La muerte de la política conlleva a que alguien, bajo el ropaje que se le quiera dar, tome decisiones discrecionales sobre lo público y también sobre cuestiones relacionadas con el fuero privado de las personas. Ese es uno de los costos de la muerte de la política.
Compadritos, tengan cuidado, porque si en noviembre no les va bien seguramente el jefe entrará en cólera y ya sabemos cómo reacciona cuando los vasallos no cumplen las expectativas de ventas del año. Avisados están.
Precisamente por la falta de sinceramiento de la vida política es que, cuando un extranjero quiere conocer en detalle el país, hay que recomendarle que lea la constitución atentamente pues es así, exactamente, como no funcionamos.
Cortos de miras, como son nuestros actores políticos, creen que su paso por el poder es eterno, sin dimensionar que en un abrir y cerrar de ojos estarán enfrentando la persecución de los mismos bufones que ahora les alegran con sus decisiones.
Cuánto bien le haría al país que coloquemos a esta subespecie de políticos de baja ralea en el sitio que les corresponde, que no es otro que el del desprecio de la historia.
Asumir el ejercicio de la presidencia con majestad va más allá, bastante más allá, de los ceremoniales y el goce pleno de ese conjunto de privilegios a los que el común de los ciudadanos conoce como las delicias del poder.
No hay que confundir al fanático, que al final del día cree como verdad revelada en sus posiciones, del sujeto ruin que simplemente se adhiere a los fanáticos por intereses de momento, sobre todo de naturaleza económica.
Lo que ocurre en este país ahora mismo nos acerca a lo que se vive en Nicaragua, Cuba o Venezuela. No hay exageración en este señalamiento. Acallar al periodismo no tiene signo partidista ni bandera ideológica.
Las próximas seccionales serán clave para reordenar la correlación de fuerzas políticas y sobre todo para que los "dudosos" marquen el rumbo hacia el que se dirigirá la democracia.
La muerte de la política conlleva a que alguien, bajo el ropaje que se le quiera dar, tome decisiones discrecionales sobre lo público y también sobre cuestiones relacionadas con el fuero privado de las personas. Ese es uno de los costos de la muerte de la política.
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Compadritos, tengan cuidado, porque si en noviembre no les va bien seguramente el jefe entrará en cólera y ya sabemos cómo reacciona cuando los vasallos no cumplen las expectativas de ventas del año. Avisados están.
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Precisamente por la falta de sinceramiento de la vida política es que, cuando un extranjero quiere conocer en detalle el país, hay que recomendarle que lea la constitución atentamente pues es así, exactamente, como no funcionamos.
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Cortos de miras, como son nuestros actores políticos, creen que su paso por el poder es eterno, sin dimensionar que en un abrir y cerrar de ojos estarán enfrentando la persecución de los mismos bufones que ahora les alegran con sus decisiones.
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Cuánto bien le haría al país que coloquemos a esta subespecie de políticos de baja ralea en el sitio que les corresponde, que no es otro que el del desprecio de la historia.
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Asumir el ejercicio de la presidencia con majestad va más allá, bastante más allá, de los ceremoniales y el goce pleno de ese conjunto de privilegios a los que el común de los ciudadanos conoce como las delicias del poder.
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Una imagen que refleja de buena forma lo que somos como país es la de la hacienda y sus distintos actores.
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No hay que confundir al fanático, que al final del día cree como verdad revelada en sus posiciones, del sujeto ruin que simplemente se adhiere a los fanáticos por intereses de momento, sobre todo de naturaleza económica.
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Lo que ocurre en este país ahora mismo nos acerca a lo que se vive en Nicaragua, Cuba o Venezuela. No hay exageración en este señalamiento. Acallar al periodismo no tiene signo partidista ni bandera ideológica.
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Las próximas seccionales serán clave para reordenar la correlación de fuerzas políticas y sobre todo para que los "dudosos" marquen el rumbo hacia el que se dirigirá la democracia.
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