La (media) hora de los influencers intelectuales
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Como en un artículo decía yo que el mundo de los libros se halla en extinción, una lectora me preguntó qué tengo contra los libros. Si me he pasado leyendo libros desde los 6 años, luego escribiéndolos y editándolos, ¿qué voy a tener sino tristeza por lo que está pasando? Pero tampoco es cuestión de hacerse el loco y pensar que todo se va a arreglar algún día.
Que lo diga si no Regis Debray, intelectual donde los hay, filósofo, escritor, revolucionario y polemista, autor de decenas de libros, mejor dicho, ‘la crème de la crème’ de la cultura francesa. En una entrevista de hace unos ochos años, con una sonrisa irónica declaró que los intelectuales ya no servían y que a su nuevo libro lo leerían, si acaso, unos cinco mil lectores, mientras en 1960, cuando Jean Paul Sartre fue a la Cuba revolucionaria y escribió su elogiosa crónica: ‘Huracán de azúcar’, se vendieron 150.000 ejemplares en los primeros días y causó tremendo revuelo.
Sin embargo, este mundo digital en el que nos hallamos embarcados y que se renueva sin cesar, ha venido a contradecir al filósofo y teórico de la revolución (que se volvió famoso cuando fue apresado en Bolivia luego de haber estado dos semanas con la guerrilla del Che).
Señalo esto porque el diario ‘El País’ destaca hace rato que, ante el agotamiento de las influencers de silicona, frívolas y ridículas, se han puesto de moda los influencers intelectuales, jóvenes serios y explicadores, que te hablan de literatura clásica y filosofía y te recomiendan obras de Nietzche y Dostoyevski.
Perdonen el escepticismo pero no creo que dure mucho esta nueva onda. ¡Qué más quisiera yo que pasada la década de la banalidad narcisista y el consumo aberrante de cualquier pendejada en las redes, vuelva el respeto a los libros y al pensamiento! Digo vuelva porque esa onda se fue imponiendo desde la invención de la imprenta que permitió la producción masiva de libros en los siglos siguientes.
Hacía 1960, año al que se refiere Debray, la cultura literaria había llegado a su clímax: Jean Paul Sartre, filósofo, novelista, ensayista y agitador fue quizás el último grande que se volvió universal en vida. No en vano, el libro ensayo que prometió Vargas Llosa y no alcanzó a escribir porque marcó calavera iba sobre Sartre precisamente, a quien había idolatrado en su juventud limeña y cuestionado luego.
Claro que esos eran intelectuales de verdad, de cabo a rabo, seguidos por lectores voraces, voraces pero pacientes y reflexivos. Ahora, a uno de los influencers filosóficos que pregona vida menos frenética, más relajada, aderezada con lecturas serias, sus miles de usuarios le suelen comentar que “siguen sus publicaciones aunque no tengan tiempo de leer el libro del que habla; simplemente porque les da paz consumir su contenido”.
De hecho, es muy difícil imaginar a un joven tiktoktero, hijo de la fugacidad y la fragmentación, leyendo las parrafadas de Iván Karamasov sobre la existencia de Dios. Hoy el problema no es Dios sino el algoritmo y la realidad, qué mismo es lo real. Pero aquí calza una vieja discusión de la filosofía, no por vieja menos interesante.
Allá por los años 70, en mis tiempos de profesor universitario de materialismo histórico (tema entonces de moda), recuerdo que el ejemplo extremo del idealismo y subjetivismo era la teoría del filósofo George Berkeley, quien negaba la existencia de la realidad externa y por tanto del materialismo. Su principio básico rezaba: “Ser es ser percibido”.
Hoy se podría añadir que ser es ser percibido... en la pantalla. Estirando un poco la idea, no es la cosa sino la imagen de la cosa lo que cuenta. Y aplicado al espectáculo de la política, no importa si el político X es ladrón o no allá afuera, si es eficiente o inepto, honesto o tramposo; lo que cuenta es cómo lo percibimos, qué imagen nos venden sus publicistas que siempre están a la moda.
Entonces, si la moda de los influencers intelectuales pega con fuerza, pronto veremos a los candidatos citando a algún escritor (que no sea García Márquez pues este le pertenece al macondiano Petro). O les veremos adornarse con el nombre de algún filósofo. En este caso, no por lo que dicen sino porque que caben en un tweet, pueden serles útiles los aforismos de Nietzche o de E.M. Ciorán, una de cuyas obras se titula ‘Breviario de podredumbre’.
Por fortuna, nunca faltan chicos limpios que saquen la cara: en contraste con las deprimentes pruebas PISA, un grupo de colegiales ecuatorianos han obtenido las más altas notas internacionales en matemáticas y lectura. Entre ellos, Yamlieth, una niña de 8 años a quien le gusta leer, escribir y ver la pantalla. Así están cuajando los intelectuales de la próxima generación, aunque nadie sepa en qué mundo imaginario les tocará actuar.