El avance del Moko en Los Ríos obliga a bananeros a erradicar plantaciones | "Fincas completas no han podido con la bacteria", dicen expertos
La proliferación de la bacteria Ralstonia, impulsada por años de inundaciones y cambio climático, devasta miles de hectáreas en la provincia. Los costos de bioseguridad superan los USD 0,70 por caja de banano. En la 'zona cero', fincas abandonan el banano para migrar hacia la palma y el cacao.

Tres hectáreas de una finca a las afueras de Ventanas (Los Ríos) lucen devastadas por la bacteria del Moko (Ralstonia solanacearum Raza 2), el 25 de septiembre de 2026.
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PRIMICIAS
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La provincia de Los Ríos, el mayor núcleo de la producción bananera de Ecuador, con alrededor de 65.000 hectáreas cultivadas (y el 33,5% de superficie plantada del país en 2025), enfrenta su momento fitosanitario más crítico debido al avance del Moko (Ralstonia solanacearum Raza 2).
La agresiva propagación de esta bacteria vascular, capaz de taponar los conductos internos de la planta e interrumpir el transporte de nutrientes hasta provocar su marchitez y muerte, ha dejado de manifestarse en focos aislados para golpear en “lotes de hasta 10 hectáreas”, impactando plantaciones. En cantones como Ventanas y Valencia, la devastación es evidente desde la orilla de la propia carretera.
En la salida del cantón Ventanas hacia Echeandía, tres hectáreas de banano entre la vía y el río están totalmente devastadas. Los troncos marchitos de las plantas taladas están desperdigados en el suelo entre hojarasca, rebrotes de plantas y racimos de banano podrido, de poco tamaño (pasmado).
“El problema avanza y muy rápido. Ya la enfermedad está reportada en 18 provincias del país y está presente en todas las provincias bananeras: desde Los Ríos, Guayas, El Oro y Cotopaxi, hasta Azuay, Cañar y Bolívar, que tienen menos superficie".
René Medina, ingeniero agrónomo especializado en plagas del banano.
Mientras que en la salida de Ventanas a Quevedo una finca registra unas 10 hectáreas afectadas, una parte con las plantas marchitas en pie, junto a banano aún productivo. Y otras dos áreas -donde antes había banano- ahora son extensiones despejadas de cobertura vegetal a la espera de que el suelo en cuarentena vuelva a estar apto para la resiembra -algo que puede tomar más de un año-.
¿Cuántas hectáreas están afectadas?
Aunque las estimaciones de la Asociación de Exportadores de Banano del Ecuador (AEBE) sitúan en cerca de 3.500 hectáreas las afectadas por Moko a escala nacional, no hay cifras oficiales al respecto -y todos los conocedores coinciden en que el cálculo se queda corto-.
La Agencia de Regulación y Control Fito y Zoosanitario (Agrocalidad), el ente de control y regulación, no ha respondido a una solicitud de información de PRIMICIAS sobre los niveles de expansión.
El organismo informó que reforzó el despliegue técnico frente al Moko de las musáceas -banano y plátano- en los 13 cantones de Los Ríos y que hasta agosto mantuvo monitoreo sobre 6.072 hectáreas de cultivos e inspeccionó 663 predios. La superficie nacional ronda las 190.000 hectáreas.
“Todas las fincas que están alrededor de los ríos tienen la presencia de la enfermedad. Es cuestión de tiempo, es una pandemia, tarde o temprano le va a tocar a todas las fincas”
Franklin Torres, productor bananero y presidente de Fenabe.

Desde la Federación Nacional de Productores Bananeros (Fenabe), Franklin Torres advierte que el impacto real puede alcanzar actualmente las 25.000 hectáreas afectadas por Moko en el país y mantiene a otras 50.000 en riesgo inminente de contagio.
El temor a posibles represalias comerciales de mercados internacionales y “una cultura de negación” de ciertos agricultores -obligados a declarar la presencia de la bacteria-, está agravando el problema, perjudicando programas de prevención y contención, coinciden productores y técnicos de campo.
"Si aparece una sola planta sintomática, toda la finca está comprometida, pues la bacteria puede tardar entre seis meses y tres años en manifestarse, mientras los trabajadores o las herramientas la diseminan", explica René Medina, ingeniero agrónomo y director de la Corporación Grandes Román, empresa especializada en el control y gestión fitosanitaria de plagas del banano.
Para el técnico, el desconocimiento y la falta de respuesta temprana han llevado a que "fincas completas no hayan podido manejar el problema", derivando en pérdida temporal de áreas productivas.
El clima y los ríos como vectores de dispersión
El principal acelerador de la plaga han sido las anomalías climáticas de los últimos años, dice Torres, quien además es productor bananero del cantón Ventanas, en Los Ríos.
Durante los últimos tres años, la provincia de Los Ríos ha experimentó lluvias e inundaciones fuera de lo normal, combinados con incrementos atípicos de la temperatura y un salto en la humedad relativa, que pasó del 65% a más del 80% en la zona central y se elevó incluso más al norte de la provincia.
Las crecidas e inundaciones de ríos transportan la bacteria a través del lodo y el agua estancada hacia predios sanos, por lo que un fenómeno de El Niño con lluvias potencialmente extremas mantiene en alerta al sector, que usa maquinaria para limpiar canales y sube el nivel de muros de contención.
Torres señala que al factor ambiental se suma a fallas en el manejo fitosanitario: en lugar de aislar los brotes, se registraron casos de productores que contrataron maquinaria para desechar el material vegetativo enfermo a los cursos de agua, propagando la contaminación.

“En la zona de Valencia grupos grandes contrataron tractores y botaron todo ese material vegetativo enfermo al río, con lo cual contaminaron los cursos de agua”.
Franklin Torres, productor bananero y presidente de Fenabe.
Estos casos se registraron en cantones considerados el epicentro de la plaga, como Valencia y el eje vial Valencia-La Maná, donde decenas de agricultores han comenzado a erradicar de forma definitiva sus plantaciones de banano. Según confirman el gremio y técnicos de campo, las tierras están siendo reconvertidas a cultivos de ciclo largo como la palma africana y el cacao en Valencia.
De acuerdo con Agrocalidad, se han capacitado a más de 20.000 actores de la cadena de las musáceas en medidas de bioseguridad y en el reporte oportuno de los casos.

Costos adicionales y lucro cesante golpean el sector
La convivencia obligada con el Moko ha alterado drásticamente la estructura de costos de la actividad bananera, resentida ya por el encarecimiento del precio del diésel y de los insumos de fumigación.
A diferencia del letal hongo del Fusarium Raza 4 Tropical (R4T), el suelo infectado por Moko es recuperable con un manejo disciplinado de bioseguridad y de protocolos de recuperación que pueden incluir el uso de glifosato, control químico de maleza, biocidas e insumos biológicos (microorganismos).
Aplicar los protocolos básicos -pediluvios, desinfección de herramientas, control de accesos y tratamiento constante de drenajes- implica un desembolso de entre USD 0,25 y USD 0,35 por caja de banano exportable, señala Franklin Torres, presidente de Fenabe.
“El principal problema que tiene esta enfermedad es el lucro cesante. No queremos pasar dos años de manos cruzadas; queremos dar una alternativa para sembrar luego de 24 a 26 semanas”.
René Medina, ingeniero agrónomo especializado en plagas del banano.

Al sumar los esquemas de recuperación del suelo mediante la inoculación de microorganismos, la carga sanitaria supera los USD 0,70 por caja, disminuyendo el margen de los productores frente al precio mínimo de sustentación de USD 7,50 de la caja del banano.
A esto se añade el impacto financiero del lucro cesante. El esquema tradicional de erradicación del Moko exige al menos un año de cuarentena del suelo y casi un año adicional de resiembra hasta volver a cosechar, dejando a los productores sin poder obtener ingresos por la tierra afectada.
Empresas como la Corporación Grandes Román cuenta con protocolos de bio-aceleración que aseguran “acortar el proceso hasta la resiembra a unos seis meses, con tasas de reinfección menores al 1%”, aunque el costo de recuperación puede superar la media del proceso tradicional de recuperación.
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