Quito 2026: crece el orgullo por la ciudad, pero persisten las dudas sobre el futuro de la capital
Los quiteños siguen sintiéndose orgullosos de su ciudad, aunque son cada vez más críticos con la forma en que funciona. El optimismo cayó casi 19 puntos en un año, el transporte público pierde espacio y la inseguridad continúa alterando la vida cotidiana.

Monumento al Primer Grito de Independencia, ubicado en el Centro Histórico de Quito.
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Santiago Sarango / Primicias
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Quito conserva un vínculo afectivo fuerte con quienes la habitan. Al mismo tiempo, los últimos indicadores muestran que ese cariño convive con una evaluación cada vez más crítica sobre el rumbo de la ciudad. En 2026, el 77,4% de los habitantes consultados dice sentirse orgulloso de Quito; sin embargo, apenas el 32,2% considera que las cosas van por buen camino.
Esta es la primera de dos entregas de GESTIÓN sobre la calidad de vida en Quito, elaboradas a partir de los datos de Quito Cómo Vamos, iniciativa que monitorea periódicamente las condiciones de vida en el Distrito Metropolitano.
El análisis cruza dos herramientas complementarias: el Informe de Calidad de Vida, construido principalmente con registros oficiales nacionales y municipales, y la Encuesta de Percepción Ciudadana, que recoge cómo evalúan los habitantes su experiencia cotidiana en la capital. El Informe de Calidad de Vida identifica entre sus dimensiones pobreza, vivienda, salud, educación, seguridad, movilidad, entorno económico, ambiente, participación y gestión pública.
Para esta edición existe una diferencia temporal importante. Los indicadores administrativos más recientes utilizados por Quito Cómo Vamos corresponden principalmente al cierre de 2025, mientras que la encuesta de percepción incorpora resultados levantados en 2026. Así lo explica Daniela Chacón, directora ejecutiva de TANDEM, en entrevista con GESTIÓN: el informe trabaja con años completos para mantener comparabilidad, mientras la encuesta se levanta anualmente en el mismo período para reducir fluctuaciones estacionales.
El cariño por Quito permanece, mientras el optimismo se desploma
La primera aparente contradicción aparece cuando se comparan tres indicadores: orgullo, satisfacción y optimismo.
En 2026, el 77,4% de los encuestados manifestó orgullo por Quito. La satisfacción con vivir en la ciudad fue menor, aunque todavía mayoritaria: 68,3%. Cuando la pregunta cambia hacia si las cosas están avanzando por buen camino, la proporción se reduce a 32,2%. El contraste con 2025 es particularmente fuerte. Un año antes, el orgullo llegaba al 82%, la satisfacción al 80% y el 51% consideraba que la ciudad iba por buen camino. Es decir, el optimismo cayó 18,8 puntos porcentuales en un año.
Chacón sostiene que los indicadores están midiendo dimensiones distintas de la relación de los ciudadanos con Quito. El orgullo, explica, suele estar asociado con elementos relativamente permanentes: patrimonio, historia, cultura, gastronomía, servicios y características de la propia población. El optimismo, en cambio, responde mucho más a lo que ocurre todos los días.
“Ya el optimismo se refleja más bien en ese día a día”, explica a GESTIÓN. Allí aparecen, según la entrevistada, tres preocupaciones recurrentes: economía, seguridad y movilidad.
La serie histórica ayuda a dimensionar el fenómeno. En realidad, la percepción de que Quito iba por buen camino ya era baja antes del repunte de los últimos dos años. En 2020 fue de 28,7%; en 2021, de 26,7%; en 2022 bajó a 22,4% y en 2023 tocó el 20%. Después subió a 33% en 2024 y alcanzó 51% en 2025.
Chacón advierte que 2026 también se desarrolla en un contexto preelectoral y que los ciclos políticos pueden afectar las expectativas ciudadanas. Aun así, considera que la magnitud de la caída merece atención: son casi 20 puntos en apenas un año.
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La lectura más interesante no es, entonces, que los quiteños hayan dejado de querer su ciudad. Todo lo contrario: el orgullo continúa siendo elevado. El problema es que ese vínculo afectivo ya no está acompañado por la misma confianza en su dirección. Y una de las experiencias que contribuye a esa evaluación ocurre antes incluso de llegar al trabajo, a la universidad o a casa: trasladarse.
El vehículo privado gana terreno
En Quito, el transporte público continúa siendo el principal modo de movilización declarado por la población, aunque ha perdido peso frente a 2020. Ese año, el 74% de los consultados lo identificaba como su principal forma de transporte. En 2026, la cifra es 65%: nueve puntos porcentuales menos.
La trayectoria tuvo fuertes variaciones por la pandemia. En 2021 y 2022, el uso declarado cayó al 52%. Después se recuperó al 70% en 2023 y al 71% en 2024; en 2025 retrocedió nuevamente al 64% antes de subir levemente al 65% este año.
El automóvil, por su parte, pasó del 19% en 2023 al 24,2% en 2026. Y la motocicleta se ha convertido en una alternativa cada vez más visible: de 3,5% en 2020 a 6,7% en 2026.
La explicación no está únicamente en una preferencia por el automóvil. También está en el costo de tiempo. Los datos presentados por Quito Cómo Vamos sitúan el tiempo promedio de viaje en transporte público tipo BRT alrededor de 77 minutos, frente a aproximadamente 40 minutos en automóvil. Son 37 minutos de diferencia por trayecto. Para una persona que realiza un viaje de ida y regreso, la brecha puede significar más de una hora diaria.
“Si fuera priorizado, entonces no te tomaría 77 minutos un viaje promedio en transporte público”, señala Chacón. La entrevistada considera que esta diferencia reduce la capacidad del sistema para competir con el vehículo particular, especialmente en un contexto en el que automóviles y motocicletas se han vuelto más accesibles para determinados hogares.
La ciudad enfrenta entonces una dinámica difícil: cuando una persona abandona el transporte público y compra un vehículo, recuperarla como usuaria es mucho más complicado. Por eso, explica Chacón, otras ciudades no solo buscan atraer nuevos pasajeros, sino evitar la migración hacia el transporte privado mediante sistemas más rápidos, confiables e integrados.
La presión potencial es enorme. En los datos expuestos aparecen 599.067 automóviles matriculados frente a 3.322 buses, mientras la ocupación promedio de un automóvil es de apenas 1,3 personas. Y existe una señal adicional: la satisfacción con el transporte público pasó del 75% en 2025 al 41,8% en 2026.
El Metro ha cambiado parte de la experiencia de movilidad y el informe anterior ya registraba elevados niveles de satisfacción con ese sistema. El desafío, sin embargo, está en la red completa: conexiones, corredores, buses convencionales, tiempos de espera y acceso desde zonas alejadas.
El problema no es únicamente perder pasajeros. Una ciudad que empuja a más habitantes hacia automóviles y motocicletas también incrementa congestión, emisiones y demanda de infraestructura vial.
La inseguridad bajó como preocupación, pero sigue marcando la vida cotidiana
La inseguridad muestra una evolución todavía más abrupta. En 2020, el 25% de los ciudadanos la señalaba como el principal problema que afectaba su calidad de vida. En 2021 subió a 36%; en 2022 alcanzó 40% y en 2023 saltó al 75%. El indicador llegó a su máximo en 2025: 83%. En 2026 cae a 58%. La reducción es considerable, aunque no puede interpretarse automáticamente como una caída equivalente del delito.
La encuesta mide qué problema ocupa la primera posición entre las preocupaciones ciudadanas. Si economía, empleo, movilidad u otros asuntos ganan relevancia, la inseguridad puede perder participación aun cuando los hechos delictivos no disminuyan en la misma proporción.
Chacón observa además una diferencia entre la percepción de la ciudad y la del espacio inmediato. Aproximadamente el 60% de los ciudadanos afirma sentirse seguro en su barrio. Esto sugiere que el entorno cercano puede percibirse mejor que Quito en su conjunto. Pero percepción y hechos no están completamente desconectados. Los indicadores de violencia letal muestran que Quito sí ha experimentado un deterioro frente a su propia situación de hace seis años.
Quito está lejos de la violencia nacional; sus muertes intencionales casi se duplicaron
En 2019, Quito registró 135 muertes intencionales. La tasa fue de 4,9 por cada 100.000 habitantes. En 2025 fueron 267 muertes, con una tasa de 9,3. En términos absolutos, el incremento es cercano al 98%.
La tasa, por su parte, aumentó alrededor de 90%. El pico de los últimos años ocurrió en 2023, con 288 muertes intencionales y una tasa de 10. En 2024 se produjo una disminución hasta 248 casos y una tasa de 8,7. En 2025, el indicador volvió a crecer.
El contexto nacional es mucho más grave. Ecuador pasó de una tasa de 6,9 en 2019 a 51,1 en 2025. Quito permanece muy por debajo de esa cifra y de las tasas de varias ciudades de la Costa. Utilizar únicamente la comparación nacional puede esconder el deterioro de la propia capital.
“Los delitos han crecido. No han crecido en la magnitud en la que han crecido en Ecuador, pero han crecido”, sostiene Chacón. Hay además una transformación que quizá resulte más preocupante que el incremento absoluto: cómo se ejerce la violencia.
En 2019, apenas el 9,6% de las muertes intencionales estaba asociado al uso de armas de fuego, mientras el 76,3% correspondía a armas blancas. Para 2025, las armas de fuego representaban 61%, y el arma blanca había descendido al 25,8%.
Para Chacón, el cambio obliga a preguntarse qué está ocurriendo con la disponibilidad y circulación de armas. La tendencia tampoco se limita a los homicidios. Según explica en la entrevista, alrededor del 27% de los encuestados dijo haber sufrido algún delito y más del 40% de esas víctimas señaló que estuvo involucrada un arma de fuego. Eso incrementa el potencial letal incluso del delito común. Un robo puede transformarse rápidamente en homicidio cuando existe un arma disponible.
La discusión sobre seguridad en Quito, por tanto, no debería concentrarse únicamente en cuántos delitos se producen, sino también en qué tan violentos se han vuelto.
La siguiente batalla es recuperar la confianza en las instituciones
En 2026, 83% de los encuestados aprueba la posibilidad de tomar justicia por mano propia. La cifra era ya elevada en 2020: 53%. No obstante, creció especialmente a partir del período en que la inseguridad comenzó a consolidarse como el principal problema de la ciudad.
Chacón identifica una relación entre ambos fenómenos. Si los ciudadanos observan más criminalidad y, al mismo tiempo, consideran que las respuestas institucionales no llegan, aumenta la disposición a buscar soluciones fuera del sistema.
La encuesta ofrece una señal todavía más clara. Quito Cómo Vamos pregunta a las víctimas si denunciaron el delito y, cuando no lo hicieron, cuál fue la razón. Según Chacón, alrededor del 80% no denuncia. La principal explicación no es falta de tiempo ni exceso de trámites. Es considerar que “no sirve de nada”.
Ese resultado transforma el problema de seguridad en uno de legitimidad institucional. Chacón menciona además un dato que deberá continuar monitoreándose: entre 2024 y 2025, la cantidad de policías asignados a Quito habría caído aproximadamente 48%.
De acuerdo con las cifras analizadas por Quito Cómo Vamos, la ciudad quedó con alrededor de 133 servidores policiales por cada 100.000 habitantes, frente a 315 a escala nacional. La propia entrevistada advierte que será necesario verificar nuevamente la cifra con la información de 2026.
Cuando se le pregunta qué decisiones deberían priorizarse para mejorar de manera verificable la calidad de vida, Chacón plantea tres: fortalecer el transporte público, comenzar a incrementar sostenidamente el tratamiento de aguas residuales y trabajar en seguridad desde la prevención y los barrios.
En seguridad, la recomendación apunta también a recuperar los espacios públicos. Una ciudad en la que sus habitantes vuelven a caminar, permanecer y utilizar sus barrios tiene más posibilidades de generar vigilancia natural y tejido comunitario. Los datos de esta primera entrega muestran, por tanto, una ciudad con dos caras.
Quito conserva un fuerte capital afectivo: el 77,4% todavía siente orgullo por ella. Ese sentimiento convive, sin embargo, con tiempos largos de viaje, una menor satisfacción con el transporte público, un deterioro de la seguridad frente a años anteriores y crecientes dudas sobre la capacidad de las instituciones para resolver sus problemas.
La gran contradicción de Quito en 2026 es justamente esa: la ciudad todavía conserva el cariño de sus habitantes; el desafío ahora es recuperar su confianza. En la segunda entrega, GESTIÓN analizará otro lado de esa calidad de vida: una economía que muestra señales de recuperación en empleo y pobreza, pero en la que todavía persisten menor capacidad de ahorro, informalidad laboral, fragilidad de las microempresas y brechas importantes entre hombres y mujeres.
(*) Economista, analista económica Gestión Digital.
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