De la Vida Real
La niña inmortal de Villa Celia
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Mi abuela siempre decía que la casa de Celia Zaldumbide era muy desordenada. Que era impresionante todo lo que guardaban. Con esa imagen crucé hace pocos días el jardín de Villa Celia, en plena Mariscal, sin idea de con qué me iba a encontrar.
La casa es una belleza, pero no fue eso lo que me impresionó.
Antes de entrar a la sala, vi una foto retocada a la antigua. Una niña chiquita, divina. Le reconocí enseguida: mi abuelo tenía esa misma foto en un rincón de su casa. Ella seguía igual mientras a mí me iban pasando los años. Era una niña inmortal. Nunca pregunté quién era, di por hecho que era alguna antepasada.
Tengo que confesar algo: para los apellidos y los linajes soy la peor. Confundo parentescos, mezclo generaciones, y los antepasados me resultan más complicados que la física cuántica. Así que no pregunté nada. Saqué el celular y le tomé una foto.
La sala donde hoy se dan conciertos de piano antes fue el comedor de la familia. Ahí empecé a conocer a Celia Zaldumbide.
Nació en París en 1926, fue hija única y aprendió piano con su madre, la pianista guayaquileña Isabel Rosales. No se casó ni tuvo hijos: la música fue el amor de su vida, y en esa casa enseñó a muchos jóvenes músicos. Decía que al tocar había que ser lúcida y no lucirse.
En 1989 creó la Fundación Zaldumbide Rosales. Murió en 2014, a los 87 años, pero la casa sigue sonando: la fundación sigue becando a jóvenes músicos.
Subimos al segundo piso y entramos a una especie de biblioteca. Ahí estaba otra foto, y esta no solo había estado en la sala de mis abuelos: está en la casa de mis papás, en la mesa principal de las fotos. No voy a negar que sentí un poco de miedo y curiosidad.
Jorge Moreno, quien guarda toda la memoria de la fundación, me contó que esos libros pertenecieron a la familia Zaldumbide. Luego me enseñó un libro que también estaba en la biblioteca de mi abuelo: su tío Gonzalo, autor de 'Égloga trágica', le había pedido que le hiciera la portada cuando mi abuelo era todavía un adolescente.
En otra habitación encontré una foto que reconocí enseguida: el papá de mi abuelo. Le sonreí a ese retrato en blanco y negro y juré que esta vez sí preguntaría un poco más. Pregunté, pero ya me olvidé de la mitad. Lo que logré captar es que Gonzalo Zaldumbide, el papá de Celia, era tío de mi abuelo. Y entendí por qué los mismos retratos vivían en las dos familias.
En el tercer piso está la colección de piezas precolombinas más grande que he visto en mi vida: miles de piezas de culturas de la Costa y de la Sierra, clasificadas por género. Nonoy Eliizalde, directora de la fundación y sobrina de Celia por el lado Rosales, me explicó que Celia y sus papás compraban todo, pero sabían lo que compraban. Eran coleccionistas de verdad. Pensé en mi abuela. Lo que ella recordaba como desorden era una colección de colecciones, pero mal distribuidas.
Mientras recorríamos las vitrinas, Jorge me contó una historia que yo me había olvidado. En los años setenta, un coleccionista italiano exportó miles de piezas arqueológicas que pertenecían al Ecuador, y mi abuelo, Rodrigo Pallares Zaldumbide, peleó para que esta colección regresara al país. El juicio se hizo en Turín y duró años. En 1983, más de doce mil piezas regresaron al Ecuador. Pensé que mi abuelo y Celia pasaron la vida cuidando lo mismo: la memoria de los que vivieron aquí antes que nosotros.
Esa noche le llamé a mi abuela para contarle todo.
Solo me dijo: “Muy alhaja era la Celia, ¡pero vivía en una casa tan desordenada! Había pilas de periódicos por todas partes, no se podía ni caminar. Y tenía millones de gatos que rondaban por ahí”.
No me contó nada del piano ni de la música. Me di cuenta de que la memoria es frágil, que las historias cambian con los años y que al final solo nos queda lo que más nos impresionó.
Pero los objetos no olvidan. No solo la sangre te hace pariente ni solo las anécdotas te hacen cercano. También esas fotos que pasan de casa en casa, esas copias que se heredan sin que nadie explique por qué están ahí. Ese día sentí en Villa Celia una familiaridad que no se tiene en un museo ni en la casa de un extraño. Las cosas de los antepasados viven entre nosotros, aunque no sepamos sus nombres.
La niña del retrato sigue ahí, inmortal. Todavía no sé cómo se llama, pero ya sé que no es una foto cualquiera.