El shuar ecuatoriano que llegó a Nueva York sin conocer a nadie | Creó una constructora y hoy financia proyectos en la Amazonía
Llegó de la Amazonía ecuatoriana sin vínculos en Nueva York y pasó cuatro noches durmiendo en unos contenedores, en la calle. Hoy dirige una empresa con 15 trabajadores y financia proyectos para comunidades shuar de Ecuador.

El ecuatoriano Luis Nunink, fundador de Nunin JC Construction, durante los trabajos de remodelación de una vivienda en Nueva York. Su empresa realiza proyectos de renovación de casas y apartamentos.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Luis Nunink recuerda cuánto lloró al llegar a la estación Grand Central de Nueva York. Era agosto de 2001, tenía 23 años y acababa de cruzar Estados Unidos con la esperanza de encontrar una vida distinta a la que había dejado en Ecuador. Su destino original era Los Ángeles, donde un tío había prometido recibirlo, pero el familiar cambió de opinión.
Sin dinero ni un lugar adónde ir, siguió a otros viajeros hasta Nueva York. Allí observó cómo las familias recibían a los recién llegados entre abrazos. “De esos abrazos largos, que te hacen sentir en casa”. Cuando todos se marcharon, se quedó solo. “Si en la montaña no me he perdido, ¿por qué voy a perderme aquí?”, recuerda que se preguntó. Y sólo siguió a otros compañeros de viaje.
Había nacido en Santa Ana, una comunidad, en Morona Santiago, en el seno de una familia shuar. Vivió en su comunidad hasta los diez años y medio, cuando pasó a un internado en Cuenca. Allí estudió hasta terminar el colegio. En algún momento recibió una carta del obispo en la que le preguntaban si quería continuar la vida religiosa. “Yo escogí el mundo”, cuenta. Se trasladó a Quito y, poco después, emprendió el viaje hacia Estados Unidos. Llegó el 8 de agosto de 2001, apenas un mes antes de los atentados contra las Torres Gemelas.

En Grand Central se acercó a un desconocido para preguntarle cómo llegar a un barrio donde vivieran ecuatorianos. El hombre, Mesías Fuentes, había sido militar en Ecuador y conocía la Amazonía. Primero le explicó cómo tomar el tren 7, pero al advertir que el joven no tenía dinero ni sabía dónde quedarse, decidió llevarlo a la habitación que alquilaba en Brooklyn. Le ofreció permanecer allí mientras él salía a trabajar. La ayuda duró menos de dos horas: el propietario del apartamento encontró a Luis y lo echó porque no estaba autorizado a alojar a otra persona.
“Durante cuatro noches dormí en unos contenedores junto a un supermercado y busqué comida entre los desperdicios”. La desesperación llegó a ser tan profunda que, según relata, pensó en quitarse la vida. Volvió a encontrarse por casualidad con Fuentes, quien le regaló USD 300 para comprar ropa, habló con el dueño del apartamento y consiguió que pudiera quedarse. También lo ayudó a buscar empleo. Al día siguiente de volver a alojarse allí, Nunink empezó a trabajar en una compañía de construcción de ecuatorianos. Nunca antes había trabajado en ese oficio.
Aprendió en las obras durante unos seis años. Más tarde, la recesión económica golpeó al sector y perdió su empleo. Su esposa, una ecuatoriana de Gualaceo a quien había conocido en Nueva York, lo ayudó a conseguir trabajo en la fábrica de fotografía donde ella trabajaba. Luis dice que tuvo que comenzar otra vez, pero ya había aprendido un oficio que no quería abandonar. También había conocido a Charles Griffin, un empresario estadounidense que se convertiría en padrino de su matrimonio y en uno de sus principales consejeros. Le insistía en que ahorrara y administrara su tiempo si quería construir algo propio antes de cumplir los 50 años.

Cuando reunió algunos ahorros, habló con su esposa sobre la posibilidad de abrir una constructora. Ella lo respaldó y mantuvo su trabajo mientras él intentaba conseguir clientes. Los primeros años fueron difíciles: pasó cerca de 48 meses con ingresos escasos e irregulares. Además, recuerda comentarios de conocidos que cuestionaban sus posibilidades de convertirse en empresario. Luis que decidió continuar, aunque todavía no tenía contratos suficientes para sostener el negocio.
“Tú no tienes papeles, ¿cómo vas a hacer? Aparte de eso, eres indígena, no tienes conocimiento”.
Comentarios que recibía el ecuatoriano Luis Nunink cuando decidió montar su propia empresa constructora.
De los primeros contratos a las obras completas
Griffin se convirtió en su primer cliente. Necesitaba renovar y ampliar espacios de un negocio relacionado con el arte, y le encargó los trabajos. Después llegaron recomendaciones y nuevos contratos. Luis comenzó con pequeñas reparaciones y remodelaciones de apartamentos. Hoy, unos 13 años después de crear Nunin JC Construction, una empresa registrada en Nueva York, ejecuta proyectos de renovación de viviendas completas, incluidas casas unifamiliares. “Antes hacía apartamentos o pequeños trabajos; ahora mi trabajo ha crecido a obras completas, con acabados profesionales”, explica. Tiene 15 empleados.

Su identidad shuar sigue presente en la vida familiar. Tiene dos hijos, a quienes ha involucrado desde pequeños en actividades culturales ecuatorianas. La familia participa en Sisapacari, una organización intercultural dedicada a la danza y la música. Para celebrar sus 50 años, su esposa organizó una fiesta inspirada en las tradiciones de la Amazonía y de aquella experiencia surgió el grupo de danza Los Capibaras de Nueva York. Nunink cuenta que sus integrantes proceden de distintas regiones de Ecuador y de otros países latinoamericanos. “Soy shuar. Entonces, mis hijos también bailan la música shuar”.
El crecimiento de su empresa le ha permitido financiar iniciativas en Morona Santiago. Asegura que brinda ayuda a adultos mayores y niños de unas seis comunidades amazónicas mediante alimentos, ropa y otros artículos. En una finca que posee en la zona, construye desde hace aproximadamente cuatro años, un espacio de encuentro para personas mayores, al que llama un ‘coliseo en medio de la selva’. También ha destinado recursos propios y conseguido apoyo de amistades para abrir y ampliar un camino que facilite la movilidad de las comunidades y el traslado de productos agrícolas.

Esa trayectoria empresarial y comunitaria fue reconocida recientemente en Queens, donde fue presentado como representante de la nacionalidad shuar. El empresario asegura que nunca buscó hacer públicas sus contribuciones. Recuerda que su padre compartía lo poco que tenía y que esa conducta influyó en su manera de ayudar. Después de casi 25 años en Estados Unidos, también ha podido reencontrarse con su madre, a quien volvió a abrazar tras 18 años de separación.
Salarios impagos, discriminación y temor a las redadas
La construcción, el sector en el que Luis Nunink consiguió abrirse camino, también presenta dificultades para los trabajadores migrantes. Según un informe de la Contraloría del Estado de Nueva York, los inmigrantes representan el 61% de la fuerza laboral de la construcción en la ciudad. Luis conoce casos de trabajadores que debían recoger materiales antes de iniciar su jornada y devolverlos después, sin recibir pago por esas horas adicionales. Otros le han contado que esperaron semanas para cobrar o recibieron cheques sin fondos. “Hay mucha gente humilde que hace todo lo posible para poder trabajar, para poder llevar algo para su casa y de esta debilidad, mucha gente se aprovecha”, señala.
Él mismo sufrió discriminación. Después de instalar gabinetes durante tres días para un cliente, esperó a que le pagaran lo acordado. El hombre se negó inicialmente y, cuando Luis insistió, lo insultó por ser indígena ecuatoriano y le arrojó los billetes desde la ventanilla de su automóvil. “Uno honradamente ha trabajado y que te boten el pago en la cara, fue una de las experiencias más humillantes que he vivido” … “más que dormir en la calle”. Recalca.
A estas dificultades se suma la incertidumbre migratoria. Cuenta que dos trabajadores de su empresa fueron detenidos por las autoridades migratorias este año y posteriormente deportados. Uno llevaba casi cinco años trabajando con él y fue arrestado, según la información que recibió, cuando regresaba a su vivienda. El otro fue detenido durante un viaje familiar hacia Buffalo. Desde entonces, asegura que el temor ha aumentado entre sus empleados y conocidos, con quienes conversa regularmente sobre la situación.
Pese a las dificultades, Luis continúa al frente de su constructora y destinando parte de sus ingresos a las comunidades de Morona Santiago. Su trabajo comunitario ha recibido un reconocimiento en Queens, mientras en Ecuador sigue financiando mejoras en un camino rural y un espacio de encuentro para adultos mayores. Después de casi 25 años en Estados Unidos, donde formó una familia y levantó su empresa, mantiene el deseo de volver a Santa Ana. “El sueño es algún rato regresar a la tierra donde uno nació”, dice.
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