Hombres que toman café
Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.
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Me encuentro en unas semanas de inmersión en la vida marroquí, pero no como turista sino como parte de un proyecto. Entonces hemos visitado las oficinas de ministerios y agencias de recuperación del patrimonio, además de las casas tras bastidores de las medinas de Rabat, Asila, Tánger, Casablanca y Fez.
Entre las cosas que me han sorprendido está el hecho de que, a toda hora, sin importar el día, los cafés están llenos de hombres sentados en las terrazas, mirando hacia la calle. No paran de hablar nunca. Hablan y hablan y hablan y hablan. No hay esquina por la que giro que no tenga un café a la vista. Pienso en el microgasto en café, que debe ser enorme. En la cantidad de cosas que estos hombres sin aparente ocupación tienen para decirse, cual fuente de la medina, que antes de la potabilización del agua abastecían a los habitantes todo el año, sin parar. Y en la eliminación de las mujeres del mundo público.
Hay mujeres en las calles, pero en su mayoría caminando, solas, entre ellas, o con niños, o esperando en la parada del bus. Las oficinas, en cambio, están llenas de hombres, empezando por el rey, cuya imagen adorna absolutamente todas ellas, pasando por todos los jefes y terminando en la gran mayoría de ayudantes. Hay la ocasional ingeniera; pero, como en el Ecuador de los años 70, es una excepción a la regla. Los tenderos son todos hombres. El bullicio de la ciudad, de la que toma las decisiones, es masculino.
Nuestras reuniones de trabajo por Zoom han sido con un equipo marroquí exclusivamente masculino, pero no me había percatado de que no era una simple coincidencia sino la norma. Experimentar esta segregación en persona me choca.
Hay ocasiones en las que hay paralelismos con Ecuador. Prendo la televisión y, aunque las presentadoras de noticias son mujeres, todas las entrevistas son con hombres. Recuerdo, riéndome un poco de mí misma, cuando en Twitter (todavía no era X) me quejaba de los programas radiales matutinos que anunciaban tres, cuatro entrevistas del día con puro hombre. Al principio pensé que podía llevar a los periodistas a reflexionar, pero es obvio que estos cambios estructurales necesitan un esfuerzo más concertado, de la misma envergadura que el trabajo intencionado de mantener a la mujer escondida en un lugar conservador.
¿Dónde están las mujeres? Le pregunto a un colega que no se incomoda en absoluto. Me explica que hay tradiciones, que así son las cosas, que no pasa nada. Cuando vamos a cenar a su casa, entiendo por qué los efectos de un machismo milenario le permiten perpetuarse. Hasta ese momento, hemos hablado en francés con nuestros colegas, y ahora que estamos aquí, con los altos funcionarios. Pero en la cena, la esposa y la hermana de nuestro colega, nos atienden sin poder comunicarse con nosotros. Tienen el mismo nivel social que nuestro colega, pero no han tenido la oportunidad de aprender un segundo idioma. No solo eso, sino que tampoco tienen espacio para hablarnos. Están tendiendo la mesa, sirviendo la comida y recogiendo los platos, y el hombre no está dispuesto a traducirlas. Nuestro colega está visiblemente orgulloso de tener una mujer que cocine para nosotros porque así nos puede recibir en su casa; el silencio femenino resulta incómodo solo para sus invitados. Para él, es lo normal.
Esta invisibilización radical de la mujer no está relegada solo a países como Marruecos. El personaje estadounidense Matt Walsh tiene mucha llegada en redes sociales con su cruzada a favor de mantener a la mujer en casa y preferiblemente en tareas de reproducción de la especie porque apela a una audiencia favorable. Una encuesta global reveló recientemente que el 31 por ciento de la generación “Z” (los nacidos entre 1997 y 2012) piensa que las mujeres deben obedecer a los hombres, en comparación con los “baby boomers” (nacidos entre 1946 y 1964), de los cuales solo el 13% pensaba lo mismo.
Como los pantalones campana, el sexismo está de regreso y con fuerza. La sociedad marroquí nada más está a la vanguardia.