El anti y los errores de cálculo
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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A lo largo de casi veinte años nos acostumbramos a que las elecciones fueran sinónimo de competencia entre dos fuerzas políticas o dos personas. Obviamente, participaban más grupos e individuos, pero en el mejor de los casos eran las comparsas que, con su papel alegórico, ponían el tinte pluralista al asunto.
Se podrá contrargumentar señalando que durante los años del correísmo hubo una sola corriente que se imponía una y otra vez sin un oponente visible.
Aparentemente era así, pero hay que recordar que todo su discurso se dirigía en contra de algo o de alguien. No importa qué o quién fuera en cada ocasión, siempre había un enemigo a vencer. Era el bien contra el mal. Así se fue instalando, más en los hígados que en las mentes, la polarización. Que esta fue más afectiva que ideológica no quita su esencia divisoria.
Desde el viraje de Lenin Moreno, el correísmo se mantuvo como el mal a vencer y siempre presente en una competencia que no conoce términos medios.
Pero no se puede asegurar que era el único que activaba el motor de la polarización. Los pretendientes al sillón presidencial y a las curules legislativas comprendieron que el clima del todo-o-nada podía favorecerles y, azuzando la lucha contra el correísmo, lograron alguna victoria.
No fueron triunfos de una u otra corriente política, sino la entronización del voto negativo, el voto en contra, el voto anti. No buscaron convencer a las personas de las bondades de un programa político, mucho menos de una ideología, sino de luchar en contra de aquella otra a la que (con muchos argumentos, pero también sin estos) endosaban todos los males.
Por lo que se puede ver hasta ahora, los maestros y sus aprendices quieren que las elecciones que tendremos en noviembre calcen en ese molde.
La precampaña (que, dada la tortedad o ceguera de un ojo del CNE, tiene poco de pre y mucho de campaña) ya presenta claramente ese modelo. Nuevamente se nos invita a decidir entre buenos y malos, entre el nuevo y el viejo, entre los ángeles y los demonios. Las redes sociales hacen lo suyo con toda la inmundicia en que se mueven e intentan sentar en el electorado la idea de una contienda a dos polos.
Sin embargo, es muy probable que esa estructura se derrumbe en esta ocasión. Hay tres razones para suponer que así puede ser.
La primera es que el principal contendor, el que ocupó el lugar central en todas las contiendas anteriores fue descalificado y está obligado a presentarse con múltiples ropajes. Esto puede confundir a sus votantes, que en cada cantón y en cada provincia tendrán que hacer malabares para encontrar a sus candidatos, mucho más cuando su decisión deberá marcarse en seis papeletas (prefecto, alcalde, concejales y tres para el CPCCS). Es el espacio ideal para las equivocaciones y para las anulaciones. Posiblemente este fue uno de los objetivos que se buscaba con la descalificación.
La segunda razón va en sentido inverso a la anterior. La decisión de sacarle nominalmente de la contienda al correísmo puede revertirse en contra de quien creyó beneficiarse. No necesariamente porque en un número considerable de electores impere un poco de pudor respecto a la pureza del proceso electoral, sino porque de esa manera se diluye el anti. Si los triunfos de Lasso y de Noboa se produjeron por el temor al correísmo, vale decir, si ocurrieron fundamentalmente por el voto en contra, ahora con la exclusión del sujeto al que se dirigía ese sentimiento negativo resulta menos probable que vaya hacia quien pensó que se beneficiaría. El voto anti requiere de un sujeto que encarne lo negativo. Sin este, el que hizo todo lo posible por eliminarlo tendrá que valerse solo de sus propias fuerzas (que son magras) y deberá enfrentarse a sus propios fantasmas.
La tercera razón tiene que ver simplemente con el tipo de elección que es esta. Al contrario de las presidenciales y legislativas, esta se juega en múltiples canchas y en cada una de estas hay un trofeo. En cada espacio, ya sea provincial o cantonal, impera una lógica particular, con sentimientos locales y caudillos que saben cómo manejarlos. Es cierto que en ocasiones estas contiendas locales se embarcaron en la ola nacional predominante, pero para ello fue necesaria la presencia de un líder fuerte, con amplio respaldo popular y con muchos recursos económicos a su disposición. En la situación actual parece que está presente solo este último factor.
En definitiva, es probable que, en noviembre, a pesar de los esfuerzos de los principales actores de uno y otro lado, asistamos a unas elecciones menos polarizadas, en las que el voto anti no sea el quid de la cuestión.