Con un cóndor de neón en el subsuelo de Madrid | El productor ecuatoriano que transformó un sótano en puente musical
Adrián Correa Valencia, más conocido como Adrián Za, busca conectar musicalmente a Latinoamérica con España y otros países de Europa. Integrante de un colectivo que trabaja como laboratorio musical en la zona de la Gran Vía, este quiteño, que se inició como rapero, cree que la música es una herramienta para conectar, por lo que ayuda a jóvenes en zonas vulnerables a conocer del proceso de crear una canción.

Adrián Correa Valencia, conocido como Adrián Za, productor musical ecuatoriano radicado en España.
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Soraya Constante
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MADRID. A pocos pasos de la Gran Vía madrileña, entre el ruido de una de las zonas más transitadas por los turistas, el productor musical ecuatoriano Adrián Correa Valencia, conocido como Adrián Za, baja a trabajar a un lugar en el que apenas se escucha la calle. El estudio está en un sótano de la calle Valverde, insonorizado y ocupado por ordenadores, micrófonos, amplificadores, instrumentos y cables que el día de la entrevista recoge después de uno de los últimos conciertos. Allí se graba, se mezcla, se masteriza, se ensaya y, algunas noches, se escucha y se graban conciertos íntimos a pocos metros de los artistas, a lo Tiny Desk, pero con el nombre de las Yapa Sessions.
Por allí han pasado la mexicana Audry, que vive en Nueva York, los raperos madrileños Chef Cheeza y Latex Diamond y hasta Kultama, uno de los nombres históricos del rap español. Este laboratorio musical bajo tierra estuvo ligado antes a figuras como Jota Mayúscula y Supernafamacho, referentes del hip hop español. En una de las mesas del estudio llama la atención un sello de identidad ecuatoriano: un cóndor iluminado en neón que Adrián también lleva tatuado en los dos brazos. El símbolo andino convive con el rap, la cumbia, el reggae y cualquier sonido que encuentre sitio en Sonidero Pachamama, el paraguas cultural bajo el que se mueven muchas iniciativas colectivas.
A los 42 años, Adrián describe el lugar como un puente más que como una simple productora. Un sitio desde el que conectar a Ecuador y Latinoamérica con España y otros puntos de Europa. La mayoría de quienes sostienen actualmente el colectivo son ecuatorianos, aunque por allí circula gente de distintos países. "No nos cerramos a nadie ni a nada", dice Adrían.

Adrián, quiteño, fue uno de tantos adolescentes más que llegaron a España a inicios del 2000, siguiendo a sus padres que habían emigrado antes empujados por la crisis económica. Su familia estaba instalada en Murcia, pero seis meses después de su llegada la familia tuvo que enfrentar una partida prematura. El padre de Adrián, que trabajaba en el mantenimiento de los camiones que transportaban productos de las fábricas de conservas murcianas hacia otros países europeos, tuvo un accidente laboral. El sistema hidraúlico que sostenía un vehículo cedió y él quedó debajo del mismo. "Nos trajo a todos. Y luego se fue él", recuerda Adrián que prácticamente no compartió con él porque antes de venir a España había migrado a Estados Unidos.
Luego de eso vinieron litigios judiciales y la empresa para la que trabajaba se declaró en bancarrota y la familia no recibió la indemnización que esperaba. Su madre sí obtuvo una pensión y Adrián otra pequeña ayuda vinculada a que continuara estudiando. La cantidad que recibía rondaba los 200 euros mensuales. Como vivía con su madre pudo ir guardando parte de ese dinero, y eso le permitió más adelante venir a Madrid a estudiar.
La aparición de la música
Cuando Adrián llegó a España tuvo por primera vez un ordenador propio y empezó a hacer rap. Pasó los primeros meses prácticamente encerrado porque había aterrizado en verano, no conocía a nadie y todavía no había empezado las clases. Comenzó a descargar programas, probarlos y descubrir por sí mismo cómo se podía construir una canción. "No había como ahora, que pones en YouTube 'cómo hacer tal cosa' y te lo explican", dice. El rap resultaba accesible porque no necesitaba una guitarra ni una banda completa. Bastaban una base, una voz y aquel ordenador. "Pude empezar a grabar con uno de esos micrófonos de locutorio", recuerda.
En su colegio en Murcia formó un grupo con un colombiano y una española que había vivido en Francia. Se llamó Mente Aparte Crew y se atrevieron a rapear en francés. La mezcla ya anticipaba buena parte de lo que haría después. Ninguno de sus compañeros continuó profesionalmente en la música, solo él. "No lo tenía claro, pero me fui descubriendo".
Madrid y los discos vendidos en el metro
A los 21 años, ya en Madrid, empezó a formarse en Ingeniería de Sonido en una escuela privada y estuvo allí tres años. La formación coincidió con otro aprendizaje fuera de las aulas. Adrián seguía haciendo canciones, grabando en su cuarto y conociendo a otros músicos en los mismos conciertos. Se encontraban una y otra vez los mismos jóvenes latinos interesados en el rap y algunos españoles que también habían llegado a Madrid desde otras regiones. De aquella coincidencia nació Pachamama Crew. "Fue el rap y la migración", responde cuando intenta explicar qué los unió.

Su base estaba en Cuatro Caminos, otro de los espacios multiculturales de la ciudad. Había ecuatorianos, dominicanos, españoles y músicos vinculados a otros países latinoamericanos. Vendían sus propios discos en parques, en la calle y en el metro. Poco a poco aquella escena independiente empezó a crecer.
El grupo llegó a firmar con el sello Warner Chappell Music Spain y publicó un disco. Tenían previsto recorrer España y parecía que comenzaba una etapa distinta, pero la crisis económica de 2008 paró todo. Los conciertos empezaron a caer, la gira no llegó a realizarse como estaba proyectada y los integrantes del grupo fueron tomando caminos distintos. Uno se marchó a México, otros formaron familias y el proyecto acabó diluyéndose.
Pero antes de la separación, el grupo había empezado a recibir invitaciones para impartir talleres de rap y había viajado a países como Nicaragua y Perú. La experiencia le permitió a Adrián descubrir que la música no tenía por qué desembocar únicamente en un escenario o un disco. También podía utilizarse para trabajar con jóvenes, crear espacios de encuentro o enseñar todo el proceso que existe detrás de una canción. "Me di cuenta de que había otra forma de vivir de la música", explica.
Del salón de casa al sótano de Valverde
En aquellos años de Madrid, Adrián y uno de sus amigos del colectivo, Christian López, conocido como 5J, llegaron a vivir juntos y montaban pequeños estudios en los salones de los pisos que alquilaban. El sótano de Valverde apareció alrededor de 2007, Jota Mayúscula y Supernafamacho los habían visto cantar y vender discos y un día los invitaron a acercarse. Adrián y los suyos eran demasiados para seguir entrando cinco o seis a la vez mientras otros trabajaban, así que terminaron alquilando una parte que estaba libre.
Por primera vez tenían un sitio propio para crear sin ocupar el salón de una casa. Con los años heredaron también parte de la responsabilidad de mantener vivo el espacio. Uno de aquellos músicos murió y Adrián lo describe como un relevo generacional que sabían que llegaría, aunque no de aquella manera. "Nos tocó, ¿sabes? Así de golpe". Negociaron con el propietario y comenzaron a gestionar directamente el lugar.
Sonidero Pachamama llegó después de otra ruta migratoria, esta vez de la propia música. Los miembros del colectivo que firmó con Warner fueron instalándose en México, Perú y París. En Guadalajara, uno de los DJs vinculados al grupo adoptó el nombre Sonidero Pachamama dentro de la tradición sonidera mexicana. Cuando los músicos de Madrid viajaron allí, el nombre terminó regresando con ellos.
Hace aproximadamente un año formalizaron el proyecto como Asociación Cultural Sonidero Pachamama. Adrián reconoce que durante mucho tiempo funcionaron de otra manera. "Siempre hemos sido como muy piratas", dice. La profesionalización les permite ahora facturar, negociar con salas y optar a nuevas formas de financiación sin abandonar la independencia con la que construyeron el colectivo.
Su función dentro del colectivo tampoco tiene un nombre demasiado rígido. "Si no hay DJ, pincho. Si no hay técnico, pues soy técnico. Si no hay logística, pues estoy en la logística", explica. "En el momento de resolver, resolvemos".
La música como herramienta para ayudar a jóvenes
Las tardes de Adrián transcurren en otro punto de Madrid. Desde hace cerca de nueve años trabaja en la Asociación Caminar, en El Ruedo, un conjunto residencial junto a la M-30 que arrastra desde hace décadas una fuerte estigmatización. Allí ejerce como dinamizador y educador y vuelve a utilizar las mismas herramientas que descubrió de adolescente. "Utilizo la música como herramienta", explica.

Todo empezó porque Adrián y sus compañeros diseñaron proyectos en los que llevaban un pequeño estudio portátil y enseñaban a los jóvenes a recorrer el proceso completo. Componían una canción, la grababan, hacían un videoclip y terminaban presentándola. Dieron una serie de talleres gratuitos y la Asociación Caminar terminó incorporándolo a su equipo.
Actualmente trabaja allí de lunes a jueves por las tardes, unas 25 horas semanales. La música sigue siendo una de sus principales herramientas, pero participa también en actividades comunitarias, celebraciones del barrio y acompañamiento a las familias. La población con la que trabaja es diversa y ha cambiado con los años, empezó con gitanos, pero los vecinos latinoamericanos son cada vez más.
Pero las horas que le quedan libres, casi inevitablemente, las pasa en el sótano cercano a la Gran Vía. "Todas el tiempo que no estoy en El Ruedo", responde cuando le preguntan cuántas horas le dedica a su proyecto musical. Ahora trabaja en un proyecto personal de música tradicional ecuatoriana, explora albazos, pasillos y otros ritmos andinos y los lleva a su propio lenguaje. "Cuando yo empecé, el rap era como mi lenguaje y donde yo me sentía identificado", explica. "Pero yo ya he hecho eso y al final mi raíz siempre ha estado", dice.
Si tuviera que elegir una habilidad por encima de todas las demás, tampoco hablaría de rapear, producir o manejar una mesa de sonido. "Conectar personas”, es su respuesta.
Adrián construyó su familia en Madrid y ya es padre de una niña de ocho años. Madrid terminó atrapándole. Lleva alrededor de dos décadas con su compañera, madrileña, a quien conoció mientras estudiaba. Su madre volvió a Ecuador y su hermana y sobrinas aunque la siguieron, ya volvieron a dejar el país y están donde empezó la historia familiar hace más de dos décadas.
Cuando termina de recoger los cables en Valverde, el cóndor continúa encendido e ilumina los ordenadores, los micrófonos y una infraestructura construida durante años para que otras músicas encuentren salida. Adrián repite que quiere ser "el puente" que permita conectar Latinoamérica con España y Europa, ese puente que empieza en el sótano cercano a Gran Vía.
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