Más allá de arriendos y aulas
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Las protestas que sacudieron a España y Francia en semanas anteriores desataron una vez más las pasiones acerca de las causas, los protagonistas, las modalidades y las consecuencias. El problema, como ocurre siempre con estos hechos, es que esas pasiones sustituyen al análisis y terminan por imponerse como verdades inapelables. Más que interpretaciones, son reacciones a las que les calza perfectamente aquello del color del cristal con que se mira. Por eso y para entenderlo, conviene hacer un esfuerzo para dejar de lado odios y afectos y aceptar que el asunto es demasiado complejo como para dejarlo en manos de la pasión.
Lo primero que conviene destacar es que los motivos iniciales de ambos eventos fueron muy diferentes. En el uno fue el problema de la vivienda, en el otro el de la educación. Se podrá argumentar que, a pesar de la diferencia de partida, las movilizaciones fueron mucho más allá y devinieron en cuestionamientos a los respectivos gobiernos, a los dirigentes políticos, a las condiciones económicas, en fin, al sistema. La respuesta es un sí a medias. Sí en Francia y solo en menor medida en España.
En efecto, en Francia las demandas escalaron rápidamente, pero esto no es algo nuevo o inesperado en ese país. Allí hay abundantes episodios históricos que dan cuenta de esos comportamientos, comenzando por la Revolución de 1789, pasando por la sucesión de protestas durante el movido siglo XIX, hasta los más cercanos del mayo de 1968 y los chalecos amarillos de 2018 y 2019.
Pero, no se puede decir que sea una especificidad francesa. En la historia universal se encuentran muchísimos eventos que rebasaron rápidamente las motivaciones originales y que se fueron de las manos de sus impulsores. Sin irnos muy lejos, solo cabe mirar a nuestro propio patio y recordar los famosos estallidos de 2019 y 2022, así como los que se produjeron en otros países latinoamericanos.
En ese contexto, más bien resulta llamativo que en España no se haya producido ese escalamiento y que, incluso en términos espaciales, se haya limitado a la Puerta del Sol y a una protesta violenta muy puntual en Bilbao. El reclamo social se mantuvo en el tema de la vivienda. No trascendió a otros aspectos económicos, sociales o políticos. Puede deberse a la cercanía de las elecciones parlamentarias, que podrían ser consideradas como la válvula de escape para las tensiones acumuladas o, en una versión más optimista, a un menor grado de insatisfacción con la situación vigente.
Un tema que sí aparece en ambos casos es el abismo que existe entre las movilizaciones sociales y los partidos políticos o, en general, las dirigencias políticas. Se pueden hacer muchos juicios de valor al respecto, desde los que lamentan que no haya alguien que recoja las demandas y las transforme en políticas de largo alcance, hasta quienes se alegran porque esa ausencia evita el manoseo político.
Más allá de esas interpretaciones, la realidad es que esa brecha es uno de los factores de erosión de la democracia. Las movilizaciones son un llamado de atención a unos políticos que se han ido alejando de la realidad de sus sociedades. Los problemas no se reducen a las aulas deterioradas ni a la arrendataria expulsada. Son asuntos que deben formar parte sustancial de la agenda política.