‘Fatherland’: cuando las patrias se rompen
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Días atrás asistí al estreno, en el Ochoymedio de Quito, de la película ‘Fatherland’ (2026), dirigida por Pawel Pawlikowski y horriblemente traducida al español como ‘Tierra de mi padre’, cuando simplemente pudo haber sido ‘Patria’. Se trata, en todo caso, de una joya, filmada incluso en blanco y negro, bajo una propuesta estética tan clásica como austera, es decir, que no pretende impresionar con tecnología, sino que narra a través de la fuerza de imágenes sobrias y diálogos claros. La historia, en esencia, es fascinante y dolorosa: Thomas Mann, el posible máximo representante vivo de la lengua alemana en 1949, regresa a su tierra natal luego de 16 años de ausencia. La había dejado en 1933, ante el ascenso del nazismo.
¿Qué se puede encontrar en un retorno de esas características? Su país se hallaba dividido en dos versiones antagónicas, metáforas mismas de la división global que impuso la Guerra Fría. La lengua, o mejor dicho el mundo, cuya cultura Goethe había encarnado, era el escenario traumático de un universo partido y de un pasado perdido, que fue en su momento la expresión del universalismo, el humanismo, la profundidad intelectual, la libertad espiritual y la excelencia artística. Luego, y gracias a la euforia colectiva y dogmática, vino la carnicería y la deshumanización. Entonces cabía una pregunta: tras perder tanto y de esa manera, ¿es posible la patria? En cierta escena, periodistas cuestionan a Thomas Mann (interpretado por el actor Hanns Zischler) sobre su hogar y su ciudadanía: él vive en California y se ha naturalizado estadounidense, pero sabe que el lugar al que uno pertenece constituye una pregunta más compleja.
El viaje fue real y debió haber sido tristísimo. Nunca puede ser fácil contemplar la destrucción de lo que creías tu mundo. Y, sin embargo, hay distintos modos de vivir una fractura. Es posible que América Latina, en ese sentido, esté partiéndose. Ahora mismo hay al menos dos bloques antagónicos: una derecha que se ha expandido con inmenso apoyo popular a lo largo del continente. México y Brasil, las economías más grandes, resisten a contravía bajo gobiernos de izquierda. El caso de Lula da Silva, el dirigente sindical que alcanzó su cuarto mandato, a los 80 años de edad, es sencillamente histórico: ganó, de hecho, porque perdió la primera vuelta. Su inicial derrota dimensionó la posibilidad de que el Brasil, y el continente entero, se sintiera como un psiquiátrico autodestructivo dirigido por el hijo de un golpista condenado.
Y en cada país la división se agudiza. No se trata de una derecha como fue la de Sebastián Piñera, un estadista de tradición republicana y capaz de seguir la ruta civilizatoria de la legalidad constitucional para conducir el quehacer político hacia la reconciliación y no la venganza. Lo que hay es una pretensión hiperbólica de testosterona, basada en una masculinidad convertida en espectáculo público, con motosierras y otras disque virilidades exageradas. En la sobrexposición de su imagen, o del personaje que se han creado para sus carreras políticas, buscan canalizar las frustraciones de las sociedades contemporáneas y su angustia frente a problemas reales que no suelen resolver, mientras comunican lo contrario y culpan al adversario. Muchos no abrazan buenos modales, por no decir actitudes democráticas. Hasta la fecha Milei no ha felicitado a Lula por su triunfo.
Impera, entonces, una división ideológica que permea no sólo los ámbitos de la política y la economía, sino, como en la Guerra Fría, son cosmovisiones distintas del mundo. Con la diferencia sustancial de que la izquierda de hoy, con la excepción de lo que en Brasil se ha demostrado o transformado sobre la marcha, ha perdido su capacidad de conectar con los anhelos de sociedades en crisis. Aferrada como está a su sentido trágico de la historia, que se refuerza por la persecución y estigmatización desde los gobiernos, no logra volverse alternativa de poder y de soluciones. En esas y otras disputas la idea de lo que es América Latina, o cada uno de sus países, se disuelve entre versiones antagónicas que no desean construir acuerdos democráticos, sino vencer al adversario hasta verlo humillado y destruido.
La historia de la política, sin embargo, demuestra que ningún ciclo dura para siempre. Y que los que ahora son poderosos dejarán de serlo. Quizá los países que se parten, o que son partidos por el fanatismo de sus líderes, tienen pese a todo esperanza de subsistir. O, al menos, de cambiar de ciclo. Thomas Mann no llegó a saber que su patria muchos años después se reunificó. Que el mundo inició procesos de reconciliación y democratización históricos. Tampoco que el recuerdo de todos los horrores iba, con el tiempo, a desaparecer y que otra vez los fanatismos, odios y deseos de venganza iban a reiniciar el ciclo de los excesos y la imposibilidad del diálogo. Quizá, entonces, la idea de la patria no sea ninguna de esas versiones violentas o excluyentes que hoy imperan, como imperaron antes, sino la simple posibilidad o la esperanza de que hay algo, muy complejo, por lo que vale la pena luchar y resistir, como una lengua o la memoria de una cultura que nos cobijó y que fue capaz de explicarnos el mundo.