Esto no es político
Qué tristeza, el periodismo
Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
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Queridos lectores, aquí va otra columna que hago desde lo personal, como ya ha pasado en otras ocasiones en las que he usado este espacio para hablar desde lo que siento más personal: el periodismo.
Parece que ya no hay semana en que no ocurra algo que golpee a este oficio necesario para la democracia. Si no es la censura o autocensura de un colega, es el hostigamiento judicial por exponer hechos o dar opiniones, o las campañas de hostigamiento digital que desgastan al más resistente de los periodistas.
O, peor aún, golpes que pretenden aniquilar no solo a un periodista o a un medio, si no a una forma de hacer periodismo: con mirada crítica, con rigor, con contrastación, con valentía.
Da tristeza ver cómo agreden a colegas en redes, incluso funcionarios públicos que con mucha ligereza los hostigan por hacer su trabajo, en lugar de devengar los fondos públicos haciendo el trabajo para el que se los eligió.
O las granjas de trolls, más agresivas aún con las periodistas, a las que tildan de “prostitutas”, mandan “a la cocina”, amenazan con violencia de todo tipo — incluso sexual— a la vez que usan su entorno familiar para aumentar sus ataques.
Esto último se ha ido agudizando con la fuerza que han tomado las plataforma digitales —que hace diez años eran mucho menos potentes— a la par que se han ido reduciendo los controles para evitar prácticas de desinformación o violencia.
Y puede parecer inofensivo. Total, qué son unos cuantos insultos en una plataforma digital, versus los problemas de la vida real: los asesinatos, las vacunas, la falta de empleo. Bueno, a eso también se enfrentan los periodistas.
El año pasado, al menos seis comunicadores fallecieron.
Este año, hubo un aumento del 70% de las agresiones de actores estatales hacia periodistas con respecto al año anterior. Varios periodistas fueron reubicados dentro y fuera del país, temporal o definitivamente.
Cómo no va a dar tristeza ver, en primera fila, lo que parece una lenta agonía de un oficio que, en otros momentos, se atrevió a desafiar las narrativas del poder. Resistió. Se fortaleció.
Mientras, los otros, los que soban el lomo al poder, siguen campantes, amplificando la voz oficial, desinformando, o acomodados en cargos públicos. Esos, que aún tienen el atrevimiento de llamarse periodistas, se han acomodado al silencio y ven el ocaso de sus carreras desde la palestra del poder ajeno que han defendido como propio. Quizás porque les llegaron al precio.
Cuánta tristeza entonces saber que cuando, años atrás, se denostaba al periodismo por “mercantil”, quien lo hacía iba a demostrar que, en el caso de muchos, tenía razón. Cuánta tristeza ver que también hay canje de los principios periodísticos por comodidad y beneficio propio.
En 2018 secuestraron y asesinaron a Javier Ortega, Paul Rivas y Efrain Segarra. Nos devastamos. Por primera vez, la violencia se sintió demasiado cercana. Ya no solamente la estábamos cubriendo, la estábamos viviendo.
Mi querido amigo Miguel Molina me confesó unos años después, en un episodio de pódcast, que eso le había hecho abandonar el periodismo. Me di cuenta que a nadie le importaba nuestras vidas, me dijo.
Esa frase retumba cada vez que un colega abandona el periodismo, se exilia, recibe amenazas, es hostigado o amenazado; cada vez que alguno me cuenta que su familia le suplica que deje de ejercer esa profesión que ama; cada vez que se suman razones para dejarlo. Cada vez que me veo reflejada en sus historias.
Y la tristeza es personal porque conozco a muchos de esos periodistas ahogados en las dificultades. Porque sé de su valentía. Sé de su compromiso. Sé de su rigor.
Y sé de la soledad que se puede sentir mientras defendemos con uñas y dientes los retazos de un periodismo profundamente golpeado y amenazado por aquellos poderosos que lo único que tienen es un encargo político que terminará.
Puede tardar. O no. Pero terminará.
Mientras tanto, y a diario, me pregunto si, como tantas otras veces en la historia de la humanidad, cuando el poder de aquellos que hoy se sienten intocables termine, el periodismo seguirá. Días como hoy, parece que no.