Para hacerlo, citó en su cuenta de X una publicación de uno de los pasquines a través de los que se desinforma, hostiga y estigmatiza a periodistas, opositores o activistas. Ese post sirvió para avivar las ya violentas hordas digitales que además también atacaron al presidente de la FEUE en Cuenca y a su familia, según denunció, y que pidan la expulsión del país de Rosano, al más puro estilo autoritario.
En un contexto de tanta hostilidad es esperanzador que haya estudiantes dispuestos a alzar su voz y enfrentar los riesgos que esto implica. No solamente porque la rebeldía, la capacidad de desafiar al status quo, de cuestionar las normas establecidas es intrínseca a la juventud, sino también porque en un momento como el que enfrenta el país, las voces que resuenan, reclaman, cuestionan y denuncian son imprescindibles.
Así como el silencio hunde, desesperanza y apaga, la palabra, el reclamo y la voz, son esperanza y ejemplo para otros que, de a poco, también se atreven a vencer el miedo y usar un arma tan poderosa como su voz.