¿Qué está reemplazando esa pantalla?
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
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Confieso que, como mamá, también he recurrido a una pantalla para resolver esos momentos en los que necesitamos unos minutos de tranquilidad. En un viaje, en una sala de espera, mientras terminamos una reunión o simplemente cuando necesitamos que nuestros hijos se entretengan un momento.
Por eso me cuesta sumarme a esa conversación que divide a los padres entre quienes “dan pantallas” y quienes “no dan pantallas”. La crianza real es bastante más compleja.
Pero recientemente, mientras preparaba una conversación sobre tecnología, niños y educación, encontré una pregunta que me pareció mucho más importante que contar minutos frente a una pantalla:
¿Qué está reemplazando esa pantalla?
La pregunta es particularmente relevante durante los primeros cinco años de vida. A esa edad, los niños aprenden mirando nuestras caras, conversando, tocando objetos, corriendo, construyendo, jugando, equivocándose, aburriéndose, imaginando y relacionándose con otras personas.
Una pantalla puede ofrecer contenidos maravillosos. Pero incluso un buen contenido puede tener un costo si comienza a desplazar esas experiencias.
Pensemos, por ejemplo, en el lenguaje. Un niño pequeño dice una palabra, nosotros respondemos. Señala algo, lo nombramos. Hace una pregunta, contestamos y probablemente le hacemos otra. Son cientos de pequeños intercambios que ocurren espontáneamente durante el día y que contribuyen a construir lenguaje, pensamiento y vínculos.
Una pantalla difícilmente puede reproducir la riqueza de esa interacción.
Por eso la Canadian Paediatric Society recomienda evitar las pantallas antes de los dos años —con la excepción de las videollamadas con adultos significativos— y limitar el uso rutinario o sedentario a aproximadamente una hora o menos entre los dos y cinco años. La Organización Mundial de la Salud mantiene recomendaciones similares: a los dos, tres y cuatro años, no más de una hora diaria de actividad sedentaria frente a pantallas; menos es mejor.
Pero hay algo interesante en estas recomendaciones: no se refieren solamente a las pantallas. La OMS habla simultáneamente de movimiento, sueño y comportamiento sedentario. Es decir, mira el día completo de un niño. Quizás ahí está la clave.
Una hora mirando dibujos no es solamente una hora de pantalla. Puede ser una hora menos corriendo, construyendo una torre, hojeando un cuento, conversando con alguien o incluso durmiendo.
Y el sueño importa mucho. La evidencia que relaciona el uso de pantallas —especialmente cerca de la hora de acostarse— con dificultades para dormir es particularmente consistente en niños pequeños. Dormir menos, acostarse más tarde o tener dificultades para conciliar el sueño tampoco es irrelevante para su desarrollo.
Hay otro aspecto que me preocupa especialmente: la autorregulación.
Todos conocemos la eficacia extraordinaria de un teléfono para calmar a un niño. Está aburrido en un restaurante: teléfono. Llora en el carro: teléfono. Tiene que esperar: teléfono.
Funciona. Quizás demasiado bien.
Porque esperar, aburrirse, inventar qué hacer y aprender poco a poco a manejar la frustración también son aprendizajes. La American Academy of Pediatrics advierte en sus recomendaciones más recientes que utilizar dispositivos móviles habitualmente para calmar a niños pequeños se asocia con menores habilidades de regulación emocional y con patrones problemáticos de uso de medios.
Esto no significa que debamos demonizar las pantallas.
Una videollamada con los abuelos no es equivalente a cuarenta minutos de videos elegidos automáticamente por un algoritmo. Un cuento digital que vemos juntos, comentamos y relacionamos con la vida real no es lo mismo que dejar a un niño solo frente a una tablet.
El contenido importa. El contexto importa. Y nuestra presencia importa.
La propia Academia Americana de Pediatría ha ido evolucionando desde una conversación centrada exclusivamente en “cuántas horas” hacia otra más compleja: qué consume el niño, cómo está diseñada esa tecnología, con quién la utiliza y qué comportamientos saludables está desplazando.
Me parece una mirada mucho más útil para las familias.
Nuestros hijos crecerán en un mundo profundamente digital. No creo que nuestra tarea sea criar niños analógicos ni hacerles temer a la tecnología. Tendrán que aprender a buscar información, crear, comunicarse y, cada vez más, convivir con inteligencia artificial.
Nuestra responsabilidad es enseñarles progresivamente a gobernar esas herramientas y no permitir que sean ellas las que gobiernen su atención.
Y quizás ese aprendizaje empieza mucho antes del primer celular.
Empieza cuando nosotros, los adultos, decidimos guardar nuestro teléfono mientras conversamos con ellos. Cuando apagamos una pantalla para leer un cuento. Cuando dejamos que un niño se aburra un rato antes de resolver inmediatamente su aburrimiento. Cuando privilegiamos el parque, una conversación o unas horas de sueño.
Antes de entregar una pantalla a un niño pequeño podríamos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Qué estaría haciendo durante estos minutos si no tuviera esta pantalla frente a él?
¿Durmiendo? ¿Jugando? ¿Moviéndose? ¿Conversando? ¿Leyendo? ¿Aburriéndose? ¿Estando conmigo?
La tecnología puede aportar muchísimo a la infancia.
Lo que no debería hacer es sustituirla.