Recursos estratégicos como rehenes: la geoeconomía vuelve
Tercera y última entrega sobre el Informe Anual 2026 del FMI. Tras la resiliencia global y la deuda, este análisis aborda la guerra comercial de Trump, el uso de tierras raras y energía como armas y el auge de la geoeconomía.

Cartel de las Reuniones Anuales del Grupo del Banco Mundial de 2026 visto durante los preparativos para la semana de las Reuniones Anuales del FMI y el Grupo del Banco Mundial de 2026 en Bangkok.
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IMAGO / SOPA Images
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La antesala de Bangkok
La temporada de las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial ya arrancó: el 7 de octubre, Kristalina Georgieva pronunció el discurso previo a las sesiones en Bangkok del 12 al 18 de octubre. Según el resumen publicado por el FMI, señaló tres corrientes cruzadas: la inteligencia artificial, una energía persistentemente cara (petróleo en torno a 100 dólares, con la guerra del Golfo en su octavo mes) y una deuda pública cercana a máximos desde la Segunda Guerra Mundial.
Un dato geoeconómico: los equipos de IA ya superan una décima parte del comercio mundial de bienes, con un crecimiento concentrado en Estados Unidos, China, India y unos pocos proveedores asiáticos de chips (Taiwán, Corea del Sur).
El Informe Anual abre diciendo que 2025 “se caracterizó por su resiliencia” pese a los cambios sustanciales en el sistema internacional de comercio. Los flujos comerciales aguantaron los choques del año pasado, pero las interrupciones de suministro y las barreras elevadas persisten, y por eso el Fondo recomienda reducirlas y mantener una política comercial predecible.
Del arancel al tribunal
El 20 de febrero, la Corte Suprema de EE.UU., por seis votos contra tres, dictaminó que la ley de emergencias económicas (IEEPA) no autoriza al presidente a imponer aranceles. Trump respondió con un recargo global bajo la sección 122 (10%, con un aumento anunciado a 15%), limitado a 150 días, y con nuevas investigaciones bajo las secciones 232 y 301, que el fallo no tocó. La guerra comercial no terminó: cambió de base legal.
Lo revelador es el propósito. Krugman recuerda que los aranceles se han usado como palanca política: para presionar a Dinamarca por Groenlandia, a la Unión Europea para que relaje su regulación sobre las tecnológicas estadounidenses y a Brasil para que libere a Jair Bolsonaro. Es geoeconomía en estado puro: poder económico al servicio de objetivos que nada tienen que ver con el comercio.
Los recursos estratégicos como rehenes
El arma más eficaz no ha sido el arancel sino el cuello de botella. En abril de 2025, en represalia por los aranceles del “Día de la Liberación”, China impuso licencias de exportación a siete tierras raras.
En octubre amplió los controles y Trump amenazó con un arancel adicional de 100%; la tregua del 30 de octubre de 2025 pospuso un año la nueva ronda, pero dejó vigentes las restricciones de abril. Tras la cumbre de mayo de 2026, el régimen sigue prácticamente intacto. Según Reuters, los fabricantes pagan entre 1,5 y 3 veces más por los imanes, y Japón recibió apenas el 4% del disprosio que importaba antes. Pekín controla además más del 90% de la capacidad mundial de refinación de tierras raras.
La energía corre una suerte parecida: con el petróleo cerca de USD 100 y la guerra del Golfo en su octavo mes, según Georgieva, el control de un insumo vital vuelve a mostrarse como instrumento de presión, y no solo en manos de China.
Lo que dicen los economistas
La revista del FMI Finanzas & Desarrollo dedicó su número de junio a la geoeconomía. Su directora editorial, Gita Bhatt, resume el equilibrio buscado: “La resiliencia importa, pero también la moderación”. Josh Lipsky, del Atlantic Council, cuenta que un alto funcionario brasileño le preguntó qué era la geoeconomía y, al oír la respuesta, replicó: “Aquí en Brasil, a eso lo llamamos simplemente política”. Occidente, dice Lipsky, redescubre lo que el resto del mundo nunca olvidó, ahora que China produce cerca del 30% de la manufactura mundial frente al 16% de Estados Unidos.
Clayton, Maggiori y Schreger aportan la lógica del cuello de botella: el poder de un hegemón crece de forma desproporcionada cuando controla casi todo un insumo (no es lo mismo dominar el 95% que el 85%), y a un país mediano le basta una alternativa con 10% del mercado para resistir buena parte de la coerción.
Por eso las sanciones a Rusia en 2022 golpearon menos de lo esperado: Rusia llevaba ocho años construyendo alternativas. El riesgo es que, al blindarse todos, el sistema se fragmente hasta ser “una economía mundial fracturada donde todos terminan más pobres y menos seguros”. Su receta: diversificar solo en los cuellos de botella reales y que el hegemón se autolimite.
Jeffry Frieden añade que la coerción tiene costos para quien la ejerce —eficiencia, innovación, credibilidad y cohesión interna— que a veces superan los beneficios. Y un estudio de Cesa-Bianchi, Ferrero, Fornaro y Martin Wolf sostiene que el “segundo shock chino” y los déficits comerciales persistentes minan la innovación de los países deficitarios; los aranceles, advierten, tienen un efecto incierto sobre el comercio neto, por lo que proponen una mayor política industrial y de innovación.
Krugman cierra con una advertencia sobre quién gana: en dólares, Estados Unidos sigue siendo la mayor economía; en paridad de poder adquisitivo y en manufactura, China la supera ampliamente. Su conclusión: “Si la rivalidad avanza hacia un conflicto total, China tendrá la ventaja”.
América Latina y Ecuador: entre dos hegemones
América Latina es tablero y premio. Concentra cerca del 60% de las reservas mundiales de litio y el 40% de la producción de cobre. Washington ha invertido más de 1.000 millones de dólares en minerales críticos de la región desde enero de 2025 y firmó 11 acuerdos y memorandos con países como Argentina, Ecuador, Perú y Paraguay en la Cumbre de Minerales Críticos de 2026; pero China sigue siendo el mayor comprador (un tercio de las exportaciones minerales regionales en 2023). Brasil conoce además la coerción: fue blanco de un arancel por el caso Bolsonaro que el fallo de febrero invalidó.
Ecuador apostó por la vía bilateral. El Acuerdo de Comercio Recíproco, firmado el 13 de marzo, elimina el recargo sobre el 53% de las exportaciones no petroleras (unos 2.786 millones de dólares) y, aunque la Corte Suprema de EE.UU. ya había anulado el régimen arancelario global, Quito lo cerró para blindar sus ventas ante cualquier nueva medida. A cambio abre su mercado agrícola, acepta vehículos y estándares estadounidenses, y el pacto deja fuera de la rebaja las medidas de las secciones 232 y 201. Primicias recoge las dudas sobre si el país cede más de lo que gana. Además, su cinturón andino ofrece tierras raras pesadas, oro y cobre: el mismo tipo de recurso que hoy es moneda de cambio.
La lección para una economía mediana es la de Maggiori y Schreger: diversificar donde la dependencia es mayor y preservar las reglas multilaterales que vuelven predecible el poder, en línea con lo que el Informe Anual recomienda: menos barreras y una política comercial predecible.
Cierre de la serie
Resiliencia, deuda y geoeconomía son tres caras de un mismo mundo, en el que la interdependencia dejó de ser sinónimo de seguridad. Bangkok dirá si la cooperación todavía alcanza para contener lo que la coerción ha desatado.
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