Punto de fuga
Una desgracia con felicidad
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
Actualizada:
Para cuando este artículo se publique, estaré entrando en la supuesta etapa de mejoría del síndrome de abstinencia digital por el que estoy atravesando (como si lo hiciera por el desierto). Han sido días duros de repetición incesante de un gesto inútil: coger mi teléfono, desbloquear la pantalla, ir al cuadradito que agrupa mis redes sociales y acordarme de que ya no tengo acceso a X (antes Twitter). El horrendo ícono negro con su equis blanca sigue ahí, pero no puedo entrar a la aplicación porque no tengo la clave ni manera de acordarme. Todo porque me pasó una desgracia con felicidad; o eso quiero pensar.
La desgracia: cambié de teléfono y con el aparato viejo se fueron varias claves (el 99% recuperable). Es un poco incomprensible, la verdad, porque esa cuenta había sobrevivido a un sinnúmero de cambios de teléfono por diversos motivos: robo, mudanza de país, necesaria actualización tecnológica, cambio de operador telefónico, etc., sin nunca haberme preguntado por mi clave, hasta que llegó el día. Y ya no he podido, ni querido, entrar. Ese es el punto, finalmente encontré la oportunidad para ver si puedo reprogramar mi cerebro.
La felicidad (aún por comprobar): dejaré de ser esclava de lo único que ha logrado causarme adicción; que entró a mi vida como Twitter y continuó en ella como X. Ni tabaco, ni alcohol, ni drogas ilegales o pastillas legales; he tenido la suerte enorme de no ser susceptible a la adicción a substancias. Había sido inmune a todo tipo de enganche hasta que la bendita aplicación llegó a mi teléfono circa 2010 (no hay forma de comprobar la fecha exacta porque no puedo entrar a mi cuenta).
La adicción a las redes sociales no es un problema leve; hay cálculos que dicen que hay unos 210 millones de personas en todo el mundo que muestran signos de este tipo de adicción (un poquito menos del 5% de los usuarios totales de redes sociales). Y el problema es quizás más grave para los más jóvenes, que solo han vivido dependiendo de ellas para la mayor parte de su interacción con el mundo. El síndrome de abstinencia digital existe y ya los estudiosos tienen bien identificadas sus etapas.
Del primero al tercer día la ansiedad está a tope. Del cuarto al sexto, la irritabilidad y el aburrimiento (¡como si no hubiera miles de otras cosas que hacer, ver, leer, escuchar!) llevan la batuta, pero también el cerebro empieza a habituarse a la falta de hiperestimulación -el scroll infinito, los likes y las actualizaciones permanentes son la nueva nicotina- y a recordar o conocer otra forma de vida.
A partir de ahí uno permanece en una especie de meseta nublada esperando seguir adelante hasta encontrar la luz: o sea, dejar de extrañar la bendita red social que nos tiene a mal andar.
Le estoy apostando al detox definitivo. Por ahora voy capeando el síndrome de abstinencia como puedo. Con libros que debo tener a la mano en cualquier lugar. Y tratando de replicar mi desenganche de Facebook, hace ya varios años, que comenzó desinstalando la aplicación de mi teléfono. Y que se reforzó cuando dejé de publicar durante casi 3 años por razones laborales, hasta que me desacostumbré. Ahora entro una vez cada dos o tres meses para ver en qué andan los conocidos; aunque cada vez más me topo con cuentas desconocidas y publicidad, lo cual me hace tener aún menos ganas de volver a entrar.
Por razones laborales, otra vez, ahora tengo acceso a Instagram, red a la que nunca me uní por falta de capacidad instalada. Toda la banda ancha de mi alma y mi atención ya estaba ocupada con Twitter cuando supe de Instagram y yo no tenía ojos para nada (ni nadie) más; pregúntenle a mi pareja de la época que ni bien abría los ojos me encontraba “tuiteando”, que era como él llamaba a mi actividad frenética de lectura de posts y artículos publicados en esa red, porque siempre fui de postear muy poco.
Y no sé qué tiene (o no tiene) Instagram que me aburre, entonces no hay manera de engancharme (o eso creo). Quién sabe cómo me seguirá yendo con el experimento. Deséenme suerte (y no se enojarán si no respondo, laikeo o retuiteo, es solo que por ahora no estoy).