Lustraba zapatos en Nueva York a los 27 años y quiso regresarse a Ecuador; ahora tiene dos restaurantes en Brooklyn y Queens
Pablo Pindo llegó a Estados Unidos endeudado, trabajó en las calles de Manhattan y consiguió sacar adelante a su familia. Cuando se disponía a regresar a Ecuador, una decisión personal cambió sus planes. Esta es su historia.

Un restaurante en Brooklyn fue la primera apuesta empresarial de Pablo Pindo en Nueva York, después de años de trabajar para otros.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Pablo todavía recuerda los cinco dólares que algunos clientes le dejaban de propina por lustrarles los zapatos en Manhattan. “Era mucho más de lo que imaginaba ganar cuando llegó a Estados Unidos”, dice. En ese entonces tenía 27 años y una deuda que había dejado pendiente en Ecuador. Había comenzado a trabajar instalando gabinetes de cocina por 280 dólares semanales, pero un grupo de amigos, que conoció jugando al fútbol, le mostró otra forma de ganarse la vida. De lunes a viernes limpiaba zapatos, conversaba con sus clientes y practicaba el inglés que llevaba meses estudiando. Aquellas propinas terminaron ayudándolo a resolver un problema que parecía imposible cuando salió de su país.
Pindo es de Santa Isabel, en la provincia del Azuay, aunque pasó buena parte de su juventud en Cuenca. Allí estudió una carrera técnica y se dedicó al comercio, una actividad que conocía desde niño gracias a su madre. Compraba tomates, cebollas, pimientos y otras hortalizas en los campos de Yunguilla para venderlas en Cuenca y Machala. El negocio funcionó durante varios años, hasta que la crisis económica de finales de los noventa lo dejó sin capacidad para competir con otros compradores. Los productores preferían vender a quienes podían pagar más. Las deudas crecieron y las posibilidades de recuperarse se redujeron. En 2000 tomó la decisión de emigrar.
“En Estados Unidos tuvo que acostumbrarme a recibir órdenes”. Nunca había sido empleado y, de pronto, debía aceptar cualquier trabajo disponible. Lavó platos, ayudó en la instalación de cocinas y pasó largas jornadas intentando ganar lo suficiente para mantenerse y enviar dinero a Ecuador. “Trabajaba como un burro”, agrega. Al cabo de tres años, pagó las deudas que arrastraba desde Ecuador y, cuando pudo ahorrar algo más, le compró a su madre un automóvil de 12.000 dólares. ‘Cash’.
Su siguiente objetivo fue ayudar a sus hermanos a establecerse en Estados Unidos. A partir de 2003 comenzó a apoyarlos para que emigraran y buscaran oportunidades laborales. Hoy tiene seis hermanos en el país. Se trasladó a Danbury, Connecticut, donde había trabajo en la construcción, un sector en el que varios de ellos terminaron desarrollando sus propios negocios. Pablo también lo intentó, pero pronto comprendió que no quería dedicarse a esa actividad.
La cocina le interesaba más. Comenzó a trabajar en restaurantes estadounidenses, tomó cursos y aprendió técnicas de distintos chefs. Anotaba recetas, observaba cómo funcionaban los establecimientos y prestaba atención a la administración. Con el tiempo llegó a ocupar puestos de mayor responsabilidad. Su vida personal lo llevó después de regreso a Nueva York, donde tuvo que comenzar nuevamente desde un puesto de ayudante, pese a la experiencia que había adquirido en Connecticut. Consiguió progresar, aunque la estabilidad seguía siendo frágil.

En 2007 se quedó sin empleo y pasó varios meses buscando trabajo. Hubo ocasiones en las que tuvo que pedir dinero prestado para pagar el alquiler. Cuando consiguió recuperarse, comenzó a combinar un empleo a tiempo completo con otro de medio tiempo. Trabajaba 14 o 15 horas diarias y ahorraba cuanto podía. Había aprendido a dirigir restaurantes ajenos y quería tener el suyo, aunque sabía que necesitaba una inversión considerable. Pero había otra posibilidad que nunca había descartado: regresar a Ecuador, donde todavía conservaba vínculos familiares y llevaba años invirtiendo parte de sus ingresos.
El regreso que cambió de rumbo
Con el paso del tiempo, la idea de volver comenzó a imponerse. Aunque varios de sus hermanos ya estaban establecidos en Estados Unidos, Pindo llevaba muchos años lejos de Ecuador. La nostalgia pesaba y, además, tenía razones prácticas para regresar: había comprado una casa y una finca, y conocía el comercio, una actividad a la que podía dedicarse nuevamente. Hace unos ocho años llegó a plantearse seriamente la mudanza. En lugar de invertir sus ahorros en un restaurante estadounidense, podía utilizarlos para comenzar otra vez en su país. El proyecto de tener un negocio propio en Nueva York quedó relegado. Sin embargo, cuando estaba considerando marcharse, su hijo atravesaba algunas dificultades personales. Aunque no vivían juntos, Pablo había mantenido una relación cercana con él y no quiso alejarse en ese momento. “Me dio mucha pena dejarlo, sabía que no podía abandonarlo”, recuerda. Decidió quedarse.
Una vez descartado el regreso, volvió a pensar en aquellos años trabajando para otros. Había adquirido experiencia en la cocina y en la administración de restaurantes, pero quería aprovecharla en un negocio propio. “Yo trabajaba con otra persona y yo le hacía mucho dinero para él”, cuenta. Retomó entonces la búsqueda de un local que pudiera comprar con el dinero que había conseguido reunir.
La oportunidad llegó a través de un amigo que le habló de una pizzería en Brooklyn. El establecimiento atravesaba dificultades y sus propietarios querían venderlo. Pedían 60.000 dólares; Pindo ofreció 50.000 y consiguió comprarlo antes de que llegara otro interesado. “Estaba muerto, no tenía vida ese negocio. Además tuve que hacerle muchos arreglos”, recuerda. Los primeros seis meses apenas obtuvo ganancias. Para atraer clientes mandó imprimir 40.000 menús con fotografías de sus platos y contrató a una persona para distribuirlos por las viviendas del barrio. Las llamadas comenzaron a llegar. Algunos clientes repetían sus pedidos y, poco a poco, Best Pizza & Chicken encontró su lugar en la zona.

El negocio creció hasta contar con ocho empleados y una actividad que Pindo recuerda como especialmente intensa antes de la pandemia. Después llegaron dos años difíciles, con una caída considerable de las ventas. El restaurante logró mantenerse abierto. También cambió su oferta. Al principio predominaban las pizzas, el pollo, las hamburguesas y otros platos rápidos. Más adelante incorporó carnes, sopas y preparaciones latinoamericanas. Pindo había aprendido a observar qué pedían sus clientes y a retirar del menú aquello que dejaba de venderse.
Hace unos dos años comenzaron a llegar más ecuatorianos al establecimiento, situado en el número 24 de Avenue O, en Brooklyn. “Algunos ecuatorianos preguntaban por encebollado y guatita”. Para un cocinero de Santa Isabel, acostumbrado a otras preparaciones, aquello suponía un desafío. “No sé hacer eso, pero lo voy a intentar”, recuerda que pensó. Consultó videos de cocina ecuatoriana, ensayó recetas y ajustó los sabores hasta incorporar el encebollado a su carta. Clientes de Guayaquil y Machala llegaron a preguntarle si el cocinero era costeño. Ahora, cuenta, es uno de los platos que más vende los viernes, sábados y domingos.

En Best Pizza & Chicken trabajan actualmente ocho personas y la clientela reúne a ecuatorianos, mexicanos, centroamericanos y vecinos de otras nacionalidades. Pindo también tiene un segundo restaurante con un socio en Rego Park, Queens, donde se venden principalmente pizzas, pastas, pollo y hamburguesas “porque allá hay mucho gringuito”, dice. Su experiencia le ha enseñado que una misma carta no funciona necesariamente en dos barrios distintos. Por eso sigue probando platos y modificando sus menús según la respuesta de los clientes.
A sus 53 años, Pindo ya no tiene la misma urgencia por regresar a Ecuador. Su caso es distinto a otros que sí piensan en el retorno en medio de las dificultades, sobre todo migratorias, que hay en Estados Unidos. Durante mucho tiempo compró terrenos pensando en instalarse allá definitivamente, pero ahora reconoce que ha construido una vida en Estados Unidos. No descarta volver cuando cumpla 60 años. Mientras tanto, está buscando un local para abrir un asadero de pollos y quiere aprender de un primo que tiene un negocio similar en Baños, Tungurahua. El hombre que llegó endeudado y terminó lustrando zapatos en Manhattan sigue buscando oportunidades para emprender. “Nosotros, los ecuatorianos, nacimos para trabajar y vamos a estar siempre trabajando en algo”, dice.
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