De cuatro a 23.000, los ecuatorianos que hicieron su vida en las islas Baleares, en España, y ahora sienten que todo ha cambiado
En los famosos lugares de veraneo de España, en las playas donde van ricos y famosos, hay migrantes ecuatorianos que aportan a la economía española. Pero el alto costo de la vida —sobre todo en el arriendo impulsado por el turismo de alto poder adquisitivo como el alemán o sueco—, más las olas de calor, han cambiado el panorama de vida.

Alicia Caiza, residente en Mallorca, en las islas Baleares, de España. Llegó a la zona hace 26 años y marcó el rumbo a otros migrantes al abrir el primer restaurante de comida ecuatoriana en el lugar.
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Cuando Alicia Caiza llegó a Mallorca hace 26 años encontró precisamente lo que estaba buscando. Había pasado cuatro años en Madrid y quería salir del ruido, del metro y de una ciudad que sentía demasiado grande. "Cuando vi Mallorca dije: 'Yo me quedo'", recuerda ahora, a sus 53 años. La tranquilidad fue suficiente para que permaneciera allí incluso después de que fracasara la relación sentimental que la había llevado hasta la isla.
Este septiembre, sin embargo, Alicia termina el verano cansada del calor y con baja médica porque sufrió una caída. Venía desempeñándose como camarera de pisos en el Castillo de Son Vida, uno de los hoteles de mayor categoría de Mallorca, solo para adultos y frecuentado también por famosos, donde una noche puede superar los 1.500 euros (USD 1.705). "No se puede trabajar en verano aquí ya. Aquí estamos los más rudos aguantando", dice.
En 2026, las temperaturas propias de la estación comenzaron en España durante la segunda mitad de mayo y se han prolongado buena parte de septiembre. La Agencia Estatal de Meteorología lo situó como el verano más cálido de los últimos 157 años. En Baleares fue "extremadamente cálido" y hubo tres olas de calor entre junio y agosto. En Palma, agosto dejó una temperatura media de 29,4 grados, unos tres por encima de lo habitual, a lo que se sumó la humedad.
Los Caiza, la familia pionera
Alicia ayudó a migrar a sus hermanos, los que le siguen llegaron a Madrid y los más pequeños ya fueron a Mallorca directamente. Allí se convirtió también en una pionera ecuatoriana. Abrió Mi Ecuador, que recuerda como el primer restaurante ecuatoriano de Mallorca. Primero lo gestionó con su entonces pareja y un socio español, y tras la separación abrió un segundo local, esta vez junto a su madre.
El negocio terminó siendo también el punto alrededor del cual los Caiza empezaron a reunirse en Mallorca. Alicia necesitaba ayuda para continuar y su madre aceptó viajar, aunque puso una condición. Tatiana, la menor de las tres hermanas, la recuerda así: "Mi mamá dijo: 'Sí, yo voy, pero con mis hijos; si no, no voy a ningún lado'". Alicia viajó a Ecuador, preparó los documentos y regresó acompañada por su madre, Tatiana y uno de los hermanos pequeños.
Tatiana tenía 11 años cuando llegó a Mallorca. Nunca había subido a un avión y tampoco conocía el mar. Cuando busca un recuerdo de aquellos primeros días no habla del restaurante ni del colegio, sino de la playa. "La impresión y la ilusión que me hizo cuando la primera vez conocí la playa", dice. Años después todavía mide el cambio geográfico con los ojos de aquella niña: "De vivir entre montañas, ahora vivo en una isla, estoy viviendo entre aguas".

La experiencia del restaurante duró unos diez años y terminó en 2009, cuando la crisis económica golpeó con fuerza. Pero para entonces el negocio ya había cumplido otra función en la historia de los Caiza: había servido de punto de apoyo para que la familia fuera reuniéndose en España. Tatiana tuvo que empezar de nuevo. En el instituto había muy pocos alumnos extranjeros y apareció una lengua que no conocía, el catalán. "No había tanta gente extranjera como ahora, no había tanta gente ecuatoriana, no te encontrabas con tu gente". Con los años aprendió el idioma, estudió un grado de cocina en la Escuela de Hostelería de las Islas Baleares y acabó dedicándose al mismo sector alrededor del cual había crecido.
Con el tiempo, todo el núcleo familiar terminó saliendo de Ecuador. Hoy los padres viven en Mallorca y cuatro de los seis hermanos están en la isla; otro reside en Madrid y otro en Estados Unidos. Las dos hijas de Alicia, de 25 y 21 años, nacieron también en Mallorca. Cuando se le pregunta quién queda de su familia directa en Ecuador, responde con una sola palabra: "Nadie".
De cuatro ecuatorianos a una comunidad de miles en el archipiélago
La historia de los Caiza coincide con la transformación de la propia migración ecuatoriana. A inicios de los 90 había cuatro ecuatorianos registrados en Baleares, pero para el año 2000 ya eran 369 y pocos años después la cifra creció hasta varios miles. La Embajada de Ecuador maneja actualmente una estimación de alrededor de 23.000 ecuatorianos. La embajadora Wilma Andrade desglosa unos 18.000 residentes y cerca de 5.500 personas con doble nacionalidad.
Baleares es un archipiélago formado por Mallorca, Menorca, Cabrera, Ibiza y Formentera. Mallorca concentra con diferencia la mayor parte de la población y le sigue Ibiza. Andrade encuentra una característica particular en los ecuatorianos asentados allí. "La mayoría son costeños", explica. En sus visitas ha encontrado especialmente personas procedentes de Guayaquil, Manabí y Esmeraldas. Cree que "esa vida junto al mar, esa relación distinta de lo que es tener un puerto" pudo facilitar su adaptación. Tres décadas después de las primeras llegadas, describe una comunidad "muy integrada". "La mayoría tienen sus trabajos, sus emprendimientos, tienen ya una vida hecha".

Esa integración también se puede seguir a través de los negocios que fueron apareciendo. Uno de esos emprendimientos está en Palma. Bayron Fuentes, de 52 años, llegó directamente desde Milagro, en 2001 y lleva 25 años en Mallorca. Es ingeniero agrónomo, pero apenas ejerció su profesión después de emigrar para reunirse con su pareja. Tras alrededor de un año y medio como empleado decidió trabajar por su cuenta. Su restaurante, La Casa del Sabor, acaba de cumplir 20 años.
Mantenerlo abierto significó atravesar la crisis inmobiliaria y después la pandemia, momentos en los que otros establecimientos desaparecieron. Cuando Bayron intenta explicar por qué el suyo sobrevivió, no encuentra ningún secreto sofisticado. "Trabajar, trabajar duro", responde. Recuerda jornadas de hasta 18 horas, muchas veces los siete días de la semana.

Del restaurante salieron después una tienda y una distribuidora de productos latinoamericanos. También una red. Bayron preside la Asociación de Empresarios Latinoamericanos de Baleares, que nació de la necesidad de que quienes habían emprendido lejos de sus países pudieran encontrarse. Durante el invierno, cuando las playas y buena parte de las zonas turísticas pierden actividad, los propios restaurantes se convertían en espacios de reunión. "Era una necesidad que teníamos como empresarios o emprendedores que veníamos de afuera, de poder reunirnos".
Mallorca también le ha dejado al ingeniero agrónomo escenas propias de un lugar acostumbrado a recibir a personas que aparecen habitualmente en revistas o televisión. Una vez, mientras hacía compras con su mujer, encontró a pocos metros, en el mismo centro comercial, a la reina de España y a sus hijas, que suelen veranear en Mallorca. Cuenta la anécdota, pero jura que no corrió a pedir una fotografía. "A mí no me gustan las fotos".
Horacio, el pintor de la otra Ibiza
La comunidad ecuatoriana se extiende también a las otras islas. Horacio Balda, de 67 años, ha construido otra vida ecuatoriana en Ibiza. Es de Portoviejo y lleva 26 años en esta isla famosa por la fiesta eterna. Llegó en 2000 casi por casualidad, después de encontrarse en Ecuador con un amigo cuyo hijo vivía allí. Antes de viajar buscó en enciclopedias dónde estaba el lugar al que iba, cuánta población tenía y de qué vivía. Encontró una isla pequeña, turística y tranquila. "Era una isla de paz", dice.

Horacio ha trabajado como pintor y desde 2016 preside la Asociación de Ecuatorianos de Ibiza y Formentera. "La creamos para mantenernos unidos y hermanarnos entre ecuatorianos", cuenta. Su oficio le permitió entrar en esa Ibiza que los turistas apenas observan desde fuera. Ha pintado las casas de Wesley Sneijder y Zinedine Zidane, y cuenta que el futbolista neerlandés acabó tomando herramientas y trabajando un rato con él.

Horacio habla de esas historias con humor, pero se toma mucho más en serio su oficio. "Modestia aparte, yo trabajo muy, pero muy bien". Y convierte su experiencia personal en una reivindicación colectiva:
"El personal ecuatoriano está calificado como una de las mejores manos de obra que hay aquí en la isla. Es gente consciente, trabajadora y quedamos bien en el trabajo con todo el mundo".
Horacio Balda, ecuatoriano residente en Ibiza, España
Anécdotas de un mundo de alto nivel adquisitivo
La cercanía con ese otro mundo de grandes patrimonios devuelve la historia a Mallorca y a Alicia, la primera de los Caiza que emigró. Después de cerrar su restaurante pasó por distintos empleos y trabajó en casas particulares. En una de ellas prestó servicio para una familia sueca que identifica como los propietarios de IKEA. Allí su primera tarea de la mañana no consistía en hacer camas de huéspedes, sino de los perros.
"Eran diez perros de raza y para ellos eran importantes los perros", cuenta. Dormían en una estancia de unos 300 metros cuadrados. Alicia llegaba temprano, los soltaba para que corrieran y limpiaba las casetas. "Tenía que ver si la camita estaba limpia, y, sino, meter a lavar, cambiar las sábanas, cambiar las fundas de los colchones…".
Cuatro vidas bajo el mismo calor
Las anécdotas cambian de una isla a otra, pero las cuatro historias vuelven a encontrarse en el verano de 2026. Para Tatiana, que conoció el mar al llegar a Mallorca, la comparación es inevitable. Su primer verano en la isla fue duro, recuerda tomar varias duchas en la noche, pero este ha sido más. "Para mí, este fue el verano más duro de todos los años que estoy aquí".
Lo ha pasado trabajando en un hotel. Después de formarse en cocina, se mueve por distintas áreas del negocio de restaurantes, pero en algunas zonas de su actual establecimiento no hay aire acondicionado. "Lo paso mal aquí y lo paso mal en la calle. En ningún lado puedo estar bien".
En el restaurante de Bayron, el mismo calor tiene otra lectura. "Este verano ha sido realmente intenso, ha sido quizás el más fuerte de los últimos años porque no nos ha dado tregua". A la vez, la temporada llenó el restaurante. "Nos ha traído mucha, mucha clientela, muchos turistas", incluidos ecuatorianos y otros latinoamericanos que viven en distintos países europeos y aprovechan las vacaciones para visitar Mallorca y comer platos que no encuentran fácilmente donde residen.
En Ibiza, Horacio se libró de la parte más extrema porque una lesión de rodilla lo mantiene de baja y ya piensa en la jubilación. "Me salvé de esta ola de calor", dice. Durante años, sin embargo, pintó bajo el sol ibicenco. "Soy manaba, a mí nunca el sol me corrió", cuenta.
Los últimos en llegar vienen por cinco meses
Baleares sigue recibiendo a más ecuatorianos, precisamente para trabajar durante los meses de mayor calor y actividad turística. Hoteles, restaurantes y servicios multiplican su actividad para atender a los ocho millones de turistas que llegan y, desde hace tres temporadas, esa demanda abrió una vía migratoria nueva para Ecuador.

Son los socorristas de los programas de migración circular. Proceden principalmente de Manabí, Esmeraldas, Guayas y Santa Elena. "Son personas que tienen el conocimiento", explica la embajadora Andrade al relacionar su procedencia con la experiencia de las provincias costeras. En 2024 llegaron 36; en 2025 fueron 78 y este año otros 40. En total, 154 ecuatorianos en tres veranos.
Los contratos duran cinco meses, de junio a octubre. Después regresan a Ecuador y pueden repetir al año siguiente. A diferencia de la generación de Alicia, llegan con una empresa que los espera y acompañamiento institucional. "Eso es lo bueno de ser una migración ordenada y regulada. No tienen esa incertidumbre de a dónde llegan y quién les va a ver", señala Andrade. Si completan cuatro años consecutivos dentro del programa, explica, pueden optar posteriormente a una residencia permanente.
La llegada está más organizada, pero hay una dificultad que atraviesa tanto a los nuevos como a quienes llevan décadas en las islas. "El único tema que ellos refieren ha sido el alto costo de la vivienda", reconoce Andrade. El Consulado visitó recientemente un piso en Can Picafort (norte de Mallorca) donde residían doce trabajadores —ocho ecuatorianos, dos argentinos y dos colombianos— en seis habitaciones. Cada uno pagaba 400 euros mensuales, incluidos agua y electricidad.
El alquiler, pesadilla económica que pesa
La vivienda aparece, sin necesidad de preguntar demasiado, en el relato de los demás. El dueño de la Casa del Sabor, Bayron, lo observa también como empresario que necesita trabajadores. "Aquí hace falta mano de obra, hace falta muchísimo mano de obra". Pero personas que antes llegaban desde la Península para hacer la temporada han dejado de hacerlo porque el alojamiento absorbe una parte demasiado grande del sueldo. "La oferta de vivienda es muy limitada", señala. "No se construye al mismo ritmo como va creciendo la población".
La menor de las hermanas Caiza, Tatiana, cree que quienes llevan décadas allí han podido resistir porque ya tienen una red de personas, costumbres y, en algunos casos, la vivienda resuelta. Para quien empieza ahora el escenario es distinto. "Los alemanes, los suecos tienen un poder adquisitivo muy alto y están dispuestos a pagar el precio que sea por una propiedad", sostiene. El problema, añade, es que los salarios de los trabajadores locales no siguen ese ritmo. "La calidad de vida va bajando".
En Ibiza, la vivienda pesa en los planes de jubilación del pintor que se codea con los famosos. Dice que encontrar un piso puede significar alquileres de 2.000 o 2.500 euros (USD 2.845) y propietarios que exigen varios meses como garantía. "La isla, la verdad, es muy bonita, pero es para el turismo. Para nosotros los trabajadores se está haciendo un poco difícil". A punto de terminar su vida laboral, está pensando en mudarse a Alicante, donde espera encontrar una vivienda más asequible, y pasar parte del año en Ecuador.
También Alicia, la primera de los Caiza que decidió quedarse, vuelve a plantearse una salida. Habla de Austria, Suiza y de la posibilidad de regresar algún día a Ecuador. "La isla tiene un final", dice. En esa frase reúne varios de los cambios que ha visto durante más de dos décadas: precios cada vez más altos, más gente y la temporada de calor más larga y fuerte que se recuerda.
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