Columnista invitada
La cocaína no es el único negocio del crimen organizado
Experta en prevención de crimen organizado. Docente de la UG, con más de 5 años de expertise en prevención de crimen organizado y lavado de activos. Licenciada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Máster en Seguridad.
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El crimen organizado en Ecuador depende directamente de sus vínculos criminales con Colombia y no se sostiene únicamente a través de la cocaína. También opera en otros mercados vinculados al narcotráfico, como el del 2C-B, conocido como tusi o cocaína rosada, pese a que no contiene cocaína. Lo interesante de esta droga es que tiene su origen en Medellín, una ciudad reconocida como un “modelo” de cultura de paz, pese a mantener una gobernanza criminal brutal.
El tusi surgió en Medellín en 2010, dentro de la cultura rave. Lo problemático es que se elabora principalmente con residuos de drogas de baja calidad, lo que puede generar problemas mucho más graves que los asociados a otras sustancias. La gran mayoría de sus consumidores desconoce exactamente qué contiene. Por lo general, combina ketamina, MDMA (éxtasis) y cafeína, aunque su composición varía. Es mucho más caro que la cocaína y más fácil de comprar y consumir.
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) vincula la aparición del tusi con una posible expansión del negocio de la ketamina. En general, esta droga parece ser una forma de reutilizar sustancias sintéticas de baja calidad para maximizar su valor por parte de los grupos de delincuencia organizada (GDO). En ocasiones, el tusi puede contener fentanilo, una sustancia letal. Para los grupos delictivos, lo importante es venderlo todo, independientemente de que ello cueste la vida de sus “consumidores”.
En Ecuador, el consumo de tusi constituye un problema de salud y se ha detectado en todo el país y muy notoriamente en Montañita. Su venta también es fácil, pues puede encontrarse en redes sociales, desde TikTok hasta Instagram.
El uso de esta droga es relevante no solo por sus implicaciones para la salud, sino también por las conexiones directas que los GDO nacionales mantienen con grupos delictivos en Colombia. Por esta razón, muchos cabecillas locales terminan siendo encontrados en Colombia. Lo que sucede allá termina pasando aquí. A pesar de la guerra contra las drogas que Estados Unidos libra en Sudamérica, Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína y otras drogas. Aunque parece que las drogas producidas en Colombia están siendo frenadas, los esfuerzos han demostrado ser infructuosos y las rutas del Caribe siguen utilizándose.
El discurso institucional sostiene que el Caribe es más seguro que el Pacífico. Sin embargo, esto es un mito. La gran mayoría de la droga decomisada en el Caribe corresponde a operativos conjuntos con Estados Unidos. Sin estos operativos, simplemente no se encontraría esa cantidad de droga. A esto se suma el uso de semisumergibles y de métodos más complejos para ocultarla, como la “cocaína negra”. Básicamente, transforman químicamente la cocaína blanca en una sustancia negra para ocultarla como carbón.
Según GI-TOC, entre enero de 2019 y junio de 2024, Colombia fue el tercer país de origen más frecuente de los cargamentos de cocaína incautados en ruta hacia los puertos marítimos de la Unión Europea. Ecuador encabezó la lista, con 306.423 kilogramos de cocaína incautados, seguido de Brasil, con 97.257 kilogramos, y Colombia, con 77.696 kilogramos. Esto sugiere que la producción de drogas no se está deteniendo. Me atrevería a decir, con cautela, que parece estar aumentando, como de costumbre.
El gobierno de Gustavo Petro fracasó en mejorar el problema del cultivo y el tráfico de cocaína. No obstante, De la Espriella se centrará en la erradicación forzada, lo que podría abrir la puerta a una mayor presencia de fuerzas militares estadounidenses. Esto suena bien, pero la tasa de replantación de coca alcanza el 80 % debido a su alta rentabilidad, cercana al 99 %. Por otro lado, estamos perdiendo de vista el panorama general del aumento de las drogas sintéticas, que no requieren cultivos y pueden producirse en búnkeres o instalaciones subterráneas.
Lo que estamos viendo es que la guerra contra las drogas sigue sin resolver el problema de fondo. La cocaína continúa moviéndose, las rutas se adaptan y las drogas sintéticas abren nuevos mercados que no dependen de cultivos. Mientras los grupos de delincuencia organizada sigan encontrando formas de maximizar sus ganancias, no va a haber ninguna fuerza militar en el planeta que pueda detenerlos.