'Si la dueña no está, no trabajo': Reconocimiento facial acorrala a migrantes que alquilan cuentas de delivery en Estados Unidos
Migrantes sin documentos llegan a pagar 300 dólares al mes para alquilar cuentas de delivery para repartir comida en la zona de Nueva York y Nueva Jersey. La verificación biométrica en tiempo real, que ha sido incrementada por las apllicaciones, altera la rutina de personas que viven en tensión por las redadas del ICE.

Un trabajador de entrega a domicilio se moviliza en Flatbush Avenue, en la zona de Brooklyn, Nueva York. Las aplicaciones han incrementado controles biométricos, una realidad que impacta a migrantes sin documentos.
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AFP
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NUEVA YORK. Rosa llevaba menos de dos horas repartiendo comida por Nueva York cuando la aplicación se detuvo. En la pantalla apareció una solicitud de reconocimiento facial y, hasta completarla, no podía seguir trabajando. Había un problema: la cuenta que utiliza no está a su nombre y su propietaria se encontraba a casi 11 millas de distancia.
Era una hora de tráfico intenso. Rosa tuvo que regresar hasta donde estaba el titular de la cuenta para que él pudiera verificar su rostro frente al teléfono. Entre ir, completar el proceso y volver a la zona donde hacía las entregas perdió casi dos horas de trabajo.
Rosa es ecuatoriana, de Loja, llegó hace dos años a Estados Unidos y vive en Queens. “Repartir comida fue la primera forma que encontré de ganar dinero en este país y durante un tiempo fue mi única fuente de ingresos”, cuenta.
Después encontró trabajo en un restaurante, pero no abandonó las entregas. Ahora sale a repartir por las tardes, cuando termina su jornada, y también los fines de semana. El dinero que hace, dice, le sirve para completar los gastos de la semana.
El problema apareció cuando intentó abrir una cuenta propia. Rosa tiene un ITIN number, el número que el Servicio de Impuestos Internos concede a determinadas personas que necesitan declarar impuestos pero no reúnen los requisitos para obtener un número de Seguro Social. Con ese documento, cuenta, intentó registrarse como repartidora, pero no pudo.

Ubereats, por ejemplo, exige actualmente a quienes quieren hacer entregas en Estados Unidos proporcionar un número de Seguro Social para realizar la revisión de antecedentes. La alternativa de Rosa fue alquilar una cuenta. “Tenía que ser mujer, por esto de que los clientes verifican quién hace las entregas, sino te reportan”, aclara. Paga alrededor de 300 dólares mensuales a su propietaria. A ese gasto debe sumar la gasolina. Según sus cálculos, necesita trabajar durante más de seis horas al día para que la actividad realmente le deje algún beneficio.
Controles contra las cuentas compartidas
Compartir o alquilar una cuenta está prohibido por las normas de ciertas apps de delivery. Las compañías utilizan verificaciones de identidad en tiempo real que pueden aparecer al conectarse o entre viajes y entregas. La aplicación solicita una fotografía y la compara con la imagen registrada del titular. En 2025, Uber anunció además que había ampliado el uso de herramientas de aprendizaje automático para identificar patrones que pudieran indicar que una cuenta estaba siendo utilizada por otra persona.
La compañía reconoce que determinadas señales, entre ellas la utilización de varios dispositivos vinculados a una misma cuenta, pueden hacer que esas comprobaciones sean más frecuentes. Eso coincide con lo que Rosa asegura haber experimentado: antes podía acceder con los datos proporcionados por la propietaria; ahora, dice, la aplicación le solicita el reconocimiento facial aproximadamente una vez por semana.
“Cuando la dueña de la cuenta no está disponible, simplemente no puedo continuar trabajando”.
Rosa, migrante ecuatoriana en Nueva York, que trabaja en delivery
DoorDash también ha endurecido sus controles. A finales de 2024 anunció que más de 150.000 repartidores tendrían que volver a verificar su identidad mediante una selfie cada semana y vinculó expresamente la medida a su estrategia contra las cuentas compartidas. La compañía aseguró entonces que las desactivaciones mensuales de cuentas no auténticas se habían duplicado respecto del año anterior.

El temor detrás del volante
Para otros migrantes, conseguir los documentos necesarios para abrir una cuenta propia no ha eliminado las dificultades de trabajar mediante estas aplicaciones. Diógenes, ecuatoriano residente en Paterson, Nueva Jersey, obtuvo su número de Seguro Social y abrió una cuenta para conducir con Uber y Lift. Desde hace dos años, esa ha sido una de sus fuentes de ingresos. Durante un tiempo incluso alquiló la cuenta a un compañero de vivienda; cuando volvió a utilizarla personalmente, retomó los viajes para completar sus ingresos.
Diógenes no tiene residencia permanente y asegura que en los últimos meses ha reducido la frecuencia con la que conduce. Dice conocer historias cercanas de otros conductores que habrían sido detenidos por agentes de inmigración mientras trabajaban y ese temor ha cambiado su rutina. “Antes de aceptar un pasajero miro cuánto tiempo lleva esa persona utilizando la plataforma y reviso sus comentarios”. También ha dejado de conducir por las mañanas: prefiere salir por la noche y, algunas veces, de madrugada.
Él mismo admite que esas precauciones pueden no protegerlo. Revisar el historial de un pasajero no permite conocer quién estará realmente esperando al final del trayecto y trabajar a determinadas horas tampoco garantiza evitar un encuentro con agentes migratorios. Pero son decisiones que ha incorporado a una actividad que depende precisamente de aceptar viajes hacia lugares que muchas veces desconoce hasta que comienza la jornada.
Un ingreso especialmente latino
El trabajo a través de aplicaciones ocupa un espacio significativo entre los hispanos en Estados Unidos. La encuesta sobre bienestar económico de los hogares de la Reserva Federal muestra que el 24% de los adultos hispanos realizó algún tipo de trabajo de la llamada economía gig en 2024, frente al 20% de la población adulta en general.
Las estadísticas laborales ofrecen otra fotografía del peso latino en el sector de las entregas. En 2024 había alrededor de 889.000 personas trabajando en Estados Unidos como mensajeros y repartidores, y el 23,6% eran hispanos o latinos, según la Oficina de Estadísticas Laborales.
Rosa dice entender esas medidas. Recuerda que, en una ocasión, un cliente reportó que la persona que había entregado su comida no era la mujer que aparecía como titular de la cuenta. Poco después, asegura, comenzó a recibir las solicitudes de reconocimiento facial con mayor frecuencia. No sabe si aquel reporte provocó el cambio, pero desde entonces la verificación se ha convertido en parte de su rutina.
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