¿Cómo se arma una fiesta de la Mama Negra en España? La tradición y devoción ecuatoriana cumple 25 años en Madrid
Ecuatorianos en España no dejan perder esta tradición de Latacunga. Para llegar a la celebración en honor a la Virgen de la Merced se necesita trabajar todo el año. Tiempo, dinero, creatividad y acoplarse a las reglas españolas es el circuito anual de una fiesta que va compartiéndose con las nuevas generaciones ya nacidas en suelo español.

Los migrantes ecuatorianos Jimena Barbosa y Fernando Canchignia organizan desde hace 25 años la fiesta de la Mama Negra en Madrid.
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Soraya Constante
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MADRID. "Hemos podido hacer nuestro país en un rinconcito de España", dice Jimena Barbosa al mirar hacia atrás y pensar en los 25 años que lleva celebrándose en Madrid la fiesta de la Mama Negra. Ella llegó a España hace más de dos décadas, apenas unos días antes que su esposo, Fernando Canchignia, y desde entonces la devoción por la Virgen de la Merced ha terminado ocupando buena parte del calendario familiar.
La celebración empezó mucho más pequeña. Fernando, latacungueño y uno de sus impulsores, recuerda que primero se reunieron alrededor de un cuadro de la Virgen que una tía le había enviado desde Ecuador. Después consiguieron la imagen que conservan hasta hoy. Él insiste en que no la "compraron". "A un santito no se le compra", dice. En su familia aprendió a decir que una imagen se "limosna". Cuando finalmente la talla viajó a Madrid, una azafata se interesó por ella durante el vuelo y, según recuerda Fernando, terminó haciendo parte del trayecto en primera clase.
Desde aquel cuadro, la familia mercedaria fue incorporando elementos de la fiesta que se celebra en Latacunga en dos momentos del año. En septiembre tiene un carácter eminentemente religioso y son los comerciantes de los mercados quienes organizan los festejos en agradecimiento a la Virgen de la Merced. En noviembre adquiere una dimensión cívica ligada a la independencia de la ciudad.

Un trabajo de todo el año para la fiesta
En Madrid se celebra en septiembre, pero se trabaja todo el año por la fiesta. "No esperamos la fecha. Nosotros trabajamos para la fecha", resume Susana Romero, que lleva las cuentas. Los viernes, mientras el grupo de danza de la familia mercedaria ensaya en un parque de Madrid, las familias preparan comida para vender y reunir fondos. Para la fiesta anual hay que pagar permisos, seguro de responsabilidad civil, sanitarios, músicos, espacios y parte de los alimentos. Susana calcula entre 4.000 y 5.000 euros por edición (USD 4.491 a 5.614).
Este año una parte importante de la preparación se hizo en un galpón de Vicálvaro, un antiguo pueblo agrícola incorporado a Madrid en 1951. Bajo techos de zinc, entre camiones y volquetes estacionados, los ecuatorianos rezaron durante nueve noches la novena a la Virgen intentando reproducir la tradición de Latacunga y compartieron comida después de las oraciones. "Un cafecito, una colita con pan o un arrocito amarillo, lo que podamos", cuenta Elvia Estrella, quiteña de 54 años y una de las priostes de este año junto a su esposo. El papel los compromete durante meses con la organización de la fiesta, desde la comida y la música hasta la búsqueda de fondos. "Nosotros estamos trabajando con ellos para que haya esta fiesta", explica.

La celebración principal, sin embargo, sale de Vicálvaro. La misa, la romería y el espectáculo cultural se desarrollan en El Pozo, al sur de Madrid, donde este año les prestaron unas instalaciones municipales. Antes de utilizarlas, los organizadores tuvieron que limpiarlas y retirar incluso colchones que encontraban allí y que eran utilizados por personas sin hogar. Es otro de los trabajos que acompañan una fiesta que depende en buena medida de los espacios que consiguen cada año. Fernando lo resume desde la importancia que da al encuentro por encima de las dificultades:
"Tú has cumplido con la misa, has montado la procesión, has reunido a tus paisanos, has hecho la fiesta. Y ya está".
Fernando Canchignia, migrante ecuatoriano, organizador de la fiesta de la Mama Negra en Madrid
Cuando termina la jornada en El Pozo, la familia mercedaria regresa a Vicálvaro. Allí vuelve a encontrarse alrededor de la comida de agradecimiento. Este año llegaron incluso familiares de Fernando desde Italia, donde, según cuenta la familia, no tienen la posibilidad de organizar una celebración de estas características. Durante unos días, el galpón funciona así como lugar de oración, cocina y reunión para quienes buscan reproducir una tradición que se niegan a olvidar.
El cerdo que casi arruina la ashanga
Reproducir en Madrid lo que ocurre en Latacunga exige, sin embargo, resolver dificultades distintas cada año. En 2026, el problema fue conseguir el cerdo entero que necesitaban para preparar la tradicional ashanga.
La palabra ashanga procede del kichwa y significa canasta, aunque en la Mama Negra designa una estructura cargada de alimentos que el ashanguero lleva sobre la espalda. El cerdo ocupa el centro y a su alrededor se colocan gallinas, cuyes, frutas, dulces y botellas de licor. El peso forma parte de la ofrenda y también de la penitencia.

En años anteriores, la familia mercedaria de Madrid acudía a un matadero de Toledo y conseguía animales de 80, 90 o hasta 100 kilos. Pero aquel matadero cerró. La víspera de la fiesta de este año, Jimena y Susana empezaron a buscar una alternativa a las cuatro de la mañana.
Habían acordado la compra con un vendedor que les advirtió de que el cerdo llegaría sin cabeza. Aceptaron pensando que podrían solucionarlo después. "Íbamos a hacer una cirugía", recuerda Susana entre risas. La idea era coserle una cabeza para conservar el aspecto de la ashanga.
Cuando llegaron alrededor de las cinco de la mañana descubrieron que no faltaba únicamente la cabeza. El animal estaba completamente troceado. "¿Cómo armamos?", recuerda Susana que preguntaron. El vendedor sugirió unir las piezas, pero ellas se negaron. Jimena ya había pagado casi 300 euros por adelantado y comenzó una discusión para recuperar el dinero. El comerciante consiguió finalmente vender la carne a otro cliente y se lo devolvió.

De allí se fueron a Mercamadrid, la mayor plataforma de distribución y comercialización de alimentos frescos de España, que cuenta también con un mercado central de carnes. Tampoco encontraron los ejemplares a los que estaban acostumbrados y terminaron comprando dos de alrededor de 20 y 22 kilos. Fernando cuenta que allí les explicaron que podían conseguir animales enteros de hasta unos 25 o 30 kilos, mientras que los de mayor tamaño llegaban ya partidos y sin cabeza. "Nos ha dolido no haber conseguido el grande", reconoce.
No era únicamente una cuestión de apariencia. "A los chicos les gusta cargar el peso", explica Fernando. "Les gusta el sacrificio y la penitencia". Para él, vestirse para la Mama Negra o cargar la ashanga exige entrar realmente en el personaje. "El bailar no es solo bailar", insiste. Es también "pedirle, rezar, suplicar" a la Virgen.

Cuando terminó la última noche de la novena, la familia de Fernando y otros integrantes de esa gran familia mercedaria se quedaron en el galpón para armar la ashanga. Prepararon y adobaron el cerdo, lo fijaron al armazón que después descansaría sobre la espalda del ashanguero y comenzaron a cubrirlo con frutas, verduras, licores y otros alimentos. "Tiene que estar la ashanga bien armada", explicaba Jimena mientras todavía quedaban horas de trabajo por delante.
Al día siguiente, una furgoneta llevó la estructura desde Vicálvaro hasta El Pozo para incorporarla a la romería. Al terminar la celebración regresó al galpón. El domingo llegó el cierre y también el destino final del cerdo. Lo trocearon para preparar fritada a leña, acompañada de caldo de gallina y ají, y compartirla con quienes habían colaborado durante el año. "Ahí sí bailamos", cuenta Elvia sobre ese último día.
Una penitencia aprendida en los mercados
Para Fernando, todo aquello conecta con la fiesta en la que creció. Sus abuelos, abuelas y tías eran comerciantes de comida y participaban en la organización vinculada a los mercados de Latacunga. "Ya nos iban inculcando a los nietos", recuerda. Él bailaba desde pequeño y llegó a España hace 26 años con esa tradición aprendida.
En Madrid empezó a encontrarse con paisanos y formó un grupo de danza al que llamó Virgen de la Merced. Alrededor de los bailes fueron sumándose más personas y después apareció la idea de organizar la fiesta. "Dábamos pasos pequeñitos", recuerda. Con los años fueron incorporando detalles para acercarse cada vez más a lo que él define como "lo tradicional, lo autóctono, lo que es de pueblo".

Hacerlo en Madrid también obligó a aprender otras reglas. Necesitan permisos, seguros, sanitarios y espacios autorizados. En algunas ediciones llegaron a congregar a miles de personas en Aluche. Fernando recuerda una con alrededor de 6.000 asistentes. Los problemas posteriores para conservar permisos y el comportamiento de parte del público los llevaron a reducir horarios y reforzar el carácter religioso de la celebración. "No es que tengo que emborracharme", dice al explicar qué quiere evitar. Su propósito es que la música y el baile no terminen ocultando la devoción que dio origen a la fiesta.
De hijos a nietos
Veinticinco años después, esa tradición ya no pertenece únicamente a quienes llegaron de Ecuador. El hijo de Fernando participa en las danzas y también lo hacen sus nietos. Uno apareció este año vestido de payasito y otro baila con su abuelo personajes de la Mama Negra. "Van heredando, les va gustando", dice Fernando mientras los señala entre los bailarines.

En la familia de Elvia la transmisión ocurrió de otra manera. Esta quiteña de 54 años y con 23 en España llegó a los mercedarios a través de uno de sus hijos, que empezó a bailar cuando era adolescente. Ella fue a verlo acompañada de su hija y de su nieto Jeremy. Al niño también le gustó. Entró al grupo con ocho años, ahora tiene 19 y continúa bailando.
Elvia no creció teniendo a la Virgen de la Merced como su principal devoción. En Quito estaba más vinculada a la Virgen del Quinche. En Madrid empezó a acercarse a la Merced a través de su familia y de episodios que interpreta como favores recibidos. Recuerda la angustia cuando uno de sus hijos tenía una carta de expulsión y finalmente consiguió resolver su situación. También un depósito de agua caliente que se desprendió en casa sin provocar una tragedia y un accidente de coche del que otro de sus hijos salió ileso. "Son cosas milagrosas que yo le agradezco", asegura.
Además de ejercer como prioste, durante estos días Elvia fue una de las encargadas de custodiar la imagen. La Virgen iba y venía con ella en el asiento trasero de su vehículo. "Cuando va a mi casa estamos nosotros tranquilos", cuenta. Para Elvia, tenerla allí significa que "bendice mi hogar, a mis hijos, a mis nietos y a todos".

El domingo, de vuelta en el galpón de Vicálvaro, Jimena volvió a encargarse de la comida. La fritada es una de sus responsabilidades y la cantidad de gente nunca la asusta. "Mientras más gente haya, mejor", asegura.
Allí terminaron comiendo juntos quienes habían rezado la novena, vendido platos durante meses, buscado un cerdo de madrugada, bailado y cargado la ashanga.
Los camiones y los volquetes seguían sirviendo de testigos de esta devoción que formó en Madrid una familia mercedaria que ya reúne a quienes emigraron y a quienes han crecido aquí. Veinticinco años después de aquella primera misa alrededor de un cuadro, quizá sea esto lo que Jimena quiere decir cuando afirma que han conseguido "hacer nuestro país en un rinconcito de España".
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