3.500 dólares al mes trabajando de lunes a lunes | La ruta de una ecuatoriana en Nueva York para pagar deuda de USD 20.000
Los préstamos para emigrar pueden comprometer durante años los ingresos de los ecuatorianos en Estados Unidos. Entre pagos a prestamistas, alquileres y remesas, una mujer de Manta cuenta cómo consiguió saldar su deuda.

Fotocomposición sobre migración irregular a Estados Unidos y deudas adquiridas con coyoteros.
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Fotocomposición/Nelson Dávalos
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NUEVA YORK. Durante ocho meses, Juliana pagó USD 300 mensuales por dormir en un colchón en el piso de una habitación en Queens. Era el espacio que podía permitirse en el apartamento de una amiga en Nueva York, después de haber pasado tres meses viajando desde Ecuador con coyoteros. Había llegado con una deuda de USD 20.000, sin empleo y con sus pertenencias que cabían en una pequeña mochila negra. A los 27 años, la mujer que había salido de Manta, buscando una oportunidad, tenía una preocupación inmediata: conseguir trabajo para devolver el dinero que otros habían adelantado por ella.
Su amiga y compañera de cuarto la ayudó a encontrar empleo en un salón de belleza. “De unas chinitas”. Ganaba unos USD 200 semanales. Pronto descubrió que esa cantidad no alcanzaba para cubrir sus necesidades, mucho menos para pagar el viaje. Otra conocida le habló entonces de un bar donde podía obtener más dinero conversando y bailando con clientes para animarlos a consumir bebidas alcohólicas. Le explicaron que debía arreglarse, sonreír y vestir de manera atractiva. “Cuando escuché que podía ganar USD 500 a la semana, solo pregunté si era de prostituta” Le respondieron que no. Después de escuchar las condiciones, decidió probar.
Las propinas cambiaron sus ingresos. Combinó ambos empleos y llegó a reunir aproximadamente USD 3.500 mensuales. De esa cantidad debía separar entre USD 400 y USD 500 para los pagos relacionados ‘al viaje’, y USD 300 por el espacio donde dormía. También necesitaba dinero para comer y transportarse. Algunas veces comía en el bar para gastar menos. Procuraba enviar otros USD 100 cada semana a su familia en Manta. Si no alcanzaba, mandaba lo que pudiera. “Prefería hacer transferencias pequeñas, porque reunir USD 400 al final del mes le resultaba más difícil”.
Durante años, su vida transcurrió entre el salón de uñas y el bar. Trabajaba de lunes a lunes y prefería mantenerse ocupada porque extrañaba a su familia. Ocho meses después de llegar pudo alquilar una habitación por USD 500. Por primera vez desde su llegada tenía una cama. La diferencia parecía pequeña frente a los miles de dólares que todavía debía, pero para ella significaba haber conseguido un espacio propio.

El caso de Juliana muestra lo que ocurre después de un viaje financiado con préstamos. Las deudas pueden extenderse durante años, mientras los migrantes deben pagar alojamiento, alimentación y transporte, además de enviar dinero a sus familias. La Policía Nacional de Ecuador ha identificado cuatro rutas principales utilizadas por redes de tráfico ilícito de migrantes hacia Estados Unidos, con cobros de entre 5.000 y 50.000 dólares por persona. Las cantidades corresponden a diferentes modalidades y recorridos, según un informe de la Unidad de Investigación contra la Trata de Personas y Tráfico Ilícito de Migrantes difundido en mayo de 2026. El precio inicial tampoco siempre es definitivo: durante el trayecto, repleto de peligros y riesgos para la vida de los migrantes, pueden aparecer nuevos cobros que obligan a las familias a conseguir dinero con urgencia.

Una deuda que se paga por etapas
Juliana recuerda que su recorrido comenzó una madrugada de abril, hace aproximadamente ocho años. En Manta no encontraba trabajo y atravesaba una relación de pareja complicada. Una amiga que ya estaba en Estados Unidos le había hablado de las oportunidades laborales en Nueva York y le facilitó el contacto de una “agencia” que organizaba viajes sin visa. No tenía ahorros, pero aceptó financiar el traslado. Salió desde Guayaquil hacia Guatemala y desde allí continuó por tierra.
Según cuenta, los pagos estaban repartidos entre diferentes intermediarios. Antes de salir de Ecuador había que entregar USD 5.000; en Guatemala exigían otros USD 5.000 y para continuar hacia México, USD 4.000 más. Después venían nuevos cobros en Houston y otros USD 2.000 para llegar a Nueva York. Juliana explica que los familiares “del viajero” debían tener el dinero disponible para pagar cada tramo. “No puedes decir: déjame conseguir, dame una semana. Cuando un familiar no reunía el dinero a tiempo, tu migrante lo dejan abandonado durante el recorrido... puede pasar de todo…” Ella pasó aproximadamente tres meses viajando. Durmió en autobuses, camiones y, algunas noches, en hoteles. Recuerda el frío, las dificultades para atender sus necesidades básicas, como ir al baño y las llamadas a Ecuador para conseguir más dinero y poder continuar.

No recuerda exactamente cuánto tiempo tardó en cancelar los USD 20.000. Dice que realizó tantos envíos a Ecuador que perdió la cuenta de las fechas y que las cantidades variaban según sus ingresos. Lo que sí sabe es que hace tres años ya había terminado de pagar sus deudas. Y que lo hizo antes del tiempo acordado. Mientras tanto, sus condiciones de vida fueron mejorando. Actualmente comparte un apartamento con una compañera de trabajo. El alquiler total es de USD 1.360 y cada una paga USD 680, además de los servicios.
Hace cuatro años compró al contado un automóvil usado por USD 7.000. “Es un carro sencillito”, dice, aunque recuerda que en Manta ni siquiera contemplaba la posibilidad de tener uno. También comenzó a enviar teléfonos, cremas, zapatos y ropa a su madre y sus hermanas. “Aquí ves la marca, por ejemplo, Michael Kors, y sabes que cualquiera lo puede tener, pero allá en Manta no”, comenta. Le gusta verlas vestidas 'nice'. Aunque ahora sale ocasionalmente con amigas, reconoce que todavía le cuesta gastar dinero en ella misma.
Su rutina actual sigue siendo exigente. Consiguió, hace dos años, un nuevo empleo en un restaurante donde trabaja de 10:00 hasta las 16:00 y, después, en el mismo bar de hace ocho años de 18:00 pm hasta las 03:30. Entre ambos empleos calcula ingresos mensuales de USD 4.500 a USD 5.000, dependiendo de las propinas. Sigue cuidando su apariencia porque considera que influye en lo que gana. Lleva las uñas y el cabello bien arreglado. Aunque ya no tiene que pagar el viaje, continúa organizando sus gastos con el mismo cuidado que cuando debía dinero.
Su siguiente objetivo es abrir un salón de uñas. Ha estudiado técnicas especializadas y peluquería en Estados Unidos y calcula que instalar el negocio podría costarle más de USD 200.000, una estimación personal que todavía no ha contrastado con presupuestos. Tiene ahorros y un número de identificación tributaria individual, conocido como ITIN, pero no cuenta con un estatus migratorio regular. Le preocupa invertir lo que ha reunido y enfrentar una detención que le impida continuar con sus planes. “Me pregunto, qué futuro puedo construir ahora en un país donde mi permanencia es ahora incierta”.
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