2.164 candidatos para alquilar un departamento: Hallar 'piso' en Madrid o Barcelona, un desafío que también viven estudiantes ecuatorianos
Buscar una vivienda es como buscar trabajo, dicen ecuatorianos que han migrado a España para estudiar y que intentan alquilar. Videollamadas, avales y miles de candidatos son dificultades que enfrentan y que explican parte de la crisis social que ha impactado políticamente en el país ibérico.

Conseguir vivienda en ciudades grandes de España, como Madrid o Barcelona, se vuelve cada vez más difícil. Los precios de los alquileres tienen alzas sostenidas.
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MADRID. Una habitación de 400 euros al mes en Barcelona llegó a acumular 2.164 candidatos. María José conserva la captura hecha hace algunos años porque todavía le cuesta creerlo. Tiene 34 años, trabajo, más de tres años viviendo en la ciudad y experiencia suficiente buscando vivienda como para saber que las ofertas asequibles desaparecen rápido. Aun así, la cifra la situaba ante unas posibilidades mínimas de conseguirla. "¿Cómo compites contra eso?", se pregunta esta joven quiteña que prefiere no dar su apellido.
Buscar una habitación o un piso en Madrid y Barcelona empieza a parecerse cada vez más a buscar empleo. Hay que encontrar el anuncio antes que cientos de personas, escribir una presentación, explicar quién eres, qué haces y cuánto ganas. A veces el siguiente filtro es una videollamada. Después llegan las nóminas, los contratos laborales, los avales, las cartas de recomendación o el examen de solvencia de una aseguradora. Solo entonces existe la posibilidad de que el propietario decida que eres la persona adecuada para vivir allí.
El proceso puede prolongarse durante semanas o meses entre portales inmobiliarios, mensajes y visitas. Los contratos temporales y el alquiler por habitaciones se han convertido además en una vía habitual para quienes todavía no tienen la estabilidad laboral o económica que exige un contrato de larga duración.
Los datos permiten dimensionar el problema. En 2025, un trabajador medio necesitaba destinar el 50% de su salario bruto al alquiler de una vivienda de 80 metros cuadrados en España. El esfuerzo subía al 76% en la provincia de Barcelona y al 72% en Madrid, según un estudio de los portales Fotocasa e InfoJobs.
Compartir piso tampoco garantiza ya precios bajos. En el segundo trimestre de 2026, Idealista situó en 425 euros (USD 477) el precio medio de una habitación en España. Barcelona encabezaba los grandes mercados con una media de 600 euros mensuales (USD 673) y Madrid alcanzaba los 550 (USD 617). La competencia por esas habitaciones había aumentado además un 12% en un año.
Pero las estadísticas no cuentan las videollamadas, los rechazos o la angustia de descubrir de un día para otro que el lugar en el que se había planeado vivir ya ha sido alquilado.

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"Esto se sintió como buscar trabajo"
María José llegó a Barcelona hace algo más de tres años para estudiar. Primero cursó un máster de emprendimiento e innovación social en la Universidad Autónoma de Barcelona y después otro de gestión de la sostenibilidad en la Pompeu Fabra. Ahora trabaja en una empresa emergente en un puesto relacionado con ventas y sostenibilidad.
En ese tiempo ha vivido en tres pisos. Con el primero tuvo suerte porque dos amigas habían llegado antes y se encargaron de buscarlo. Pagaban 1.700 euros (USD 1.906) entre las tres por una vivienda de alquiler temporal cerca de la Sagrada Familia, con un contrato de 11 meses. Después encontró una habitación directamente con una propietaria y compartió el piso con la hija de esta. Pagaba 590 euros (USD 662) más gastos, tenía incluso un segundo cuarto pequeño que utilizaba como estudio y vivió allí cómoda durante dos años.
La estabilidad terminó cuando su compañera decidió irse a vivir con su novio. No hubo un conflicto ni un impago. La hija de la propietaria simplemente quería recuperar el piso para comenzar otra etapa de su vida y María José tuvo que volver al mercado. "No había nada que hacer", recuerda.
La tercera búsqueda duró un mes y medio. Mirar anuncios se incorporó a su rutina diaria y entraba al menos dos veces al día en Idealista, Badi e Instagram, además de preguntar en grupos de amigos. Una publicación podía aparecer por la mañana y acumular cien o doscientos interesados poco después.
Conseguir siquiera una visita formaba parte de la selección. "Primero mándame una descripción tuya. Si me encaja vemos y hacemos videollamada", recuerda sobre algunos procesos. "Esto se sintió como buscar trabajo", resume. Había que describirse, causar una buena impresión y esperar a ser escogida.
En un momento creyó haber terminado. Había encontrado una habitación, le confirmaron que podía mudarse y comenzó a organizar la salida de su piso. Pero quienes ofrecían el cuarto estaban subalquilando y querían cobrar en efectivo. María José pidió al menos un acuerdo privado por escrito en el que quedaran claras las condiciones y la petición terminó costándole la habitación. Le dijeron que no les gustaba su "falta de confianza" y que seguirían con otro perfil. Quedaba aproximadamente una semana para su mudanza.
"Me puse a buscar como loca", recuerda, pero antes reconoce que lloró porque estaba sola en la búsqueda, como muchos extranjeros. La situación llegó a hacerle cuestionar una decisión que hasta entonces había tenido bastante clara. Le gustaba Barcelona y había decidido construir allí su vida, pero por primera vez pensó: "De verdad, si se me complica tanto la vida, no sé si tiene sentido".
Finalmente encontró una habitación por 750 euros (USD 841), gastos incluidos. Comparte con otra persona, tiene terraza y luz y dice que, pese al precio, ahora está "en paz", aunque sabe que esa tranquilidad tampoco equivale necesariamente a una estabilidad de años.
Un garante español para poder alquilar
Luisa, de 34 años, conoce otra versión del mismo proceso. Lleva dos años en Barcelona y llegó para hacer una maestría en la Universidad Politécnica de Cataluña. Al principio vivió en una habitación de apenas seis metros cuadrados por la que pagaba alrededor de 700 euros.
Cuando su marido se preparaba para trasladarse desde Ecuador para realizar una subespecialidad médica, comenzaron a buscar algo para los dos. En teoría estarían un año, así que optaron por un alquiler temporal y encontraron un piso de 28 metros cuadrados por 950 euros mensuales (USD 1.065).
Conseguirlo exigió mucho más que pagar la renta. La inmobiliaria les pidió tres meses por adelantado y después tenían que volver a pagar por bloques de tres meses. También debían presentar un avalista español. Luisa ofreció que su padre en Ecuador acreditara su patrimonio e historial financiero, incluso con documentación notariada, pero no sirvió. "Tuvimos que mover cielo y tierra", cuenta.
Una amiga de su suegra que vivía en Madrid aceptó convertirse en garante. Tuvo que presentar sus nóminas y firmar una carta comprometiéndose a asumir la deuda en caso de impago. "Es super difícil que alguien en verdad quiera hacer eso si no te conocen y menos si vienes a un país donde no tienes nada de familia", dice Luisa.
La vivienda por la que habían ofrecido tantas garantías tampoco estaba en buenas condiciones. Luisa recuerda problemas de agua, cortes de luz, dificultades con la conexión a internet, griferías deterioradas y piezas oxidadas. Fotografió todo al entrar para evitar que después le atribuyeran los daños y perdiera la fianza. Además, durante los 13 meses que vivieron allí no podían empadronarse por tratarse de un contrato temporal y tuvieron que recurrir a amigos que aceptaran hacerlo en sus domicilios.

La situación cambió cuando ambos terminaron sus estudios y consiguieron trabajo. A Luisa le ofrecieron un puesto en una industria de panificación y su marido, traumatólogo, se quedó en el hospital en el que había realizado su especialización en cirugía de cadera. Entonces empezaron a buscar una vivienda habitual, pero tener empleo tampoco eliminó la competición.
Los anuncios, cuenta Luisa, podían durar apenas "dos o tres minutos" antes de desaparecer por la cantidad de llamadas y mensajes. Para conseguir el piso en el que viven ahora entregaron contratos de trabajo, nóminas, afiliaciones a la Seguridad Social, una carta de recomendación de la empresa de Luisa y otra en la que ellos mismos explicaban quiénes eran y por qué estaban en Barcelona.
Luisa está convencida de que hubo además un dato que inclinó la balanza. "Yo siento y estoy 100% segura que nos alquilaron porque mi esposo es médico", asegura. Según su experiencia, algunas profesiones transmiten más seguridad a propietarios e inmobiliarias y recuerda a unos amigos que perdieron una vivienda frente a otro aspirante que era policía.
En otra visita vio de forma todavía más gráfica la competencia. Llegó y encontró unas 50 personas delante de ella esperando para conocer exactamente el mismo piso. Se sentó fuera y lloró. Calcula que durante aquella búsqueda solicitaron más de cien viviendas y llegaron a visitar entre 30 y 40.
Finalmente encontraron un piso de unos 70 metros cuadrados por 1.100 euros mensuales, pero para no perderlo tuvieron que empezar a pagarlo antes de abandonar el temporal. Durante un mes asumieron dos alquileres. Luisa calcula que para entrar en la primera vivienda necesitaron alrededor de 5.500 euros y que la siguiente mudanza volvió a exigirles cerca de 5.000. Como todavía no habían recuperado la anterior garantía, pidieron dinero prestado a amigos.
En Madrid, mudarse casi cada año
Francisco tiene 32 años y llegó a Madrid en 2022 para estudiar un máster en la Universidad Carlos III. Al igual que las anteriores entrevistadas, prefiere que no se publique su apellido. En aproximadamente cuatro años ha vivido en cuatro lugares distintos.
Su primera habitación costaba 400 euros mensuales y entonces la cifra le pareció altísima. "Eso en Ecuador me alcanza todo un piso", recuerda haber pensado. Hoy mira aquel precio de otra manera. "Una vez que ya te acostumbras a los precios de la crisis, dices, ni tan mal", explica.
Cuatro meses después encontró un piso para él solo por unos 800 euros. Podía pagarlo combinando sus ingresos de Ecuador con unas prácticas en España, pero terminó concluyendo que gastaba demasiado. Cuando su hermana llegó para estudiar otro máster, alquilaron juntos un piso en Embajadores por 1.200 euros. Tras el regreso de ella a Ecuador, Francisco volvió a una habitación compartida de unos 500 euros y actualmente paga una cantidad similar con otras cuatro personas.

En cada cambio se repite buena parte del proceso. Francisco calcula que empieza a buscar dos o tres meses antes, entre anuncios, citas y documentos para demostrar solvencia. Algunos propietarios piden uno o dos meses de garantía y otros exigen hasta tres. Quien llega únicamente como estudiante, señala, lo tiene más difícil que quien puede enseñar un contrato de trabajo.
Él asegura que no ha sentido discriminación por ser extranjero y que, desde su experiencia, el filtro principal ha sido económico. "Aquí en realidad en Madrid, con tal de que tengas para pagar, ya es suficiente", dice.
La búsqueda también le ha mostrado hasta dónde puede llegar el mercado. Una vez acudió a visitar un espacio que en el anuncio parecía una habitación normal, pero era una bodega sin ventanas ni ventilación. Las fotografías mostraban una cama y un armario empotrado. Al verlo personalmente, Francisco tuvo otra impresión. "Una infravivienda", resume.
Después de varias mudanzas ha terminado normalizando cierta provisionalidad. Dice que en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga o Valencia "te acostumbras o te acostumbras". Ahora tiene trabajo estable y le gustaría volver a vivir solo, quizá pensando también en construir una vida en pareja, por lo que sigue mirando opciones. "Siempre estoy en búsqueda", asegura.
Las tres historias parten de situaciones distintas, pero muestran una misma dificultad. Para quienes no pueden asumir solos el precio de una vivienda, compartir piso se ha convertido muchas veces en la única alternativa, sin que eso garantice estabilidad ni un alquiler barato.
El auge del alquiler temporal forma parte de ese mismo escenario. Para estudiantes o recién llegados puede facilitar el acceso inicial, pero también ofrecer menos estabilidad y condiciones distintas a las de una vivienda habitual. Precisamente ese mercado ha pasado a ocupar un lugar central en la nueva batalla legislativa sobre vivienda.
La mecha que encendió la protesta

Mientras miles de jóvenes compiten para entrar en una vivienda, el caso que terminó encendiendo la protesta social en España fue el de una mujer que luchaba por no perder la suya. Maricarmen Abascal tenía 87 años y llevaba alrededor de siete décadas viviendo en un piso de Madrid cuando fue desahuciada el 23 de septiembre. Su caso sacó a miles de personas a las calles y convirtió la vivienda en uno de los grandes conflictos sociales del país.

La presión llevó al Gobierno a aprobar dos decretos de urgencia con prórrogas de contratos, límites a determinadas subidas de renta, mayor regulación de los alquileres temporales y por habitaciones, protección frente a algunos desahucios y restricciones a ciertas operaciones de grandes tenedores. El Congreso los derogó pocos días después y el Ejecutivo recuperó posteriormente buena parte de esas medidas en dos nuevos textos que todavía dependen de su recorrido parlamentario.
La movilización continuará el 11 de noviembre con una huelga general que pretende llevar la crisis de la vivienda también a los centros de trabajo y vincularla directamente con los salarios y el coste de la vida.
Entre decretos, protestas y huelgas, la crisis se juega también en decisiones mucho más cotidianas. Tener un empleo ya no garantiza encontrar fácilmente dónde vivir y conseguir las llaves tampoco asegura permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. La vivienda acaba condicionando algo más que las cuentas a final de mes: determina cuándo independizarse, con quién convivir, cuánto tiempo quedarse en una ciudad y, como llegó a preguntarse María José durante su búsqueda, si seguir intentándolo merece la pena.
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