Los otros protagonistas del 12 de octubre en Madrid: de las familias migrantes emocionadas a los obreros que desmontan el desfile
La Fiesta Nacional de España tuvo su imponente desfile militar. La comunidad migrante, entre ella la ecuatoriana, ha participado en las festividades de octubre. La capital española organizó un programa cultural bajo el lema "Porque todos los acentos del español caben en Madrid".

Una familia boliviana participó en el desfile militar en Madrid, este 12 de octubre de 2026. Migrantes latinoamericanos se integran a la realidad cultural española.
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Soraya Constante
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MADRID. Desde primera hora de la mañana hay banderas de España por todas partes en el centro de Madrid. Las llevan sobre los hombros como capas, alrededor de la cintura como faldas o fajas y hasta sujetas al collar de algún perro. Sorprende la cantidad de jóvenes que muestran su amor patrio, se asumen de derechas y salen a celebrar esa grandeza de España. Caminan hacia el Paseo del Prado envueltos en rojo y amarillo, buscan un hueco junto a las vallas y levantan los teléfonos cuando empiezan a aparecer los primeros aviones de combate.
El carácter militar que hoy domina la Fiesta Nacional no estuvo desde el principio. España comenzó a celebrar oficialmente el 12 de octubre en 1892, con motivo del cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América, en una jornada entonces mucho más cívica, con festejos populares, bandas de música y actos escolares. En 1913 empezó a extenderse la denominación "Fiesta de la Raza" y en 1918 el 12 de octubre fue declarado oficialmente fiesta nacional. Durante los años veinte, en plena Guerra de Marruecos, las Fuerzas Armadas fueron ganando protagonismo y en 1935 Madrid ya acogía un desfile con miles de militares.
La democracia terminó cambiando también el nombre y el significado institucional de la fecha. Una ley de 1987 estableció definitivamente el 12 de octubre como Fiesta Nacional de España y, diez años después, un real decreto trasladó a ese día la parada militar y el homenaje a la bandera que antes se celebraban en el Día de las Fuerzas Armadas. De ahí procede buena parte del formato actual, con los reyes presidiendo una exhibición aérea y terrestre en el corazón de Madrid.

La denominación Día de la Raza, en cambio, ha ido desapareciendo en varios países latinoamericanos. Ecuador la abandonó oficialmente en 2011 y convirtió el 12 de octubre en el Día de la Interculturalidad y de la Plurinacionalidad, con la intención de poner el acento en la coexistencia de las nacionalidades indígenas, afroecuatorianas, montubias y mestizas. La misma fecha puede tener significados bastante distintos a un lado y otro del Atlántico.
En Madrid, la bandera rojigualda tiene uno de sus grandes momentos cuando literalmente cae del cielo. Un paracaidista desciende frente a la tribuna real portando una enseña de 24 metros cuadrados y 15 kilos que después será izada durante el acto. El término alude precisamente a sus colores, con el gualda, un amarillo intenso cuyo nombre procede de la planta que antiguamente se utilizaba para teñir tejidos.

La Fiesta Nacional reunió 4.380 integrantes de las Fuerzas Armadas, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y otras instituciones. Por las calles desfilaron 144 vehículos, 39 motos, 286 caballos, cinco perros y la cabra de dos años que es la mascota de los legionarios, mientras más de 80 aeronaves cruzaron el cielo de Madrid. El recorrido de 1.540 metros entre Atocha y la Plaza de Colón convirtió durante aproximadamente una hora y media el centro de la capital en un escaparate militar.
Como ocurre casi cada año, la pelea política también se coló durante unos minutos en la ceremonia. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español, fue recibido con silbidos, insultos y abucheos cuando llegó a la plaza de Cánovas del Castillo, mientras Felipe VI recibió poco después aplausos y gritos de "Viva el rey". La protesta contra Sánchez se ha convertido en una escena habitual del 12 de octubre, especialmente entre los sectores más conservadores del público, pero esta vez tenía además como telón de fondo la precampaña de las elecciones generales del 29 de noviembre.
La prensa española suele reseñar esos abucheos, aunque en la calle duran poco y después los aviones, los carros de combate, los caballos y las bandas de música recuperan la atención de una multitud bastante más heterogénea.
La fuerza migrante que busca integrarse e integrar a sus hijos ya españoles
Entre ese público están también los migrantes. Los primeros rostros y acentos foráneos de la jornada los ponen los vendedores de banderas; cinco euros las grandes, tres las pequeñas. Pero esa diversidad aparece en otros lugares, entre algunos militares que marchan, entre las familias que miran desde las aceras y, cuando la celebración termine, entre quienes tendrán que desmontar las estructuras del desfile.
Los extranjeros que asisten al desfile también se ponen la bandera de España sobre los hombros y se la entregan a sus hijos. En varias de las familias ecuatorianas que han acudido, la explicación se repite con matices. Después de veinte o casi treinta años en España, este país forma parte de sus propias vidas, pero sobre todo es el lugar en el que han nacido o están creciendo sus hijos. La bandera que llevan los padres adquiere así otro significado cuando pasa a las manos de una segunda generación.
Subidos a un banco en el Paseo de la Castellana para ganar altura están Sonia Espinosa y William Caizaguano. Son ecuatorianos y llevan alrededor de veinte años en España. Han llegado al desfile con Alan Martín, su hijo de tres años. Sonia ha venido unas cinco veces, pero para su esposo es la primera. Trabaja en la construcción y hasta ahora casi siempre le había tocado trabajar también este día. "Hoy estamos en conjunto con la familia", dice.

Pero el motivo principal de la pareja para estar allí es Alan y creen que el desfile sirve para enseñarle el país en el que crecerá. Sonia dice que quiere que su hijo vaya adquiriendo "los conocimientos de lo que es vivir aquí", mientras William habla de que conozca "la cultura" de España.
Unos pasos más allá, Rosemary Robles, que viene de Bolivia, aprovecha el final del desfile para hacerse una fotografía con algunos militares. Lleva más de veinte años en España y ha venido con su hijo nacido en Madrid, Thiago Choque. "Para mí este día es algo emocionante porque España es como una tierra más para mí", explica. Para Thiago la pertenencia necesita todavía menos explicaciones. "Es la tierra de él, porque él nació aquí", cuenta su madre.
En la plaza Colón, donde termina el desfile, está otra familia ecuatoriana. Valeria Moya Benavides lleva 27 años en España, mientras que su esposo, Richard Chuqui, está a punto de cumplir uno después de haber pasado una temporada en Estados Unidos. Es la primera vez que la pareja asiste al desfile con la hija adolescente de Valeria. Ella trabajó durante años en hostelería y el 12 de octubre era un día laboral como tantos otros. Ahora es auxiliar de enfermería y por fin puede ver aquello que durante casi tres décadas ocurría en la misma ciudad en la que vivía. "Siempre he estado trabajando, entonces no he podido, no he tenido la oportunidad", cuenta. Richard tampoco lo había visto antes y resume su primera impresión con una sola palabra, "Hermoso". La adolescente tampoco necesita un discurso largo y dice que la jornada le pareció "linda".

Los padres quieren llevar a sus hijos, muchos nacidos aquí, a una celebración del país que esos niños conocen como propio, incluso cuando dentro de casa convive con otra bandera, otra comida, otros acentos y otras formas de recordar de dónde llegaron sus padres. El 12 de octubre reúne también esas historias, aunque ocupen un espacio minoritario entre la multitud.
En Colón también está la hondureña Telma Argüeta mirando el desfile con sus hijas Génesis y Valerie. Tiene 45 años, llegó desde Honduras hace una década y es la primera vez que puede venir. Durante siete años trabajó como empleada interna y los festivos también estaban condicionados por el trabajo. Ahora trabaja como externa y este 12 de octubre ha conseguido tener el día libre.
Telma no siente la fiesta como algo completamente ajeno. "Es muy importante porque se trata de la hispanidad, que somos nosotros, y que este gran país nos ha abierto puertas", dice.
Cuando las familias empiezan a alejarse de las vallas comienza otra parte de la jornada, la que casi nadie se queda a mirar. Madrid tiene que desmontar en pocas horas el escenario levantado para el desfile y, cuando desaparecen los aviones y los tanques de guerra, aparece esa otra cara. Ramiro Guanoluisa tiene 46 años, lleva 27 en España y es autónomo. Mientras buena parte del público busca un último soldado con el que fotografiarse, él y sus compañeros empiezan a retirar los recubrimientos, telas y materiales colocados para el desfile. Llevan toda la semana trabajando allí y calculan que necesitarán unas dos horas para quitar su parte antes de que otra empresa continúe desmontando las estructuras.

Para Ramiro el trabajo no se detuvo porque fuera festivo. "Nosotros no paramos", dice. Entraron en acción poco después de las dos de la tarde. "Nos han cogido comiendo. Hemos comido pronto y bueno, eso es lo que hay", cuenta resignado.
Pero el 12 de octubre no empieza ni termina en el desfile militar. Para buena parte de los latinoamericanos de Madrid, la celebración comenzó ocho días antes, cuando dejaron de mirar desde las aceras y ocuparon ellos mismos el centro de la ciudad con los colores, la música y los bailes de sus países.
La hispanidad en Madrid
Fuera de la solemnidad militar, el color lo ponen los latinoamericanos que ya son parte del festejo. La Comunidad de Madrid organiza una programación cultural propia que este año reunió más de 200 actividades de música, danza, cine, teatro, gastronomía y folclore bajo el lema "Porque todos los acentos del español caben en Madrid". Uno de sus actos centrales fue la Cabalgata de la hispanidad, que recorrió la Gran Vía el domingo 4 de octubre con 15 carrozas y más de 4.500 participantes.
La cabalgata se ha convertido en pocos años en uno de los grandes escaparates de esa hispanidad madrileña y ha reservado un protagonismo especial a determinados países. México fue el invitado en 2024, Argentina ocupó ese lugar en 2025 y este año Estados Unidos encabezó la celebración coincidiendo con los 250 años de su independencia. Alrededor de ellos desfilan agrupaciones de una veintena larga de países, entre ellos Ecuador, Bolivia, Honduras, Colombia, Perú o Venezuela.
Entre quienes llevaron a Ecuador por la Gran Vía este año estaba Shaila Mendoza Guzmán. Tiene 17 años, estudia un ciclo de Formación Profesional de Imagen y Sonido y nació en España. Su madre es de Quito y su padre de Alausí. Ella vivió dos años en Ecuador cuando era pequeña y en su casa las dos geografías han convivido siempre. Sus padres también han sido bailarines y Shaila empezó a bailar a los cuatro años.

El domingo 4 de octubre recorrió el centro de Madrid con la vestimenta tradicional de Cayambe y una banda que la distinguía como "Mashca Bonita" de su agrupación. El nombre remite al título tradicional utilizado en Latacunga para escoger a una representante de la identidad de la ciudad. A diferencia de un certamen concebido únicamente alrededor de la belleza, la Mashca Bonita ha estado vinculada a las raíces andinas y la presentación de iniciativas de carácter social.
En Madrid, el papel tiene además un sentido de representación y acompañamiento. Shaila fue elegida por el director de la agrupación por su compañerismo y, como Mashca Bonita, ayuda a guiar, unir y apoyar al grupo. Ese domingo bailó durante cerca de tres horas desde Plaza de España hasta las inmediaciones de Cibeles.
"Fue algo increíble bailar así representando a nuestro país y ver a tanta gente animándonos", cuenta sobre un recorrido que apenas les dejaba descansar. Terminó "sin fuerzas", pero bailando hasta el final. "Fue una emoción desfilar por el centro de Madrid. Fue un orgullo para mí".
Ese orgullo también revela cómo construye su propia pertenencia. "Yo siempre responderé que sí soy de aquí, pero siento que pertenezco más a Ecuador que a España", dice Shaila. Explica que sus padres la criaron con las costumbres ecuatorianas y que participar en los actos de la hispanidad significa "representar de donde vinieron mis padres y que gracias a ellos estoy donde estoy".
Y todavía falta una última escena. Unas horas después del gran desfile militar, colectivos antirracistas, migrantes y anticoloniales convocan otra marcha bajo el nombre "Descolonicémonos, 12 de Octubre, nada que celebrar". Para ellos, la fecha no es motivo de celebración sino una ocasión para recordar la colonización, el racismo y las desigualdades que siguen atravesando a las poblaciones migrantes y racializadas.
Así termina todo lo que mueve el 12 de octubre en Madrid. La fecha había empezado ocho días antes con las carrozas, los trajes y los bailes de una hispanidad que exhibe su diversidad. Pasó después por los reyes, las banderas, los aviones y las familias migrantes que llevan a sus hijos a la Fiesta Nacional; continuó con los trabajadores que desmontan el escenario y acabó con otra multitud que sale a discutir precisamente aquello que otros han celebrado. En Madrid, el 12 de octubre dura más de una semana y no cuenta una sola historia. Se celebra, se hereda, se trabaja y también se discute.
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