Dejó Ecuador por extorsiones y se fue a Estados Unidos, pero hoy busca un tercer país para poder reunir a su familia
Desde enero de 2025, el Gobierno de Estados Unidos asegura que más de dos millones de migrantes han abandonado voluntariamente el país, mientras las detenciones de ICE alcanzaron cifras récord este verano. Bolívar llegó desde Ecuador unos meses antes de ese giro, agobiado por las extorsiones en su negocio en Quito. Ahora también piensa en irse.

Estudiantes, activistas y políticos locales se reúnen en Corona, Queens,en Nueva York, el 10 de agosto de 2026, para protestar contra las redadas de agentes del ICE en esta zona, muy tradicional para migrantes ecuatorianos y latinoamericanos en general.
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AFP
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NUEVA YORK. Bolívar llegó a Queens, Nueva York en el otoño del 2024 con un plan que, sobre el papel, parecía funcionar. Trabajaría, pagaría las deudas que había dejado en Ecuador y prepararía el terreno para que su esposa y sus hijas pudieran visitarlo en la primavera del siguiente año. Casi dos años después, ellas siguen en Quito y él ha comenzado a preguntarse cuánto tiempo más puede sostener una vida construida lejos de ellas.
En Ecuador, Bolívar ya sabía lo que era multiplicar las horas para llegar a fin de mes. Es licenciado en Periodismo y trabajaba para un medio digital. Por las noches daba clases en una universidad de Quito y, junto con su esposa, mantenía una despensa y un bazar de útiles escolares.
Los ingresos de sus trabajos profesionales no eran suficientes y los negocios completaban la economía familiar. Hasta que… “comenzaron las extorsiones. Nos exigían dinero y, cuando nos negamos a pagar, porque no teníamos de dónde, empezaron a amenazarnos y a seguirme hasta mi trabajo. Ahí empezó a dibujarse ‘el sueño americano”.
Pero salir juntos no era una opción inmediata. Bolívar tenía visa estadounidense; su esposa y sus hijas, no. La familia decidió entonces que él viajaría primero y que ellas solicitarían sus visas después, cuando él estuviera instalado.
Entró a Estados Unidos con visa de turista en septiembre y posteriormente solicitó asilo por las amenazas y extorsiones que sustentó haber sufrido en Ecuador. Durante los primeros meses vivió en la sala del departamento de una pareja de amigos y su bebé. Después pudo mudarse con otros dos amigos a un apartamento de tres habitaciones. Seguía compartiendo vivienda, pero por primera vez tenía un espacio propio.
También multiplicó los trabajos. Durante unos siete meses obtuvo ingresos conduciendo para Uber. Más tarde recibió autorización para trabajar y consiguió un empleo de tiempo completo en una empresa de distribución. Pero una jornada no siempre terminaba allí. Cuando el cuerpo ‘le daba’, cuenta, manejaba otras tres horas para Uber. En sus días libres podía pasar ocho horas conduciendo o haciendo entregas de paquetes.

El dinero empezó finalmente a alcanzar para algo más que sobrevivir. Podía mantenerse en Estados Unidos, enviar recursos a Ecuador y comenzar a pagar las deudas que habían quedado después de cerrar los negocios. Aquello empezaba a parecerse al objetivo por el que había decidido separarse de su familia.
Cuando el sueño empezó a encogerse
Mientras él avanzaba, el otro lado del plan se complicaba. Su esposa y sus hijas solicitaron dos veces una visa para viajar a Estados Unidos y en ambas ocasiones se la negaron. La separación, que habían calculado sea máximo un año, se quedó sin fecha de término.
A finales de 2025, Bolívar también empezó a reducir los trabajos que hacía fuera de su empleo formal. El escenario migratorio que encontró al llegar a Estados Unidos en octubre de 2024 cambió drásticamente durante los meses siguientes. Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, las detenciones de ICE fueron aumentando hasta alcanzar cifras récord en el verano de 2026: el Departamento de Seguridad Nacional reportó 50.208 arrestos en julio y 50.925 en agosto, el tercer máximo mensual consecutivo. La presión se extendió además a lugares cotidianos: detenciones en viviendas, sitios de trabajo, controles de tránsito, cortes, citas migratorias, aeropuertos.
Para Bolívar, que había complementado sus ingresos conduciendo para Uber y Lyft y haciendo entregas, ese nuevo escenario empezó a modificar incluso los lugares a los que estaba dispuesto a trabajar.
Recuerda especialmente una carrera. “La aplicación me ofreció un ‘ride’ bien pagado al aeropuerto y decidí aceptarla. Pero durante el trayecto, iba rezando. El temor a encontrarme con ICE era enorme”. Desde entonces, asegura, no ha vuelto a aceptar una carrera hacia este destino.
Bolívar, que ya cargaba con la distancia y con períodos de depresión por no poder abrazar a su esposa ni a sus hijas y de la incertidumbre de no saber cuándo volverán a estar juntos; sumaba ahora la ansiedad de ser detenido y deportado. Entonces, cuenta, empezó a cuestionarse y a plantear abandonar ‘el sueño americano’.
"El dinero importa, pero también importa quién está del otro lado de la pantalla cuando termino de trabajar”.
Bolívar, migrante ecuatoriano en Nueva York
La paradoja es que económicamente había comenzado a conseguir aquello que fue a buscar. Tenía autorización para trabajar, un empleo estable y la posibilidad de enviar dinero. Pero cada vez se sentía menos libre para aprovechar los trabajos adicionales con los que pretendía acelerar el pago de sus deudas y el ahorro.

Para muchos inmigrantes latinos, la dimensión económica sigue siendo central en la idea del sueño americano. El 68% menciona la estabilidad financiera, las oportunidades económicas o tener una vivienda cuando explica qué significa ese ideal, según una encuesta de Pew Research Center publicada en septiembre de 2026.
Su esposa, también profesional, tardó alrededor de nueve meses en conseguir una fuente de ingresos en Ecuador y ahora trabaja haciendo redacciones y corrigiendo tesis. La familia continúa separada y Bolívar no contempla que ella y sus hijas intenten llegar cruzando la frontera.
Regresar a Ecuador tampoco aparece como una solución. Allí permanecen las razones por las que decidió salir y, según cuenta, conoce personas que siguen buscando otros destinos fuera del país. Estados Unidos, mientras tanto, ya no representa para él la certeza que imaginaba cuando llegó en 2024.
Por eso ha comenzado a ahorrar con otro propósito. Ya no piensa únicamente en establecerse mejor en ‘América’. Él y su esposa hablan de buscar un tercer país donde los cuatro puedan empezar otra vez.
Bolívar todavía se levanta a las 06h45 am, de martes a viernes, para ir a su trabajo en la distribuidora. Todavía envía dinero y hace cuentas sobre cuánto más puede guardar, para seguir pagando las deudas y para reunirse junto a su familia en un país que no es el suyo, pero tampoco donde antes creía estaba su ‘sueño’.
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